El caso de Reyna Angélica Marroquín: la mujer salvadoreña que pasó 30 años atrapada en un barril bajo una casa en Long Island



En septiembre de 1999, un nuevo propietario revisaba el sótano de su recién comprada casa en Jericho, Long Island (Nueva York) cuando se topó con un barril metálico de unos 200 litros olvidado en el hueco bajo la vivienda. Lo abrió pensando que encontraría basura industrial o restos de la antigua obra. En su lugar, descubrió algo que parecía salido de una pesadilla: dentro del tambor había un cuerpo momificado, completo, vestido… y un embarazo casi a término. Aquel hallazgo macabro destapó, 30 años después, el asesinato de Reyna Angélica Marroquín, una joven inmigrante salvadoreña que llevaba desaparecida desde 1969. 

Antes de ser “la mujer del barril”, Reyna era una chica con el sueño clásico de medio continente: nació el 2 de diciembre de 1941 en El Salvador, se casó joven, tuvo un hijo pequeño y, a mediados de los 60, cruzó a Estados Unidos buscando un futuro mejor. Vivía entre Nueva Jersey y Nueva York, trabajaba como niñera y también en una fábrica de flores artificiales llamada Melrose Plastics, en la calle 34 de Manhattan. A sus 27 años, su mundo era una mezcla de nostalgia por su familia salvadoreña y la ilusión de construir una vida nueva en el país donde “todo era posible”. 

En Melrose Plastics conoció al hombre que marcaría su destino: Howard B. Elkins, empresario estadounidense, copropietario de la fábrica y residente en una acomodada casa de Jericho. Entre jefe y empleada comenzó una relación extramatrimonial; él estaba casado y con hijos, ella, inmigrante, vulnerable, atrapada entre el deseo de ser amada y el desbalance brutal de poder. Tiempo después, Reyna confesó a su amiga Kathy Andrade que estaba embarazada y que Elkins le había prometido dejar a su esposa para casarse con ella, pero las dudas y el miedo la devoraban. 


El punto de quiebre llegó cuando Reyna decidió hacer algo que cambiaría todo: llamó a la esposa de Elkins y le contó la verdad sobre la relación y el embarazo. Según Kathy, a partir de ese momento Reyna empezó a decir que temía por su vida, que su jefe “podía hacerle algo” tras haber expuesto el secreto. Luego, el silencio. Su amiga fue a buscarla a su apartamento en Nueva Jersey y lo encontró vacío. Nadie volvió a verla. Ni denuncia efectiva, ni gran investigación: una joven latina, inmigrante, desaparecida a finales de los 60 en Nueva York podía perderse muy fácilmente entre papeles, prejuicios y fronteras. 

Treinta años más tarde, aquel barril en el sótano de Jericho empezó a hablar. Cuando la policía del condado de Nassau llegó a la casa en septiembre de 1999, se encontró con un tambor industrial de 55 galones, muy oxidado, marcado con códigos de fabricación de 1965 y restos de tintes para plástico. Al abrirlo con cuidado vieron un cuerpo femenino, momificado pero completo, de una mujer pequeña —entre 1,45 y 1,52 m—, con dentadura peculiar, de rasgos hispanos y con un embarazo avanzado. Todo estaba sellado junto a bolitas de poliestireno, fragmentos de un tallo de flor artificial y un olor que había quedado atrapado durante tres décadas. 

El análisis forense determinó que la víctima había muerto por traumatismo contundente en la cabeza y que su cuerpo había permanecido todo ese tiempo en el mismo medio, dentro del barril. En el tambor había además dos anillos (uno con las iniciales “M.H.R.”), un medallón con la dedicatoria “To Patrice, love Uncle Phil” y, sobre todo, una libreta de direcciones empapada y casi ilegible. Con luz infrarroja, los técnicos lograron rescatar datos cruciales: un número de Seguridad Social / tarjeta de residencia y nombres que conectaban directamente con una mujer concreta. Gracias a eso se pudo poner nombre y apellido a aquel cuerpo anónimo: Reyna Angélica Marroquín, nacida en 1941 en El Salvador. 


La libreta también contenía números de teléfono. Casi todos estaban ya fuera de servicio… excepto uno. Al marcar, respondió Kathy Andrade, la amiga a la que Reyna había contado su historia. Al saber del hallazgo, Kathy relató a los detectives todo lo que recordaba: el romance con Elkins, el embarazo, la llamada a la esposa, el miedo explícito de Reyna y aquella visita a su apartamento vacío, tras la cual nunca volvió a tener noticias. Por si fuera poco, algunos antiguos empleados de Melrose Plastics recordaban que, tiempo después, una mujer que encajaba con la descripción de Reyna apareció por la fábrica con un niño pequeño, y que se hacían bromas (envenenadas) sobre que el padre era “el jefe”. 

Los investigadores siguieron el rastro industrial del barril. El número de serie indicaba que se había fabricado en 1965 para transportar colorante plástico, y los registros mostraban que uno de los destinatarios era la propia Melrose Plastics, la empresa de flores artificiales donde Reyna había trabajado y de la que Elkins había sido socio. Siguiente paso lógico: revisar quiénes habían sido dueños de la casa de Jericho donde apareció el barril. En esa lista solo había cinco propietarios… y uno de ellos era, otra vez, Howard B. Elkins, que había vivido allí hasta 1972, año en que vendió la empresa y se mudó a Boca Ratón, Florida con su esposa. El círculo se cerraba alrededor de un solo nombre. 

Un equipo de detectives voló a Florida para entrevistarlo. Se encontraron a un hombre ya jubilado, de unos 70 años, poco colaborador, que minimizaba todo y negaba saber nada de ninguna empleada desaparecida. Cuando la conversación se endureció, la policía le adelantó que solicitaría una prueba de ADN para comparar su perfil genético con el del feto encontrado en el vientre de Reyna. No lo detuvieron, pero lo dejaron sabiendo que la ciencia podía atarlo a la escena para siempre. Al día siguiente, Elkins fue hallado muerto en el asiento trasero del coche de un vecino, en un garaje, con un disparo de escopeta. Se había comprado el arma esa misma mañana en un Walmart. 


Meses después llegó la confirmación final: los análisis de ADN demostraron que Elkins era el padre del bebé que Reyna llevaba en su vientre cuando fue asesinada. La policía del condado de Nassau reconstruyó entonces el relato probable: el empresario habría ido al apartamento de Reyna en Nueva Jersey —o la habría atraído a la fábrica—, la habría matado de un fuerte golpe en la cabeza y, después, habría metido el cuerpo embarazado en el barril, rellenándolo con bolitas de plástico para asegurarse de que se hundiría si lo arrojaba al mar desde su barco. Pero al llegar con el tambor a la casa de Jericho se habría encontrado con la realidad física: el barril era demasiado pesado para moverlo solo, así que lo dejó escondido en el hueco bajo la vivienda… y se marchó, confiando en que nadie lo descubriría jamás. 

Cuando la noticia llegó a El Salvador, el caso ya tenía rostro, historia y familia. Los restos de Reyna fueron repatriados y enterrados en el cementerio de su pueblo natal, al sur de San Salvador. Su madre, una anciana de 95 años, contó al periodista Óscar Corral que durante años había soñado que su hija estaba “encerrada en un barril”, sin saber que esa imagen era literal. Un mes después del entierro de Reyna, la madre murió y fue sepultada junto a ella, cerrando de forma simbólica una espera de tres décadas. 

El caso Reyna Angélica Marroquín se convirtió rápidamente en material de documentales y series de true crime: apareció en Forensic Files (episodio “A Voice from Beyond”), en The New Detectives (“Broken Trust”), en Murder Book y en otros programas bajo títulos como “Lady in the Barrel” o “Flower Drum Murder”. Pero detrás del morbo televisivo hay un subtexto mucho más oscuro: el de una mujer migrante, pobre, embarazada de su jefe blanco, acomodado, cuya desaparición pasó desapercibida durante años porque nadie en el sistema se esforzó en buscarla. Solo cuando el barril habló, cuando la ciencia iluminó una libreta húmeda y un ADN incómodo, su historia dejó de ser un simple “nadie sabe qué fue de ella”.


Aunque para la policía el caso está técnicamente resuelto —hay un sospechoso claro, un vínculo genético y un suicidio inmediato tras ser presionado—, la sensación de impunidad es inevitable: Elkins nunca se sentó ante un juez, nunca escuchó un veredicto, nunca pidió perdón. Para muchos analistas, el expediente Reyna Marroquín es un ejemplo de cómo el dinero, la posición social y el racismo estructural pueden alargar una verdad durante décadas. Si el barril hubiera viajado con él cuando vendió la casa en 1972, probablemente hoy seguiría siendo un secreto enterrado. 

Años después, la casa de Forest Drive en Jericho parece una más entre las arboladas calles de Long Island. Pero bajo sus suelos hubo durante 30 años una tumba clandestina, un útero de metal donde una madre y su hijo por nacer quedaron encerrados porque a un hombre le resultaba más fácil borrarles del mapa que asumir su responsabilidad. El caso de la mujer salvadoreña hallada en un barril en Long Island no es solo una historia macabra para programas de crimen: es un recordatorio brutal de lo fácil que es hacer desaparecer a una mujer migrante… y de lo mucho que cuesta, incluso con la ciencia de nuestro lado, devolverle su nombre, su dignidad y su lugar en la memoria. Mientras se sigan contando historias como la de Reyna, quizás sea un poco más difícil que la próxima acabe, otra vez, bajo el suelo de una casa cualquiera.

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