La desaparición de James Nunan: el navegante que salió de fiesta en Las Palmas, dejó a su perro en el velero y se esfumó en el Atlántico



La imagen parece sacada de una película de terror marítimo: un velero a la deriva en mitad del Atlántico, sin nadie a bordo, solo una perrita de año y medio mirándolo todo en silencio. El 25 de agosto de 2025, Salvamento Marítimo interceptó el Kehaar a unos 80–100 kilómetros al sur de Gran Canaria, en rumbo errático, sin tripulante y con señales de haber pasado días solo en el mar. El barco pertenecía a James “Jemsie” Nunan, 34 años, navegante británico que intentaba dar la vuelta al mundo en solitario. Desde entonces, el “caso James Nunan” se ha convertido en uno de los enigmas más inquietantes del archipiélago canario. 

Antes de ser “el marinero desaparecido en Gran Canaria”, James era un tipo inquieto y nómada. Nacido en Reading y criado entre Essex y Colchester, había vivido una temporada en una furgoneta camper viajando por Escocia, trabajaba en la construcción y llevaba años soñando con el mar abierto. En marzo de 2025 zarpó en el Kehaar, un velero pequeño pero robusto, con la idea de hacer una vuelta al mundo en solitario, acompañado únicamente de su perrita Thumbelina, una mini Jack Russell que se convirtió en su sombra a bordo. Su plan inmediato era cruzar desde Canarias hasta Brasil, primera gran etapa del sueño. 

En agosto recaló en Las Palmas de Gran Canaria, fondeando el Kehaar frente a la playa de Las Canteras, a la altura de La Puntilla. Desde allí bajaba a tierra con una kayak hinchable que guardaba en una gran mochila, mientras el velero quedaba fondeado mar adentro. Esa mezcla de libertad y vulnerabilidad es clave en esta historia: James dormía en el barco, bajaba a tierra a tomar algo y luego regresaba de noche al velero, solo, sin nadie que supiera a ciencia cierta a qué hora volvía ni por dónde. 


La noche del 18 de agosto de 2025 es el punto de no retorno. Las cámaras y los testigos permiten reconstruirla casi paso a paso. Primero se le ve en el pub irlandés Paddy’s Anchor, en La Puntilla, bebiendo y charlando; más tarde aparece en el Rico Döner Kebab, donde entra a cenar. Deja fuera su mochila grande y a Thumbelina atada, porque no permiten perros dentro. Cuando sale, la escena ya es otra: la mochila ha desaparecido. Dentro iban su pasaporte, el kayak hinchable y otros efectos personales, es decir, su única vía para volver al barco sin depender de otras embarcaciones. Thumbelina, en cambio, sigue allí, ilesa. 

Al día siguiente, 19 de agosto, James acude a la policía y al consulado irlandés para denunciar el robo del pasaporte. A bordo del Kehaar se encontraría después el formulario oficial de denuncia, prueba de que realmente hizo ese trámite. Esa jornada es también la de sus últimos contactos con la familia, a la que cuenta por mensaje y llamadas cómo le han robado la mochila y cómo intenta arreglar los trámites para poder seguir viaje. El 22 de agosto, su madre lo reporta como desaparecido a la policía de Essex al dejar de recibir noticias. Entre el 24 y el 25 se emite desde su barco una señal de socorro “pan-pan”, un aviso de urgencia un escalón por debajo del “mayday”. Nadie responde desde el velero. 

El 25 de agosto, Salvamento Marítimo localiza el Kehaar a la deriva al sur de Gran Canaria, sin patrón a bordo. Lo remolcan hasta el puerto de Arguineguín, donde la Guardia Civil precinta la embarcación. En medio del desorden de cabos, velas y enseres, hay un ser vivo: Thumbelina, deshidratada pero viva tras casi una semana sola en el mar. La llevan a una protectora local mientras avisan a la familia de James. Para su madre y su hermana, el detalle es demoledor: si él hubiera caído por accidente al agua lejos de la costa, su perra habría quedado condenada a una muerte segura; el hecho de que el velero haya sido encontrado relativamente cerca de la isla parece, para ellas, más compatible con una intervención humana que con un simple golpe de mala suerte. 


La inspección inicial del Kehaar alimenta varias hipótesis. Según informaciones filtradas y recogidas por medios españoles, faltan a bordo el chaleco salvavidas principal de James y la silla/arnés que utilizaba para subir al mástil, mientras que otros elementos personales —como su documentación original— ya no estaban por el robo de la mochila. La Guardia Civil, apoyándose en estos indicios, se inclina públicamente por la teoría de un accidente en el mar: James podría haber subido al palo para ajustar algo de la jarcia y haber caído al agua sin chaleco, quedando el barco a la deriva hasta ser localizado por Salvamento. 

La familia, sin embargo, no compra esa versión. Para empezar, recuerdan que James era un navegante prudente, enamorado de su madre y de su perro, sin historial de conductas autodestructivas. “Es demasiado amigo de su madre como para desaparecer por voluntad propia”, diría su hermana a la prensa británica. También señalan detalles que, para ellos, no encajan con un simple accidente: hablan de daños sospechosos en las velas, con posibles cortes de cuchillo, y de la aparición posterior de su móvil y su iPad supuestamente quemados, según publicó The Sun. Cuestionan además que el velero no haya sido sometido a una inspección forense exhaustiva antes de plantearse devolverlo o permitir reparaciones. 

A finales de septiembre, el diario La Razón y otros medios canarios adelantaban que la investigación española seguía centrada en el accidente desde el mástil, reforzada por la ausencia del chaleco salvavidas y del arnés de escalada, y por el hecho de que el barco no mostraba signos claros de abordaje o lucha. Mientras tanto, la familia multiplicaba sus críticas: aseguraban que nadie les había enseñado un informe técnico convincente, que el análisis del velero había sido superficial y que había demasiadas preguntas sin respuesta, desde la ruta exacta del barco entre el 19 y el 25 de agosto hasta el origen del “pan-pan” emitido días después de la última vez que se vio a James en tierra. 


Ante la sensación de opacidad, los Nunan decidieron pasar a la ofensiva. En octubre de 2025, la familia anunció la contratación de un detective privado para revisar el caso desde cero, financiado en parte con una campaña de GoFundMe que reunió apoyos desde Irlanda, Reino Unido y la comunidad marinera internacional. Su padre y su hermana se trasladaron a Gran Canaria, recorrieron Las Canteras una y otra vez, hablaron con testigos del pub y del kebab, se plantaron frente al Kehaar precintado en Arguineguín y repitieron el mismo mensaje frente a cámaras y periodistas: ellos no creen que James se haya caído “sin más” al mar. Para su entorno, “cada nuevo dato hace que parezca más que se ha cometido un crimen”. 

Mientras tanto, la Guardia Civil y la Policía Judicial continúan, al menos sobre el papel, con varias líneas de trabajo. Han pedido y obtenido autorización judicial para acceder a geolocalizaciones de sus dispositivos, movimientos bancarios, cámaras adicionales y posibles rastros en hospitales y albergues. El caso está además en el radar de Essex Police y del Foreign, Commonwealth & Development Office británico, que actúan de enlace con las autoridades españolas a través de Interpol. El Kehaar sigue precintado como pieza de convicción en Arguineguín, a la espera de que se decida si se practica un análisis técnico más profundo o si se libera a la familia. 

Sobre la mesa, a día de hoy, conviven tres grandes hipótesis. La oficial: un accidente en solitario, probablemente caída desde el mástil en medio del mar, con el barco continuando su ruta sin patrón. La que la familia rechaza de plano: una desaparición voluntaria, que chocaría con su perfil y con el hecho de haber dejado a su perro a bordo. Y la que muchos no se atreven a formular abiertamente pero sobrevuela cada artículo: algún tipo de intervención de terceros, bien en tierra (una agresión tras la noche de fiesta y el robo de la mochila) o bien a bordo (un abordaje, un conflicto, algo que obligara a James a abandonar el barco o que acabara con su vida). De momento, ninguna ha podido demostrarse… ni descartarse. 


Más allá de las teorías, el caso de la desaparición de James Nunan en Gran Canaria toca fibras muy humanas. Habla de un joven que convirtió su vida en carretera y océano, que ahorró, preparó su velero y se lanzó a una travesía que muchos sueñan y pocos se atreven a intentar. Y habla de un vacío terrible: el de un barco que aparece sin su patrón, con la cama revuelta, los utensilios tirados, una perra temblando tras una semana de deriva y un océano entero como posible escenario de lo que haya ocurrido. La escena del Kehaar entrando remolcado en Arguineguín, con cinta de la Guardia Civil cruzando la cubierta, es la postal congelada de esa pesadilla. 

Hoy, cuando sus familiares repiten “Find Jemsie” en entrevistas y redes, lo hacen agarrados a cualquier rendija de esperanza: que haya sido rescatado por otro barco y no se haya identificado aún, que esté en algún lugar sin documentación ni memoria clara de lo ocurrido, que aparezca alguien que lo vio la mañana del 19 de agosto en Las Palmas, después de denunciar el robo del pasaporte. Pero también saben que el tiempo juega en contra. Si estabas en Las Canteras aquella noche, si navegabas por el sur de Gran Canaria a finales de agosto de 2025, si viste al Kehaar o a su patrón en un puerto, un bar o una gasolinera flotante, cualquier detalle —una conversación, una matrícula, una foto al azar con un velero al fondo— puede ser la pieza mínima que falta para que esta historia deje de ser solo el relato de un velero fantasma y su perra superviviente, y vuelva a ser la historia completa de un hombre llamado James Nunan que un día se hizo a la mar para cumplir un sueño y nunca llegó al siguiente puerto. 

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