Dr. Edwin Arrieta: el cirujano colombiano que voló a un paraíso en Tailandia y terminó sin vida en Koh Phangan


La tarde del 2 de agosto de 2023, la isla tailandesa de Koh Phangan estaba lista para lo de siempre: turistas, fiestas de luna llena, playas de postal. Entre los viajeros había un colombiano de 44 años, el cirujano plástico Edwin Miguel Arrieta Arteaga, que había volado hasta allí para encontrarse con un hombre al que consideraba amigo y socio potencial: el español Daniel Sancho Bronchalo, hijo del actor Rodolfo Sancho. Horas después, ese “paraíso” se convertiría en escenario de uno de los crímenes más mediáticos de los últimos años: el asesinato y descuartizamiento del Dr. Edwin Arrieta. 

Antes de ser “la víctima del caso Sancho”, Edwin Arrieta era simplemente “el doctor Edwin” en Montería (Colombia). Nacido el 13 de marzo de 1979 en Lorica, Córdoba, creció en una familia humilde: su padre reparaba electrodomésticos, su madre era maestra. A punta de becas, préstamos y sacrificio familiar, se graduó como médico en la Universidad Metropolitana de Barranquilla y se especializó en cirugía plástica en Buenos Aires, Argentina.

De regreso a Colombia, se instaló en Montería, donde poco a poco se convirtió en un cirujano plástico reconocido, miembro de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva, con pacientes también en Chile. Sus amigos lo describen como un hombre extrovertido, amante del polo, los viajes y el buen vino, al que en Lorica apodaban “el conde” por su estilo refinado. Con su trabajo sostuvo económicamente a sus padres y ayudó a su hermana; era el pilar de toda la familia, algo que hoy se repite en cada misa en su memoria.


En paralelo a su éxito profesional, el doctor Arrieta mantenía una vida muy activa en redes y viajes. Fue en ese entorno donde se cruzó con Daniel Sancho, cocinero e influencer español. Distintas fuentes coinciden en que la relación comenzó online y derivó en encuentros en persona, con tintes tanto de amistad como de vínculo sentimental, al menos según la versión de la Fiscalía tailandesa y de la familia Arrieta. Tanto en Colombia como en España se habló de planes de negocios, inversiones y una dinámica de dependencia emocional que la defensa de Sancho intentaría luego invertir, presentando a Edwin como supuesto “acosador”, algo que su entorno rechaza de plano.

El 31 de julio de 2023, Edwin y Daniel llegan por separado a Koh Phangan, isla famosa por sus fiestas de luna llena. El 1 de agosto, cámaras de un supermercado captan a Sancho comprando cuchillos, una sierra, bolsas de basura, productos de limpieza y otros utensilios, en una lista de compras que se convertiría en pieza clave de la acusación por asesinato premeditado. El 2 de agosto, los dos hombres se citan en un bungalow alquilado por Sancho. Es la última vez que se ve con vida al cirujano colombiano.

Lo que ocurrió dentro de ese bungalow es el corazón oscuro del caso Dr. Edwin Arrieta – Daniel Sancho. La tesis de la Fiscalía tailandesa y la sentencia es clara: Sancho había preparado el crimen, golpeó la cabeza de Edwin contra el fregadero “con intención de matarlo” y procedió después al descuartizamiento sistemático del cadáver. La versión de la defensa cambia radicalmente el relato: sostiene que hubo una pelea, que Edwin murió accidentalmente durante un forcejeo sexual y que el descuartizamiento fue un intento desesperado de ocultar el cuerpo. La Justicia tailandesa, al menos por ahora, ha considerado probada la primera versión.


Los hechos posteriores al fallecimiento sí están prácticamente fuera de discusión. Según la investigación, Daniel Sancho desmembró el cuerpo de Edwin Arrieta en numerosas partes, las guardó en bolsas de plástico y repartió los restos entre contenedores de basura y el mar, utilizando incluso una canoa alquilada para arrojarlos al agua. La noche del crimen, la policía encontró restos humanos en una bolsa de fertilizante en un contenedor, y las pruebas de ADN confirmaron que se trataba del cirujano colombiano.

La detención llegó rápido. El 5 de agosto de 2023, Daniel Sancho fue arrestado e interrogado por la policía tailandesa. En ese primer momento, confesó el asesinato y el descuartizamiento, llegando a decir frases como “Soy culpable” y dando detalles sobre cómo se había deshecho de las partes del cuerpo, lo que permitió localizar más restos. Esa confesión inicial, que después matizaría y trataría de rebatir en el juicio, resultó crucial: según la sentencia, fue uno de los motivos por los que se le evitó la pena de muerte y se le conmutó por cadena perpetua.

Mientras en Tailandia se reconstruían los pasos del crimen, en Lorica y Montería todo era duelo y estupor. Se decretaron tres días de luto en el municipio natal del médico, se celebraron misas multitudinarias y amigos y pacientes lo recordaban como alguien “alegre, generoso y trabajador” que ayudaba a todos. La familia tuvo que escuchar a miles de kilómetros cómo parte del debate mediático se centraba más en la figura del agresor —el “hijo de”— que en la vida y la dignidad del cirujano asesinado. Aun así, se mantuvieron firmes en algo: exigir la pena máxima y defender la memoria de Edwin frente a cualquier intento de culparlo a él.


El juicio a Daniel Sancho arrancó en abril de 2024 en el Tribunal Provincial de Koh Samui y se prolongó durante semanas, con más de medio centenar de testigos. En la primera sesión, Sancho se declaró no culpable del asesinato premeditado, pero sí culpable de descuartizar y ocultar el cuerpo, además de destruir el pasaporte de la víctima. La Fiscalía y la acusación particular defendieron que el crimen había sido planificado: compras previas de herramientas, reserva de una segunda habitación, ocultación posterior y una relación de control sobre Edwin que explotó cuando el colombiano no aceptó romper el vínculo.

El 29 de agosto de 2024, casi 400 días después del crimen, llegó la sentencia. El tribunal declaró a Daniel Sancho culpable de asesinato premeditado, desmembramiento y ocultación del cadáver, y destrucción de documentos (el pasaporte de Edwin), y lo condenó a pena de muerte, conmutada ese mismo día a cadena perpetua por su confesión inicial y cierta colaboración en la investigación. Además, se le impuso el pago de 4,4 millones de bahts (unos 110.000–130.000 euros) a la familia Arrieta en concepto de indemnización.

Pero el caso Dr. Edwin Arrieta no se cerró ahí. En diciembre de 2024, los abogados tailandeses de la familia recurrieron la sentencia, solicitando que se mantuviera la pena de muerte y se aumentara la indemnización, aunque los padres del cirujano han dicho públicamente que ellos se conforman con la cadena perpetua efectiva. A su vez, en marzo de 2025 la defensa de Sancho presentó un recurso de más de 400 páginas pidiendo la repetición del juicio o una nueva vista con otros testigos, cuestionando la grabación de la confesión y la imparcialidad del tribunal de apelación de la Región 8. A día de hoy, finales de 2025, el recurso sigue pendiente de resolución en Tailandia.


Mientras tanto, Daniel Sancho cumple cadena perpetua en una prisión de máxima seguridad en Surat Thani, en condiciones muy duras, según ha contado él mismo a través de EFE: ruido constante, hacinamiento, rutinas estrictas. Desde allí se declara “esperanzado” con su recurso y afirma que fue “juzgado por apariencias”, insistiendo en que la muerte de Edwin fue un accidente en defensa propia. El abogado de la familia Arrieta, por su parte, ve “muy difícil” que prospere la apelación, recordando que la sentencia describe con detalle la preparación y ejecución del crimen.

En Colombia, el nombre de Edwin Arrieta sigue asociado a algo que va mucho más allá del morbo de un caso mediático. En Lorica y Montería, donde era conocido como un médico que levantó a su familia a pulso, se repite que el crimen “los arruinó emocional y económicamente”, porque él era el sostén de todos. Cada aniversario se celebra una misa en su memoria y se recuerda su trabajo ayudando a pacientes, no solo su final brutal en una isla lejana. Para sus padres, el infierno no está solo en imaginar cómo murió su hijo, sino en ver su nombre manipulado en estrategias de defensa que intentan convertir a la víctima en responsable.


El caso del Dr. Edwin Arrieta es una pesadilla con varias capas: la de un hombre que viaja a Tailandia creyendo que se encuentra con alguien de confianza y termina asesinado y descuartizado; la de una justicia lejana, en otro idioma y con otra cultura penal, que decide el futuro de su agresor; y la de una familia que ve cómo, una y otra vez, el foco se posa sobre el hijo de un actor famoso mientras el médico que perdió la vida queda reducido a “el cirujano colombiano”. Detrás del titular hay algo mucho más simple y terrible: un hombre que dedicó su vida a reconstruir cuerpos y rostros ajenos, y que terminó convertido él mismo en restos repartidos en bolsas de basura y en el mar. Ese es el verdadero horror de esta historia: que la confianza, un viaje y una habitación cerrada bastaron para que la vida de Edwin Arrieta se apagara para siempre en una isla que prometía vacaciones… y se convirtió en su tumba dispersa.

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