La desaparición de María Teresa Fernández: la noche de feria en Motril que se tragó a una chica de 18 años



La tarde del 18 de agosto del año 2000, Motril estaba en plena feria, con luces, música y un concierto de Café Quijano preparado para esa noche. En casa de los Fernández Martín, la rutina era sencilla: Antonio, el padre, se ofreció a acercar en coche a su hija María Teresa Fernández, de 18 años, hasta el centro de la ciudad. La dejó en la Avenida de Andalucía, cerca de una parada de autobús desde la que debía moverse unos metros para encontrarse con su novio y unos amigos y, desde allí, ir todos juntos al recinto ferial, a unos dos kilómetros. Esa avenida, en pleno corazón de Motril, fue el último lugar en el que alguien la vio con certeza. 

A las 21:53 de aquella noche, el novio de María Teresa recibió un mensaje de texto: ella le avisaba de que se iba a retrasar un poco, pero que iba en camino y que la esperara. Era un SMS cotidiano, de esos que se olvidan a los cinco minutos… salvo que en este caso fue la última señal de vida.  En los días siguientes, esa frase –“puede que tarde, pero voy, espérame”– se convertiría en una especie de eco insoportable para sus padres, que todavía hoy no saben si su hija llegó a subirse al autobús, si alguien la interceptó en la acera o si la subieron a un coche cuando la noche y la feria lo disfrazaban todo de normalidad. 

El plan de María Teresa para aquella noche no tenía nada de especial: ver a su novio, juntarse con amigos, disfrutar del concierto y del ambiente de feria. Tenía 18 años, había terminado sus estudios de FP Administrativo, trabajaba en verano y ayudaba en casa. Su familia y quienes la conocían siempre han repetido que no había nada en su vida que apuntara a una fuga voluntaria: ni conflictos graves, ni planes secretos, ni dinero ahorrado para desaparecer.  Lo único extraordinario de esa noche fue lo que vino después: María Teresa no llegó a la cita, no se presentó en el concierto, no durmió en casa… y a partir de ese punto el tiempo se partió en dos para los Fernández.


En las primeras 48 horas, la familia empezó a notar que algo iba muy mal, mientras el caso se movía aún en esa zona gris de “seguro que aparece”. Cuando finalmente se activó la maquinaria oficial, los investigadores confirmaron lo que los padres ya sabían: nadie en la parada recordaba haberla visto subir a un autobús, ningún conductor declaró haberla tenido a bordo y ninguna de las decenas de personas que esa noche abarrotaban la Avenida de Andalucía aportó una pista firme.  Motril estaba llena de gente y, sin embargo, era como si la ciudad entera hubiera mirado hacia otro lado justo cuando la joven desaparecía.

Ante la falta de respuestas, Antonio y Teresa, los padres, se convirtieron en su propio equipo de búsqueda. Pusieron carteles con su foto por toda España, contactaron con pescadores y camioneros para que llevaran la imagen de su hija pegada en barcos y camiones, organizaron manifestaciones mensuales para que el caso no cayera en el olvido y ofrecieron recompensas para quien aportara cualquier pista.  Durante años, la Costa Tropical se llenó de octavillas con el rostro de una chica morena, sonrisa tímida y mirada directa, mientras en casa se aprendían de memoria los teléfonos de comisarías, juzgados y periodistas. Cada llamada desconocida podía ser la noticia que esperaban… o la enésima falsa alarma.

Pero la investigación judicial empezó a enfriarse mucho antes que el dolor de la familia. En febrero de 2003, el Juzgado de Instrucción nº 5 de Motril acordó el archivo provisional del caso por falta de pistas fiables sobre su paradero, aunque oficialmente se mantuviera la idea de que la policía seguiría indagando.  Un año más tarde, en 2004, el mismo juzgado volvió a decretar el sobreseimiento, esta vez tras restar credibilidad a una nueva línea explosiva: las palabras de un británico que empezaba a ser tristemente conocido en la crónica negra española, Tony Alexander King. 


King, condenado después por los asesinatos de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, había enviado una carta a su exmujer en la que mencionaba a “la chica de Motril”. Fue citado a declarar como testigo en 2004 y ante el juez afirmó que “intuía” que su amigo Robert Graham había matado a María Teresa, y que sabía que “disfrutaba haciendo daño”.  Aquella declaración, que encajaba demasiado bien con la imagen del “monstruo británico”, abrió una línea de investigación hacia Graham, cuyo último destino conocido era Egipto, pero nunca se logró obtener pruebas sólidas ni una confesión. Con el tiempo, el juzgado dio por agotada esa vía y el caso regresó a la nada procesal. 

Lejos de resignarse, la familia siguió tocando puertas. En 2008 pidieron que se tomara declaración formal a Robert Graham; en 2015 exigieron un careo entre King y Graham, convencidos de que uno de los dos —o ambos— sabían más de lo que habían contado.  En marzo de 2025, casi 25 años después de la desaparición, volvieron a insistir: registraron ante la Policía una nueva solicitud de careo entre los dos británicos, pero, una vez más, la diligencia no llegó a celebrarse. El procedimiento sigue archivado provisionalmente, a la espera de esa “nueva pista o nuevo dato” que podría reanimarlo. 

Mientras las carpetas dormían en los juzgados, Motril se empeñó en que el nombre de María Teresa no se perdiera en la estadística. En marzo de 2022 se inauguró un monolito en su recuerdo junto a la Fuente de la Esperanza, en el Parque de los Pueblos de América, muy cerca del lugar donde se la vio por última vez.  Desde entonces, ese rincón se ha convertido en altar laico: flores, lazos, mensajes escritos a mano y, cada 18 de agosto, un silencio denso cuando la familia y los vecinos se reúnen para demostrar que, aunque el expediente esté frío, la memoria no lo está.


En 2024, al cumplirse 24 años, sus padres lanzaron un llamamiento desesperado: habilitaron un correo electrónico anónimo para cualquier persona que tuviera información, por pequeña que pareciera, y pidieron al Ministerio del Interior que el Equipo de Personas Desaparecidas revisara de nuevo el caso con ojos actuales.  Un año después, en agosto de 2025, Motril volvió a llenarse de globos blancos en un homenaje en el que participaron más de un centenar de personas, la alcaldesa, el periodista Paco Lobatón y representantes de la fundación QSDglobal, recordando que la lucha de la familia es ya la de toda una ciudad. 

Los padres de María Teresa no han querido nunca dar por buena la declaración judicial de fallecimiento que se empezó a tramitar en 2015. Para ellos, mientras no haya cuerpo ni explicación, su hija está en un limbo insoportable: ni viva ni muerta, simplemente desaparecida.  En entrevistas recientes insisten en la misma idea: “estamos cansados de no tener noticias, pero seguimos con esperanza e ilusión de que algún día se sepa la verdad”. Cada aniversario es un recordatorio doble: del tiempo que ha pasado y de lo poco que ha avanzado la investigación realmente. 

A día de hoy, la desaparición de María Teresa Fernández en Motril sigue siendo un misterio absoluto. Las hipótesis van desde un secuestro y homicidio —quizá relacionado con depredadores sexuales como Tony King y su entorno— hasta la intervención de alguien del propio entorno de la joven, pasando por la posibilidad de que fuera víctima de trata y sacada de la zona en un coche en plena noche de feria. Ninguna teoría ha podido demostrarse, ninguna ha sido descartada al cien por cien. Lo único firme son los hechos: una joven de 18 años se baja de un coche en una avenida céntrica, envía un mensaje a su novio y desaparece sin dejar un rastro sólido en un lugar abarrotado de gente. 


En agosto de 2025, cuando se cumplieron 25 años sin María Teresa, los medios recordaron que hoy tendría 43 años y que su caso sigue oficialmente sin resolver, archivado pero no cerrado, esperando esa pieza mínima que puede llegar en forma de llamada anónima, recuerdo tardío o documento olvidado.  Su hermana Mercedes lo resumía así en un acto reciente: “alguien tuvo que ver algo”. Es esa frase, lanzada al aire (“alguien tuvo que ver algo”), la que mantiene encendida la llama: en una noche de feria, con autobuses, coches, bares y conciertos, es difícil creer que una chica pueda desaparecer sin que nadie haya visto nada… salvo que ese alguien, por miedo o por vergüenza, lleve 25 años callando. 

El caso de la desaparición de María Teresa Fernández en Motril no es solo una historia antigua de verano; es un espejo incómodo sobre cómo un expediente puede dormirse en un juzgado mientras una familia envejece esperando respuestas. Es también un aviso sobre la importancia de las primeras horas, de proteger escenas, de cruzar datos internacionalmente, de no despreciar cartas, rumores o nombres que se repiten. Y, sobre todo, es la historia de unos padres que se niegan a sustituir la palabra “desaparecida” por “fallecida” sin haber visto nunca el cuerpo de su hija ni haber escuchado, al menos una vez, la verdad completa de lo que pasó aquella noche de agosto del año 2000. Mientras eso no ocurra, cada 18 de agosto, en el Parque de los Pueblos de América, Motril seguirá repitiendo la misma pregunta: ¿dónde está María Teresa?

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