La mañana del 2 de febrero de 2012, en el barrio de Ayora, Valencia, Andrés Mora Toledo cerró la puerta de casa como quien sale un rato y vuelve en un rato. Tenía 20 años, llevaba solo la ropa puesta y su DNI; nada de mochila, nada de maletas, ni llaves ni dinero. Desde ese paseo que parecía rutinario, nadie de su familia ha vuelto a verlo. Trece años después, su nombre sigue apareciendo en las listas de desaparecidos de España, en velas encendidas cada febrero y en campañas que repiten la misma frase: “Trece años sin rastro de Andrés Mora Toledo”.
Antes de convertirse en un expediente abierto, Andrés era “el chico normal” de la familia: estudiaba Ingeniería Informática en la Universitat Politècnica de València, era noble, muy casero y de los que llamaban para avisar si iban a llegar tarde. Su madre, Amalia, lo describe como un joven estudioso, familiar, que incluso pedía perdón cuando sabía que iba a retrasarse unos minutos. Nada en su infancia ni en su adolescencia hacía pensar en una huida planeada ni en una vida doble; su mundo era la facultad, los videojuegos, las charlas en casa y los planes de futuro que se comparten en la mesa del comedor.
Sin embargo, en los meses previos a la desaparición algo empezó a cambiar. Andrés entró en contacto con un grupo de personas de ideas naturistas y “alternativas” que despertaron en él mucha curiosidad. Se hizo vegetariano, empezó a hacer vida con amistades nuevas y, poco a poco, fue alejándose del círculo de siempre. Dejó la carrera de informática “sin motivo aparente” y comenzó a hablar de otra forma de entender la vida, más ligada a la naturaleza y a modos de vida comunitarios. Para la familia, que lo conocía como un chico tranquilo y estructurado, aquellos cambios fueron tan rápidos como inquietantes.
A finales de enero de 2012 dio un paso más: se independizó de golpe. Se fue a vivir a un piso compartido con unos amigos a apenas 500 metros de la casa familiar, en el mismo barrio, algo que sorprendió a todos por lo cercano que siempre había sido al hogar. No había conflictos graves en casa, no hubo una gran discusión que explicara esa decisión; simplemente habló de probar a vivir por su cuenta, y en cuestión de días hizo las cajas y se marchó. La distancia física era mínima, pero la distancia emocional empezaba a parecer otra cosa.
El 2 de febrero de 2012 es el día en que la historia se rompe. Según han contado sus padres y recoge la ficha de RTVE y varias campañas, Andrés salió de casa “con lo puesto, sin más ropa, sin dinero, sin llaves, solamente con el DNI”. En algún momento de la mañana, Amalia intentó llamarle por teléfono. No contestó. Pensando que quizá estaría en el nuevo piso, se puso en contacto con uno de los compañeros con los que Andrés había empezado a vivir… y la respuesta fue como un golpe: allí tampoco sabían nada de él; no estaba en la vivienda, nadie lo había visto regresar.
Desde ese instante, la calma se transformó en alarma. La familia recorrió el barrio, llamó a amigos, revisó hospitales, comisarías, cualquier lugar donde pudiera haber dejado rastro. No había señales de pelea ni notas de despedida, ni movimientos bancarios que apuntaran a una fuga. Solo un teléfono que dejó de responder y la certeza de que Andrés se había esfumado en un trayecto mínimo entre dos casas que prácticamente compartían acera. Dos días después, sin noticias, denunciaron oficialmente su desaparición.
Mientras las primeras diligencias confirmaban que no había uso de tarjetas ni actividad en su cuenta, en casa empezaba a tomar forma una hipótesis dolorosa: ¿y si aquel grupo de ideas naturistas no era solo un grupo de amigos alternativos, sino la puerta de entrada a un movimiento de corte sectario? En entrevistas y escritos posteriores, la familia ha hablado de la posibilidad de una “manipulación mental” que habría empujado al joven a cortar con su vida anterior. No hay una organización concreta señalada en el sumario, pero sí un patrón: cambios drásticos de hábitos, abandono de estudios, ruptura súbita con la familia y un discurso nuevo que no terminaba de sonar como Andrés.
Un año después, una chispa pareció iluminar el caso: una supuesta pista situaba a un chico parecido a Andrés en Canarias, viviendo en un entorno alternativo. El programa “Desaparecidos”, de TVE y Paco Lobatón, se desplazó incluso a La Palma siguiendo ese rastro. La Guardia Civil canaria y la Policía Nacional hicieron comprobaciones sobre el terreno, hablaron con comunidades, revisaron nombres y fotografías. La familia se permitió, por un momento, imaginar el reencuentro. Pero la ilusión se deshizo rápido: la persona localizada no era Andrés, y aquella hebra, que parecía tan firme, se convirtió en otra pista muerta.
A falta de resultados policiales, la batalla se trasladó también al espacio público. En 2016, Amalia contó el caso en profundidad en el programa de radio “Elena en el País de los Horrores”, donde ya apuntó a la posible captación por un grupo cerrado como explicación a los cambios de su hijo. En 2018, el programa “Desaparecidos” de RTVE volvió a poner su rostro en la televisión nacional, recordando que se había ido sin dinero, sin llaves, solo con su DNI. Asociaciones como QSDglobal y SOSDesaparecidos han difundido repetidamente su ficha: chico alto, complexión delgada, cabello oscuro, ojos pardos, 20 años en el momento de desaparecer.
En la plataforma Osoigo, la familia lanzó una pregunta directa al Senado español: “¿Pondréis todos los medios necesarios hasta encontrar a mi hijo Andrés?”. Allí, Amalia resumía en pocas líneas todo lo que había pasado: que su hijo desapareció sin dejar rastro, que tenía 20 años, que había cambiado drásticamente de vida tras conocer a un grupo de ideas naturistas y que la principal hipótesis familiar es que pudiera haber acabado viviendo en alguna granja o comunidad dispersa por la geografía española. Pedía algo muy concreto: que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se adentraran en esos entornos, hicieran censos, pusieran nombre y apellido a quienes viven en el margen para, quizá, encontrar a Andrés entre ellos.
Mientras tanto, los años han seguido pasando. En 2022 y 2023, QSDglobal y otras organizaciones han recordado “diez, doce, trece años sin rastro” de Andrés Mora Toledo en sus redes, manteniendo vivo su nombre cada 2 de febrero. En 2024, el podcast “Los mundos de Ichi” dedicó un episodio entero a su desaparición, entrevistando a Amalia y recordando que, si alguien tiene una pista, puede escribir al correo pistasandresmora@gmail.com. Incluso un podcast finlandés de true crime, “Palmujen Varjoissa”, ha contado su historia, prueba de que el eco del caso ha traspasado fronteras aunque él siga sin aparecer.
Detrás de cada nuevo reportaje hay una casa en Valencia que nunca se terminó de recoger. La familia de Andrés vive en una especie de pausa permanente: demasiadas señales como para creer en una marcha alegre y voluntaria, demasiados huecos como para afirmar que le pasó algo terrible. En su mensaje en Osoigo, Amalia le habla directamente a su hijo: “Andrés, te queremos muchísimo. Te esperamos siempre y deseamos abrazarte pronto”. Cada vez que presta su voz en actos del Día de las Personas Desaparecidas, repite una idea que se ha convertido en su mantra: que el amor de una madre trasciende el tiempo, los kilómetros y el silencio.
El caso de la desaparición de Andrés Mora Toledo se ha convertido en uno de los ejemplos más citados cuando se habla de jóvenes que, en un momento de búsqueda personal, se acercan a grupos cerrados que prometen una vida “más pura” o “más libre”. No hay pruebas concluyentes de que una secta esté detrás de lo ocurrido, pero sí suficientes elementos para que los expertos en movimientos de captación adviertan del riesgo: cambios bruscos de personalidad, ruptura rápida con el entorno, abandono de estudios y trabajo, discursos de blanco o negro sobre el mundo.
Hoy, a finales de 2025, el expediente policial de Andrés sigue abierto, sin cuerpo, sin escena y sin una última localización fiable. Las únicas certezas son las de la primera ficha: salió de casa en Valencia el 2 de febrero de 2012, con 20 años, sin dinero, sin llaves, solo con su DNI; mide alrededor de 1,80, tiene ojos pardos, pelo oscuro y complexión delgada. En la mente de su familia, la esperanza toma la forma de una posibilidad: que esté vivo en algún lugar, quizá en una comunidad aislada, quizá sin documentos, sin saber cómo volver… o convencido de que no debe hacerlo.
Porque el caso de Andrés no es solo el expediente frío de un estudiante de informática desaparecido en Valencia; es la pesadilla cotidiana de una familia que lleva trece años mirando cada rostro parecido en aeropuertos, mercados y manifestaciones, por si acaso. Es también un aviso sobre lo vulnerables que podemos ser cuando buscamos respuestas rápidas a preguntas profundas: pertenencia, sentido, futuro. ¿Dónde está Andrés Mora Toledo? ¿Está leyendo, en algún punto de España o del mundo, los mensajes que su madre le dedica en voz alta? Si alguna vez crees verlo, si conoces a alguien que encaje con su historia, la recomendación es clara: habla, contacta con la policía o con asociaciones como QSDglobal y SOSDesaparecidos. Porque mientras no haya una respuesta, la familia de Andrés seguirá repitiendo la misma promesa: “No vamos a dejar de buscarte”.
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