La tarde del 15 de abril de 2013, en el barrio lagunero de San Benito (La Laguna, Tenerife), un joven de 32 años salió de su piso con algo de dinero y las llaves en el bolsillo. Se llamaba Antonio Muñoz Romero, medía alrededor de 1,70, llevaba el pelo castaño y rizado, barba y gafas habitualmente, y estaba construyendo el sueño que muchos comparten y pocos logran: estudiar las estrellas. Era estudiante de un máster de Astrofísica en la Universidad de La Laguna. Desde ese día, su rastro se rompe. Doce años después, la pregunta sigue en el aire: ¿qué pasó con Antonio?
Antes de convertirse en un nombre en los carteles de SOS Desaparecidos, Antonio era un chico de ciencia y raíces sureñas. Nacido en La Línea de la Concepción (Cádiz) pero muy vinculado a Córdoba por la familia de su madre, estudió Física en la Universidad de Córdoba, donde lo recuerdan como un estudiante brillante, tranquilo y muy querido. Tras licenciarse, consiguió plaza en un máster universitario de Astrofísica en La Laguna, lo que lo llevó a mudarse a Tenerife más de un año antes de desaparecer. Tenía la cabeza llena de ecuaciones, galaxias y planes de futuro: pensaba en el doctorado y en una carrera científica seria y discreta.
Su vida en la isla seguía un patrón sencillo: clases, estudio, biblioteca, caminatas por la naturaleza. Su padre destaca que estaba “muy feliz allí”, en contacto constante con la familia y con un círculo de amigos que lo describen como cariñoso, responsable y nada conflictivo. Le fascinaban los paisajes de Tenerife: el Macizo de Anaga, Las Mercedes, Mesa Mota, zonas de senderismo que recorría a menudo para despejar la mente entre prácticas y artículos científicos.
Los días anteriores a su desaparición no mostraron ninguna grieta aparente. Antonio había vuelto a Tenerife el 14 de abril, después de pasar parte de la Semana Santa en Córdoba, de asistir a una boda en Sevilla y de disfrutar de su gente. El 15 de abril fue a clase, sacó un libro de la biblioteca y ese mismo día pagó el segundo plazo de la matrícula del máster, un detalle que su familia menciona siempre para descartar la idea de una marcha voluntaria. Nada en esos gestos encaja con alguien que planea huir de su vida.
La última vez que su familia supo de él fue ese 15 de abril. Según varios medios, su actividad en redes sociales (Facebook, Twitter) cesó aquella noche, y ya no respondió a llamadas ni mensajes. Los investigadores pudieron reconstruir un movimiento inquietante: Antonio salió de su piso en San Benito solo con la llave y algo de dinero, dejando en casa la documentación, las tarjetas bancarias, y algo crucial para entender el caso: sus gafas, pese a que tenía alrededor de cinco dioptrías y prácticamente no veía bien sin ellas. Era como si hubiera salido “un momento” y ese momento se hubiese congelado para siempre.
Hay un dato que añade una capa de angustia a esta historia. El mismo día de la desaparición, el centro de emergencias 1-1-2 Canarias registró una llamada breve procedente del móvil de Antonio. La comunicación se cortó y no se pudo establecer qué ocurrió ni si fue él quien marcó. Cuando la Policía entró en su vivienda, el teléfono estaba allí, junto a las gafas y el resto de sus pertenencias. ¿Fue un intento desesperado de pedir ayuda? ¿Pudo alguien usar su móvil? A día de hoy, no hay respuesta definitiva. Solo un registro frío en un sistema que dice: alguien marcó, nadie habló.
La familia dio la voz de alarma de inmediato. A partir del 16 de abril de 2013 se activó un dispositivo de búsqueda que fue creciendo a marchas forzadas: Policía Nacional, Guardia Civil, helicóptero, unidades caninas, patrullas mixtas peinando zonas urbanas de La Laguna y entornos naturales donde Antonio solía caminar. El foco se centró pronto en el Macizo de Anaga y áreas cercanas, una formación montañosa abrupta al noreste de la isla, por si hubiera sufrido un accidente de senderismo. Los agentes revisaron pistas, barrancos y senderos, sin encontrar una mochila, una prenda, nada.
Mientras la búsqueda continuaba en Tenerife, Córdoba se convirtió en altavoz del caso. En mayo de 2013, familiares y amigos convocaron una concentración en el Bulevar del Gran Capitán para pedir que no cesaran las batidas y que se mantuvieran todos los recursos activos. Levantaron pancartas con su foto, repartieron carteles y leyeron un manifiesto: “No sabemos si le ha pasado algo en la calle o ha tenido un problema interno, pero Antonio no es de desaparecer sin avisar”. La ciudad donde estudió Física se volcó con el chico que miraba al cielo para entender el universo… y que se había desvanecido en una isla a cientos de kilómetros.
En agosto de 2013, el hallazgo de un cuerpo en la costa de Tenerife disparó el miedo de la familia. Un cadáver arrastrado por un temporal apareció en la playa de Las Teresitas, en Santa Cruz, y durante unos días la duda fue insoportable. La autopsia determinó que no se trataba de Antonio, descartando la identificación. Fue un alivio mínimo en mitad del horror: seguían sin tener que llorar un cuerpo… pero tampoco tenían a quién abrazar.
Con el paso de los años, los dispositivos masivos se fueron reduciendo, pero nunca se llegó a cerrar el caso. Organizaciones como QSDglobal y SOS Desaparecidos han mantenido viva su ficha: “Estudiante astrofísico, desaparecido el 15/04/2013 en La Laguna (Tenerife), 32 años entonces, **1,70 m, 70 kg, pelo castaño rizado, barba y bigote, ojos marrones, complexión normal”. Cada cierto tiempo, en redes sociales aparecen mensajes como “OCHO / NUEVE / DIEZ / ONCE AÑOS SIN RASTRO DE ANTONIO MUÑOZ ROMERO”, recordando que su nombre sigue en la lista de desaparecidos de España.
Las hipótesis oficiales nunca se han hecho públicas en detalle. En la familia se ha hablado de tres posibilidades: desaparición voluntaria, accidente en la naturaleza o intervención de terceros. La Policía, al menos en los primeros meses, no descartaba ninguna, pero el entorno de Antonio ha sido contundente: su padre repite que, por su carácter y por los datos objetivos (matrícula pagada, libro de biblioteca sacado el día anterior, ilusión por el doctorado, relación estrecha con la familia), “sería una sorpresa que se tratara de una desaparición voluntaria”. Tampoco hay rastro que confirme un accidente: pese a la búsqueda en Anaga y otras zonas, no se ha hallado su cuerpo ni pertenencias.
El contexto general tampoco ayuda a tranquilizar. El Informe Anual de Personas Desaparecidas 2024 del Ministerio del Interior recoge más de 16.000 denuncias por desaparición en un solo año, de las cuales alrededor del 95 % se esclarecen, pero deja también miles de casos activos repartidos por todo el país. Antonio forma parte de ese pequeño porcentaje que no vuelve ni como presencia ni como cuerpo, quedando atrapado en una categoría que hiere solo de leerla: “sin rastro”.
Hoy, doce años después, hablar de la desaparición de Antonio Muñoz Romero en La Laguna es hablar de una habitación que sigue tal y como la dejó, de una familia que aún mira cada noticia de Tenerife con un nudo en el estómago, y de un expediente que continúa abierto. En la web de SOS Desaparecidos, junto a su foto, siguen los teléfonos 24 horas 649 952 957 y 644 712 806, y la llamada a cualquier persona que crea haberlo visto o tenga información, por insignificante que parezca.
La verdadera pesadilla del caso de Antonio Muñoz Romero no está en una escena brutal ni en un crimen confirmado, sino en algo más sutil y devastador: un chico que dedicó su vida a estudiar el cosmos y que, una tarde de abril, salió de casa sin gafas y sin documentación y se evaporó en 700 metros de calles conocidas. Ningún telescopio sirve para encontrarlo, ninguna ecuación explica la llamada cortada al 112, ni el silencio posterior. Hasta que alguien aporte la pieza que falta, lo único que podemos hacer es repetir su nombre, compartir su rostro y recordar que, en algún lugar entre Córdoba y Tenerife, hay una familia que sigue esperando una respuesta a la pregunta que los persigue desde 2013: **¿dónde está Antonio?**
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