Caso Dónovan Párraga: el niño de Trijueque que salió a clase de judo y apareció 11 meses después en una fosa séptica


La tarde del 27 de febrero de 2002, en la urbanización La Beltraneja, en Trijueque (Guadalajara), un niño de 12 años cerró la puerta de su casa para ir a algo tan cotidiano como una clase de judo. Se llamaba Dónovan Párraga Martínez, iba a tomar el autobús como siempre… y nunca llegó al tatami. Once meses más tarde, su cuerpo apareció semiesqueletizado dentro de una fosa séptica / depósito de aguas residuales a apenas unos 200–300 metros de su casa. La versión oficial habla de muerte accidental. Su familia, en cambio, lleva más de dos décadas convencida de que el caso Dónovan Párraga huele a homicidio mal investigado. 

Antes de convertirse en un nombre de hemeroteca, Dónovan era un niño de barrio residencial: rubio, ojos verdes, muy alto para su edad (medía alrededor de 1,65 y calzaba un 42), hijo único de Francisco Párraga y Gloria Rodríguez. Vivía con su madre —sus padres estaban separados— en La Beltraneja, una urbanización tranquila a unos 25 kilómetros de Guadalajara. Aquel día vestía un jersey blanco con un Piolín y su nombre impreso, vaqueros, zapatillas Nike grises y llevaba un reloj Lotus. Su rutina de los miércoles incluía salir de casa, cruzar la urbanización y coger el bus hacia Guadalajara para entrenar judo. Nada fuera de lo normal… hasta que no volvió. 

La secuencia conocida es corta y brutal: Dónovan sale de casa en la tarde del 27 de febrero rumbo a la parada del autobús. No hay testigos fiables que lo sitúen subiendo al vehículo ni llegando al gimnasio. Simplemente desaparece en el trayecto entre su portal y el bus. Su madre avisa a la Guardia Civil y comienza una búsqueda que, durante semanas, se centra en la propia urbanización, en la carretera cercana y en el entorno de Trijueque. En esos primeros momentos, las autoridades no descartan ninguna hipótesis: fuga, secuestro, accidente, incluso un posible conflicto familiar. 


Con el paso de los días, el caso de la desaparición de Dónovan Párraga se convierte en noticia nacional. La Guardia Civil despliega unidades con perros adiestrados, helicópteros, agentes a pie, rastreando campos, caminos y pozos alrededor de La Beltraneja.  Empiezan a llegar llamadas de toda España: supuestos avistamientos del niño en Madrid, especialmente en el barrio de Vallecas, y en otras localidades. Ninguno se confirma. Mientras los padres se agarran a cada pista, la realidad es que durante casi un año no aparece ni una sola prueba sólida sobre dónde está su hijo o qué le ha pasado.

El 23 de enero de 2003, once meses después de la desaparición, todo cambia. La Guardia Civil vacía por orden judicial una depuradora / fosa séptica dentro de un recinto vallado de la propia urbanización La Beltraneja, a unos 200–300 metros de la casa de Dónovan. En ese depósito de aguas residuales —una especie de alberca de fecales— encuentran restos humanos en avanzado estado de descomposición. La ropa coincide con la descripción del día de la desaparición; pocos días después, las pruebas de ADN confirman al 99 % que se trata de Dónovan Párraga. 

La primera autopsia aclara poco y abre una brecha. Los forenses de Guadalajara explican que los restos están semiesqueletizados, sin fracturas evidentes ni signos externos claros de violencia; no aprecian traumatismos compatibles con una paliza o una caída desde gran altura.  El cuerpo, según el análisis, habría permanecido “siempre en el mismo medio” desde la desaparición: es decir, en esa misma fosa séptica, sin haber sido movido. El informe apunta a una muerte accidental, probablemente por caída y ahogamiento, descartando tanto el suicidio como un homicidio directo a falta de indicios físicos. 


El Instituto Nacional de Toxicología de Madrid confirma después esa línea: los estudios complementarios ratifican la ausencia de tóxicos relevantes o lesiones que apunten a una agresión violenta, y refuerzan la tesis de que Dónovan cayó al depósito y murió allí mismo, el mismo día de su desaparición o poco después.  La idea que empieza a asentarse en la investigación es la del niño que, por accidente, cae a un pozo que no debería estar accesible, queda atrapado en la mezcla de aguas residuales y lodos, y no puede salir ni pedir ayuda.

Con esos informes sobre la mesa, el juzgado de instrucción nº 3 de Guadalajara decide en marzo de 2003 archivar el caso: oficialmente, la muerte de Dónovan Párraga es accidental. No hay imputados, no se señala responsabilidad penal concreta, más allá de una eventual negligencia en el mantenimiento de la depuradora que podría ventilarse en otra vía. El niño es enterrado en el cementerio de Guadalajara el 21 de marzo de 2003, sus restos sellados en una caja de zinc por si en el futuro hiciera falta una tercera autopsia.  Para la justicia, el caso está prácticamente cerrado. Para su familia, ni mucho menos.

El padre de Dónovan, Francisco Párraga, nunca ha aceptado esa versión. Desde el primer momento habla abiertamente de sospecha de homicidio, incluso con posible móvil sexual o sentimental, y contrata al abogado Marcos García Montes para intentar desmontar la tesis del accidente. El letrado insiste en que hay “numerosos indicios” que apuntan a la intervención de terceras personas: menciona manchas de sangre en prendas del niño, lagunas en la cronología, la propia ubicación de la fosa y el hecho de que se tardara casi un año en encontrar un cuerpo a doscientos metros de casa. 


La presión del padre da un primer fruto jurídico: en julio de 2003, la Audiencia Provincial de Guadalajara ordena reabrir el procedimiento, estimando recursos de apelación de los abogados de ambos progenitores. Pero el alcance real es muy limitado: se trata de una reapertura “por defectos de forma”, básicamente para permitir que las partes puedan interrogar a los peritos del Instituto de Toxicología y a los forenses que firmaron las autopsias, ya que antes no tuvieron esa oportunidad procesal. La propia Audiencia deja claro que la investigación de fondo —accidente o homicidio— está cerrada y no se harán nuevas pruebas ni interrogatorios adicionales. 

A partir de ahí, el caso entra en una especie de guerra de informes. Mientras los peritos oficiales sostienen que no hay signos de violencia, otros especialistas consultados por la familia —como el antropólogo forense José Manuel Reverte, según distintas crónicas— consideran más plausible un homicidio y cuestionan que un niño pudiera caer por accidente a una fosa de ese tipo sin que quedaran otros indicios.  El padre recurre incluso al Tribunal Supremo en 2004, intentando forzar nuevas diligencias, pero los tribunales mantienen la línea: sin pruebas nuevas, la causa no se reabrirá en serio. 

En medio de esta batalla, aparece otra fractura dolorosa: la de los propios padres. Mientras Francisco sostiene públicamente que a su hijo lo mataron y lo tiraron a la fosa, la madre, Gloria Rodríguez, se inclina más hacia la hipótesis del accidente.  Esa diferencia de lectura —homicidio para uno, tragedia por imprudencia para la otra— añade una capa más a la pesadilla: no solo no hay culpable, sino que ni siquiera hay un relato común dentro de la familia.


Con el paso de los años, el caso Dónovan Párraga se convierte en un ejemplo incómodo que aparece en listas de niños desaparecidos y hallados muertos en España en la década de 2000: un menor que se desvanece a plena luz del día, una búsqueda masiva, un cuerpo encontrado casi un año después muy cerca de casa, y una conclusión oficial que deja un gusto amargo.  En foros, blogs de criminología y espacios de memoria, el nombre de Dónovan sigue apareciendo, asociado a palabras como “investigación deficiente”, “pozo”, “fosa séptica” y “verdad incompleta”. 

Hoy, más de 22 años después, no hay constancia de nuevas diligencias relevantes ni de una reapertura real del caso por parte de la justicia española. La versión oficial sigue siendo la misma: Dónovan se habría caído accidentalmente a la fosa séptica de La Beltraneja y habría muerto allí mismo, sin intervención de terceros.  La versión emocional de una parte de su familia y de quienes han estudiado el caso desde fuera es otra: un niño de 12 años difícilmente accede sin más a un depósito de fecales cerrado, y el hecho de que el cuerpo no apareciera en los primeros registros, pese a la cercanía a la casa, levanta sospechas difíciles de enterrar.


Mirado con los ojos de hoy, el caso de la desaparición y muerte de Dónovan Párraga en Trijueque es una pesadilla de las que no necesitan adornos: un niño que sale a judo, un vacío de once meses, un cuerpo en una fosa séptica a doscientos metros de casa y un sumario que cierra la puerta con la palabra “accidente”, mientras en el otro lado de la puerta una familia sigue preguntándose quién abrió realmente la tapa del depósito. Entre la versión oficial y las dudas que no se han disipado se abre un espacio oscuro donde, a falta de nuevas pruebas, lo único que queda es memoria: recordar que detrás de la etiqueta “caso Dónovan” hubo un niño de verdad, con jersey de Piolín y mochila de judo, que no llegó a subir a aquel autobús y cuya historia, para muchos, sigue oliendo a algo más que a aguas residuales.

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