El caso de Beatriz Guijarro: desaparición inquietante y cuerpo calcinado en la montaña de la Creu (Oliva, Valencia)


La noche del 8 al 9 de agosto de 2025, en Oliva (Valencia), parecía una más de verano: calor, terrazas llenas, música en la plaza. Para Beatriz Guijarro, joven de 29 años, madre de dos niños pequeños y vecina muy querida en la Safor, fue la última. Desde esa madrugada, en la que las cámaras la captan caminando por el pueblo y subiendo después hacia la zona alta, su rastro se rompe. Cincuenta y tres días más tarde, unos senderistas encontrarán un cadáver calcinado en la montaña de la Creu. La autopsia confirmará que es ella, pero no lo que todos quieren saber: qué pasó realmente con Beatriz. 

Antes de convertirse en noticia nacional, Beatriz era simplemente “Bea”: una joven de Oliva, madre de dos hijos de 6 y 8 años, que encadenaba trabajos precarios, se movía por el pueblo en chanclas y conocía a medio barrio por su nombre. Sus allegados la describen como cercana, cariñosa, luchadora, intentando tirar adelante en un contexto complicado. La localidad la había visto incluso colaborar como voluntaria tras las riadas, ayudando a buscar a desaparecidos junto a la Guardia Civil, una imagen que hoy duele: la chica que ayudaba a buscar a otros acabaría siendo ella misma la desaparecida de la que todos hablan. 

La tarde del 8 de agosto, Beatriz pasa horas con su pareja, Juanjo, de 41 años, dueño de un bar en la plaza de San Roque de Oliva. Beben algo, charlan, se les ve tranquilos. Las cámaras de seguridad del entorno los captan juntos poco antes de la una de la madrugada, caminando por la plaza. En un cruce, cada uno toma una dirección distinta: él dice que se va a su casa; ella, según su versión, asegura que va a dormir a casa de su madre, algo que hacía a menudo cuando los niños no estaban con ella. Hasta aquí, todo encaja con la rutina de una pareja cualquiera. 


Pero las cámaras vuelven a verla después, y ya nada es tan sencillo. En nuevas imágenes captadas esa madrugada, Beatriz aparece sola, con otra ropa distinta (se habla de que cambió el vestido negro por ropa más cómoda), mirando el teléfono mientras camina. Esa noche, en lugar de ir directamente a casa de su madre, acude primero a la vivienda de una tía segunda, donde también está un conocido de ambas. Según ha declarado este hombre, se marchan juntos a otro punto de Oliva y pasan allí parte de la madrugada, hasta casi las 07:00 de la mañana del 9 de agosto. Es, oficialmente, una de las últimas personas que la ve con vida. 

La versión de este conocido incluye un detalle clave: dice que, al amanecer, sube con Beatriz en coche hacia la zona alta del casco antiguo, cerca de la montaña de la Creu y de la valla que separa el monte de la AP-7, y que ella decide bajarse allí. A partir de ese punto, nadie vuelve a verla. Esa zona, una loma con sendas, rocas, matorral y miradores, está a escasos cientos de metros del lugar donde, 53 días después, se hallará un cuerpo calcinado. Para la familia, cuesta imaginar a Beatriz subiendo sola, de madrugada, en chanclas, montaña arriba; no creen que se internara voluntariamente así en esa orografía, y mucho menos descalza, como han sugerido algunos relatos. 

Cuando pasan las horas y Bea no responde al móvil ni aparece en casa de su madre, la inquietud se transforma en alarma. Su familia denuncia su desaparición y la Guardia Civil clasifica el caso como “desaparición inquietante”, una etiqueta que se reserva para situaciones en las que hay riesgo evidente y circunstancias extrañas. Se rastrean cámaras del pueblo, se difunde su foto por redes, asociaciones como SOS Desaparecidos piden colaboración y Oliva se vuelca: carteles en comercios, concentraciones en la plaza y batidas vecinales en caminos y barrancos cercanos. La sensación, desde el primer momento, es que a Beatriz no se la ha tragado la tierra sin más. 


Durante semanas, la montaña de la Creu y sus alrededores se convierten en escenario constante de búsqueda. Guardias civiles, voluntarios, amigos y familiares recorren sendas, barrancos y bancales. El caso salta a programas de televisión y radio, que lo definen una y otra vez con la misma expresión: “una desaparición inquietante”. La imagen de Bea —pelo oscuro, sonrisa amplia, mirada directa— se repite en informativos y especiales como el de Nacho Abad en COPE o en “Y ahora Sonsoles”, donde se reconstruye su última noche a partir de cámaras y testimonios. Pero cada día que pasa sin rastro refuerza la pregunta que nadie sabe responder: ¿dónde está Beatriz Guijarro? 

El 2 de octubre de 2025, una senderista que camina por la montaña de la Creu ve algo entre cenizas y piedra quemada. Avisa. Cuando llegan los equipos, encuentran un cuerpo calcinado, en una zona ya afectada semanas antes por un incendio forestal ocurrido a principios de septiembre, supuestamente originado por una rencilla vecinal ajena al caso. El cadáver está boca abajo, en postura compatible —según fuentes forenses citadas posteriormente— con una caída accidental. A pocos metros hay restos textiles, lo que parece ser una mochila, un teléfono móvil y una tarjeta de crédito. La zona ya se había rastreado antes, pero el fuego y las lluvias recientes lo habían transformado todo en un paisaje de carbón y barro. 

Al día siguiente, el 3 de octubre, la peor noticia se confirma: la autopsia y el cotejo dental ratifican que el cuerpo hallado calcinado es el de Beatriz Guijarro. Los medios hablan de “trágico final” para la joven desaparecida de Oliva. La identificación es complicada por el estado de los restos, pero los forenses consiguen verificar sexo e identidad. Lo que no consiguen, al menos de forma inmediata, es establecer con claridad la causa de la muerte: la combinación de incendio forestal, paso del tiempo y lluvias ha borrado muchas huellas. Aun así, fuentes de la investigación empiezan a señalar una hipótesis prioritaria: muerte accidental por caída en la montaña, posiblemente la misma madrugada de la desaparición. 


El Grupo de Homicidios de la Guardia Civil detalla a la prensa que, tras encontrar el móvil, la tarjeta y restos de mochila junto al cuerpo, han ido descartando la idea inicial de un asesinato con posterior quema de cadáver. No habría indicios claros de violencia de terceros en el lugar del hallazgo ni señales de traslado posterior del cuerpo. Algunas filtraciones periodísticas apuntan a que los investigadores barajan una secuencia en la que Bea habría subido de madrugada a la montaña, sufrido una caída fatal y permanecido allí hasta que, semanas después, el incendio forestal calcinó el cuerpo. Incluso se ha filtrado como línea de trabajo que pudo haber consumido cocaína esa noche, comprada a un vecino, lo que habría mermado su capacidad de reacción. 

Y ahí estalla el conflicto. La familia de Beatriz Guijarro rechaza de plano las afirmaciones sobre drogas y la lectura de “muerte accidental” como explicación cerrada. En declaraciones recogidas por la prensa local, piden respeto y recuerdan que no se ha presentado públicamente ningún informe toxicológico definitivo, mientras sí se han filtrado con ligereza hipótesis que manchan la imagen de Bea. También subrayan algo que no les encaja: les cuesta creer que subiera sola, de madrugada y, según ciertas versiones, descalza, por una montaña conocida por su pendiente y sus tramos complicados. Para ellos, hablar ya de caída fortuita es correr demasiado en un caso que sigue judicialmente abierto. 

Mientras la Guardia Civil insiste en que no descarta ninguna hipótesis —desde homicidio hasta accidente—, los medios siguen desgranando dudas. ¿Por qué aparecieron restos junto al cadáver si la zona ya se había inspeccionado? ¿Pudo el incendio mover o alterar la escena de forma decisiva? ¿Qué pasó exactamente entre el momento en que Beatriz se baja del coche de ese amigo cercano a la AP-7 y el lugar donde se halla su cuerpo? Programas como Al margen de la ley de RNE han dedicado episodios enteros al caso Beatriz Guijarro, conectándolo además con debates sobre vulnerabilidad y prostitución en España, aunque sin que exista, a día de hoy, ninguna resolución judicial que vincule oficialmente a Bea con ese contexto. 


En paralelo, la instrucción judicial sigue su curso. Según medios locales, habría al menos una persona investigada relacionada con la última noche de Beatriz que se ha acogido a su derecho a no declarar ante la jueza, mientras la familia insiste en que se analicen a fondo todas las contradicciones y posibles omisiones de auxilio. No hay, por ahora, nadie imputado por homicidio, ni una versión oficial definitiva sobre si la muerte fue accidental o violenta. Lo único seguro es que el caso no está cerrado, y que cada nuevo titular sobre hipótesis de consumo, caída o prostitución se vive en Oliva como una doble herida: por la pérdida de Bea y por la sensación de que su historia corre el riesgo de ser reducida a un cliché. 

Hoy, cuando hablamos del caso de Beatriz Guijarro en Oliva (Valencia), hablamos de algo más que de una desaparición y un cuerpo calcinado. Hablamos de una madre de 29 años que salió una noche de verano, fue vista por cámaras y conocidos, y terminó boca abajo en una ladera quemada, a quinientos metros del punto donde bajó de un coche. Hablamos de una investigación que se inclina hacia la muerte accidental mientras una familia repite que su hija no era “una cifra más” ni “una irresponsable drogadicta”. Y hablamos de un pueblo que vio cómo buscaban durante semanas en la montaña de la Creu… para descubrir después que, quizá, Bea siempre estuvo ahí, oculta entre piedras, ceniza y un incendio que se llevó también muchas de las respuestas. 

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