La noche del 12 al 13 de enero de 2022, en Traspinedo (Valladolid), parecía una noche cualquiera de invierno: fútbol en la tele, bares llenos y un pueblo pequeño que se sabe de memoria sus calles. Para Esther López de la Rosa, de 35 años, fue la última. Vio el Clásico con amigos, tomó algo, subió a un coche en confianza… y se esfumó en apenas unos metros de carretera. Veintitrés días después, su cuerpo apareció tirado en una cuneta a la entrada del pueblo. Desde entonces, el caso de Esther López se ha convertido en una mezcla de dolor familiar, fallos incomprensibles y una instrucción lenta que todavía hoy, casi tres años después, sigue escribiendo páginas camino del juicio.
Antes de ser un expediente judicial, Esther era “la de la sonrisa”, como repite su familia en los vídeos que difundieron cuando aún estaba desaparecida. Vivía en Traspinedo, tenía 35–36 años, trabajaba en Valladolid y mantenía una vida muy normal: familia muy unida, cuadrilla de amigos, rutinas de pueblo. La noche del 12 de enero quedó con dos amigos para ver la semifinal de la Supercopa entre el Real Madrid y el Barça en un bar del pueblo; después fueron a la casa de uno de ellos. Más tarde, ya de madrugada, salió en coche con Óscar S.M., amigo de confianza, que la llevaba habitualmente. Era, en teoría, un trayecto corto a casa. Nunca llegó.
La cronología oficial fija los últimos movimientos de Esther en esa franja crítica de madrugada. Entre las 02:30 y las 03:00, sale del bar rumbo a la casa de un amigo; más tarde, ya con tres grados bajo cero, vuelve a subir al coche de Óscar. Él sostiene que hubo una discusión porque ella quería seguir de fiesta y él no, y que la dejó bajar en una carretera secundaria, a las afueras, de noche y sola. A las 05:40, el móvil de Esther registra un WhatsApp a su madre; diez minutos después, la madre la llama para despertarla, pero el teléfono ya no da señal. Para los investigadores, esos diez minutos son el margen en el que Esther muere.
La familia denunció formalmente la desaparición el 17 de enero, al ver que no aparecía, no contestaba y nadie la había visto desde aquella noche. Para entonces, Traspinedo ya llevaba días buscándola por su cuenta. La Guardia Civil activó un dispositivo masivo: helicópteros, drones, perros, GEAS peinando ríos, voluntarios organizados en macrobátidas que revisaron pinares, cunetas, bodegas y caminos en un radio de varios kilómetros. Entre los vecinos se repetía una frase que, vista con perspectiva, suena cruel: “Aquí no puede estar, esta zona ya la hemos pasado mil veces”.
El 5 de febrero de 2022, tras 23–25 días de búsqueda, un vecino que paseaba por la carretera CL-610, a unos 3 kilómetros del pueblo, vio algo en la cuneta: era el cuerpo de una mujer. La autoridad judicial confirmó enseguida lo que todos temían: era Esther. Lo más inquietante es que aquel punto estaba muy cerca de la entrada a Traspinedo y de la zona batida una y otra vez por vecinos y agentes, que aseguraron haber pasado “diez o quince veces” por allí sin ver nada. Eso abrió una pregunta que aún hoy planea sobre el caso: ¿estuvo el cuerpo allí desde el primer día… o alguien lo colocó después?
Las primeras conclusiones de la autopsia apuntaron a un escenario concreto: Esther había sufrido un atropello. Presentaba una fractura de cadera, un latigazo cervical y múltiples magulladuras compatibles con haber sido golpeada por la parte frontal de un vehículo y proyectada contra el suelo. La causa final de la muerte fue un traumatismo abdominal que le provocó una gran hemorragia interna, un “shock hipovolémico”, según explicó después la autopsia completa. Los análisis toxicológicos detectaron alcohol y cocaína, pero los forenses insistieron más tarde en que no fueron determinantes en el fallecimiento, frente a algunas teorías que intentaban minimizar la responsabilidad de quien la atropelló.
A partir de ahí, la investigación se centró en una hipótesis principal: un atropello mortal con ocultación del cuerpo. El Departamento de Investigación de Accidentes de Tráfico de la Guardia Civil reconstruyó la escena, calculó velocidades, alturas de impacto y compatibilidad de lesiones con distintos tipos de vehículos. Las sospechas se fueron cerrando sobre el entorno más cercano de Esther esa noche… y, en particular, sobre Óscar S.M., el amigo que reconoce ser la última persona que estuvo con ella con vida. Se analizaron su casa, un Volkswagen T-Roc de empresa y un Volkswagen Golf de su propiedad, sus rutas de móvil, sus registros en lavaderos de coches y cámaras de seguridad.
Con el paso de los meses, el puzzle que dibujaba la Guardia Civil era cada vez más duro: según su informe final, la noche del 13 de enero Óscar habría atropellado intencionadamente a Esther tras una discusión, en una zona cercana al acceso del pueblo; las lesiones no eran mortales de inmediato, pero él la habría dejado tirada en la cuneta, consciente y agonizando, sin pedir ayuda, sabiendo que a temperaturas bajo cero y sin asistencia la condenaba a morir. Después, siempre según la acusación, habría esperado y movido el cuerpo o actuado sobre el escenario en las horas siguientes, además de limpiar el coche y borrar datos electrónicos.
La instrucción, sin embargo, fue larga y llena de giros. Durante meses, Óscar fue “investigado” pero en libertad, con medidas cautelares: retirada de pasaporte, obligación de firmar periódicamente y prohibición de salir del territorio nacional. La familia, desesperada, reclamó en varias ocasiones su ingreso en prisión provisional; en enero de 2025, la jueza se dio 72 horas para decidir y volvió a dejarle en libertad, con una fianza civil de 205.000 euros para asegurar futuras responsabilidades económicas. Esa decisión, avalada por Fiscalía, fue muy criticada en la calle: Traspinedo salía a manifestarse con fotos de Esther mientras el único sospechoso seguía viviendo en la provincia.
El informe final de la Guardia Civil, remitido en diciembre de 2023, hablaba de un posible “arrebato en caliente” de Óscar tras una discusión, seguido de omisión del socorro y maniobras para eludir la investigación. En marzo de 2024, el Instituto de Medicina Legal ratificó que la causa de la muerte fue el atropello y descartó signos de agresión física distinta al impacto del vehículo, algo que no rebajaba la gravedad del caso, pero sí desmontaba rumores sobre una posible agresión sexual.
El punto de inflexión judicial llegó en octubre de 2024, cuando, tras más de dos años y medio de diligencias, la jueza del Juzgado de Instrucción nº 5 de Valladolid dictó auto de procesamiento e imputó formalmente a Óscar S.M. por la muerte de Esther López, por delitos de asesinato u homicidio y omisión del deber de socorro. Desde entonces, Óscar es el único acusado en la causa. La familia lo llevaba reclamando desde el primer aniversario: “Que digan ya quién mató a nuestra hija”, repetía el padre en los medios.
En octubre de 2025, la Fiscalía de Valladolid presentó por fin su escrito de acusación: pide 18 años de prisión para Óscar por asesinato con alevosía, alegando que atropelló intencionadamente a Esther, le causó lesiones graves y la dejó morir por falta de asistencia, con hipotermia y tóxicos como factores agravantes. También reclama 100.000 euros para cada progenitor y 80.000 para la hermana en concepto de indemnización. Las acusaciones particulares, que representan a la familia, van más allá y solicitan penas de 33 y 39 años al considerar concurrencia de varios delitos y un plus de ensañamiento.
A finales de noviembre de 2025, la jueza rechazó de nuevo nuevas pruebas pedidas por la defensa de Óscar —entre ellas, más peritajes alternativos sobre la hipótesis de atropello— al considerar que la causa está “ya completa” y solo queda dar paso al juicio con jurado. La Audiencia solo ha admitido un estudio pericial de un laboratorio privado que cuestiona ciertas conclusiones del informe de la Guardia Civil sobre cómo se produjo el impacto, algo que previsiblemente se debatirá en sala. Mientras tanto, la audiencia preliminar ya tiene fecha: 3 de diciembre, paso previo para señalar el juicio ante un tribunal popular.
Más allá de las peleas técnicas, queda la imagen que no se borra: la de Esther, sola en una vía secundaria, de madrugada y con temperaturas bajo cero, a pocos kilómetros de su casa. Su historia ha sido reconstruida en programas como Equipo de Investigación, que han repasado sus últimas 12 horas, señalando contradicciones en el relato de Óscar (lavados del coche, mentiras sobre recorridos, silencios ante las cámaras) y las dudas de una instrucción que tardó años en llegar al procesamiento.
Hoy, el caso Esther López de la Rosa sigue siendo un caso abierto, a la espera de juicio, pero con algo claro: para sus padres y su hermana nada de lo que pase en un tribunal compensará haber tenido que enterrar a una hija que salió a ver un partido con amigos y apareció semanas después tirada en una cuneta. La pesadilla no está solo en el atropello, ni en la agonía al borde de la carretera; está en los tres años de incertidumbre, en la sensación de un pueblo que se pregunta cómo pudo estar el cuerpo ahí sin que nadie lo viera, y en una familia que se sienta cada día frente a un calendario bloqueado en enero de 2022, esperando, al menos, una verdad judicial que ponga nombre y pena a la noche en la que Traspinedo perdió para siempre la sonrisa de Esther.
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