La noche de San Juan de 2019, el Port de Sagunt ardía en hogueras y deseos lanzados al mar. Entre la multitud que caminaba hacia la playa estaba Loli Paul Sesé, 57 años, vecina de toda la vida, madre de dos hijas. Iba hacia la zona del viejo pantalán, ese muelle industrial que empezaba a transformarse en paseo marítimo. Nadie lo sabía aún, pero aquel sería su último paseo. Cuatro años después, un fémur humano encontrado entre cascotes de obra en ese mismo lugar borraría la última esperanza de encontrarla con vida y confirmaría lo que su familia llevaba años gritando: Loli no se había marchado, a Loli la habían hecho desaparecer.
Antes de convertirse en caso, Loli era “la Loli del Port”: una mujer conocida en el barrio, con una vida sencilla y complicada a la vez. Tenía dos hijas, Alba y Rosanna, trabajaba cuando salía algo y arrastraba problemas económicos y emocionales, como tantas mujeres que sostienen el mundo con las manos desnudas. Según su entorno, llevaba tiempo atrapada en una relación de dependencia y control con su pareja, Francisco L. G., un hombre con antecedentes por violencia de género. Loli estaba inscrita en el programa de protección a víctimas de violencia machista, con episodios previos de malos tratos documentados.
Ese contexto es clave para entender lo que vino después. Francisco tenía órdenes de alejamiento respecto a Loli y acabó entrando en prisión en noviembre de 2019, condenado a cuatro meses por quebrantar de forma continuada esa orden. Pero eso fue después. Cuando Loli desapareció, la relación seguía siendo una mezcla tóxica de rupturas, reconciliaciones y miedo. Para sus hijas estaba claro: su madre no era una mujer que pudiera irse sin avisar, sin ropa, sin papeles, sin dejar rastro ni llamadas. Para parte del sistema, en cambio, fue demasiado fácil creer lo contrario.
La fecha que lo parte todo es el 22 de junio de 2019, la noche de San Juan. Loli pasa el día por la zona, y ya de noche sale hacia la playa del Port de Sagunt. A partir de ahí, su rastro se rompe. No regresa a casa, no llama a sus hijas, no aparece al día siguiente. Durante semanas, su pareja ofrece versiones distintas sobre qué ha pasado: que se ha ido unos días, que está pensando en marcharse, que ya volverá. Solo en septiembre de 2019, cuando la ansiedad se vuelve insoportable, su hija pequeña Alba presenta la denuncia formal por desaparición. En la última versión que les da a ellas y a la policía, Francisco asegura que Loli “se ha ido a Barcelona a cuidar a personas mayores”. Esa historia, con el tiempo, quedará desmontada.
Durante años, el caso queda flotando en ese limbo terrible de las desapariciones adultas: sin cuerpo, sin escena, sin prueba de muerte… y con un relato de “desaparición voluntaria” que pesa como una losa. Se la busca, sí, pero no con la contundencia de un homicidio claro. La familia empapela el Port de Sagunt con su foto, insiste en medios y redes y repite siempre lo mismo: Loli no se ha ido por voluntad propia. Mientras tanto, el tiempo hace lo que mejor sabe hacer con las mujeres desaparecidas: enfriar expedientes.
El giro llega lejos de los juzgados, en una obra. El 31 de mayo de 2023, durante los trabajos de demolición del viejo pantalán del Port de Sagunt para transformarlo en paseo, un trabajador encuentra un fragmento de fémur entre los escombros. No se paralizan las obras, no se acordona la zona de inmediato: el hallazgo se comunica a la Policía dos días después, cuando ya se ha removido buena parte del terreno. El hueso pasa por un largo recorrido forense y, en febrero de 2024, llega la confirmación: el ADN dice que ese fémur derecho pertenece a Loli Paul Sesé.
Con esa prueba, la ficción de la desaparición voluntaria salta por los aires. El Juzgado de Instrucción nº 5 de Sagunt reabre la causa, ya no como simple desaparición, sino como muerte violenta con indicios de homicidio/asesinato machista. Los investigadores trabajan con la hipótesis de que la noche de San Juan Loli estuviera en la zona del pantalán con su pareja y que allí, o muy cerca, se produjera su muerte y la ocultación del cuerpo. El mar, el hormigón y los años habrían hecho el resto hasta que una máquina de obra arrancó del suelo ese fémur que lo cambió todo.
En la causa figuran tres hombres investigados. Uno es Francisco L. G., expareja de Loli y principal sospechoso. Otro es Ignacio, alias “el Patachula”, un hombre del entorno que llegó a alardear de haber dado “un golpe” a Loli con ayuda de otras personas, aunque nunca se pudo confirmar judicialmente. Este último ha fallecido recientemente por causas naturales, complicando aún más la posibilidad de esclarecer su papel. El tercero es Santiago, propietario de un terreno rastreado por la Guardia Civil, que niega cualquier relación con los hechos. Ninguno ha sido imputado formalmente ni ha llegado todavía a sentarse ante el juez para un juicio.
Los indicios, sin embargo, dibujan un cuadro inquietante. Francisco, de unos 68 años, tiene antecedentes por malos tratos y dos órdenes de alejamiento previas respecto a Loli. Un testigo lo habría visto por esas fechas con una mochila de la que sobresalía una pala, cerca del entorno del pantalán. Se sabe que trabajó años en una nave cercana al lugar donde se halló el fémur, lo que le daba conocimiento del terreno. Y está acreditado que Loli figuraba en los registros de protección a víctimas de violencia machista por episodios de agresión y control por parte de él. Diez indicios y tres sospechosos, titulaba un reportaje local; demasiadas coincidencias acumuladas alrededor de un solo nombre.
Cuando la prensa le pone un micrófono delante, Francisco lo niega todo. En entrevistas recientes admite únicamente que en una ocasión le dio a Loli “un empujón” que le provocó un golpe, por lo que pasó un fin de semana detenido, pero asegura que no tuvo nada que ver con su desaparición ni su muerte. Repite la versión de que ella le dijo que se iba a Barcelona a trabajar cuidando mayores y que, simplemente, “no volvió a saber de ella”, atribuyendo lo ocurrido a las “malas compañías” de Loli. Para sus hijas, esa explicación es casi una segunda violencia: un intento de culparla incluso después de muerta.
Mientras los sumarios se mueven despacio, la familia de Loli hace lo contrario: ruido, memoria, presión. Alba y Rosanna han denunciado públicamente que cuando apareció el fémur no se paralizaron inmediatamente las obras, lo que impidió una búsqueda a conciencia de más restos o pistas en la zona. Han criticado que el hallazgo no se hiciera público hasta julio de 2024, más de un año después, cuando ellas mismas lo contaron a la prensa. Y no entienden que, con un hueso identificado, un historial de violencia y un círculo tan acotado de sospechosos, seis años después no haya ni una sola acusación firme.
En paralelo, el paisaje del crimen ha sido maquillado. El viejo pantalán se inauguró como moderno paseo marítimo en julio de 2024, con actos institucionales centrados en la obra y sin mención al hecho de que, en ese mismo lugar, había aparecido el hueso de una vecina desaparecida. Solo más tarde, y casi de forma discreta, la Autoridad Portuaria de València colocó un monolito en recuerdo de Loli Paul Sesé junto al paseo, a propuesta del Ayuntamiento y en coordinación con la familia. Una placa lo resume con una frase dura y luminosa a la vez: “En recuerdo a Loli Paul Sesé. En el dolor descubrimos la resiliencia y la capacidad de honrar tu memoria”. Para algunos es un gesto de reparación; para otros, una forma de cerrar en piedra lo que aún sigue abierto en los tribunales.
A finales de 2025, el caso de Loli sigue siendo un crimen sin cuerpo, o mejor dicho, con un solo hueso como testigo. El Juzgado mantiene la causa abierta, pero uno de los investigados ha muerto, otro niega cualquier vínculo y el principal sospechoso sigue viviendo en una residencia de mayores. Programas como “À Punt et busca” han dado voz a sus hijas en prime time, medios estatales han puesto sobre la mesa las contradicciones del caso, pero el expediente continúa encallado en esa fase previa en la que todo apunta a alguien… pero nadie se sienta todavía en el banquillo.
El caso de Loli Paul Sesé en el Port de Sagunt es una pesadilla con escenario de postal: un paseo nuevo, un mar azul, una placa plateada y, bajo los pies de los paseantes, el lugar donde quizá sigan enterradas respuestas que nadie quiso buscar a tiempo. Es también un recordatorio de lo que ocurre cuando una desaparición de una mujer con antecedentes de violencia se archiva mentalmente como “ya se habrá ido”. La única razón por la que hoy hablamos de asesinato es porque una máquina de obra se encontró con un fémur que el cemento no terminó de tragar. Si estuviste en la playa del Port de Sagunt en la noche de San Juan de 2019, si viste a Loli, a su pareja o a alguien cavando donde no tocaba, cualquier detalle —un gesto, una mochila, una pala, un coche mal aparcado— puede ser la pieza que le falta a este rompecabezas. Porque, hasta que alguien hable, la pregunta seguirá clavada junto al mar: ¿qué le hicieron a Loli, y quién la dejó bajo el pantalán?
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