Del match a la fosa: el caso de José Antonio Delgado Fresnedo, la víctima del “crimen de Badoo”



José Antonio Delgado Fresnedo salió de casa a principios de septiembre de 2019 con un plan que su familia conocía bien: un fin de semana en Zaragoza, una cita que le hacía ilusión y un viaje corto antes de volver a su rutina en Getxo. Nunca imaginó que aquel encuentro concertado a través de la app Badoo acabaría convirtiéndose en uno de los casos más escalofriantes de la crónica negra reciente: el llamado crimen de Badoo, en el que un empresario vasco terminó oculto bajo dos metros de tierra en un campo de la Ribera Alta del Ebro.

Antes de ser víctima, José Antonio —“Josetxu” para los suyos— era un vecino más de Getxo: 54 años, informático e ingeniero, vinculado al mundo empresarial y con una vida relativamente tranquila entre el trabajo, la familia y sus aficiones. Había estudiado en la UPV, trabajaba para una compañía tecnológica y, tras una separación, se movía en el terreno de las citas online como tantos otros hombres de su generación. Badoo era, para él, una ventana a conocer a alguien nuevo, no la puerta a una emboscada.

En esa plataforma conoció a “Candy”, una mujer venezolana que se presentaba como Hedangeline Candy Arrieta. Los mensajes empezaron siendo ligeros, coqueteos de pantalla, hasta que llegó la propuesta: verse en Zaragoza el primer fin de semana de septiembre para compartir dos días juntos. José Antonio avisó a la familia de que estaría fuera, cogió su Mercedes, tarjetas, algo de efectivo y cruzó la A-68 rumbo a una ciudad que conocía de otros viajes. No era su primera cita, ni parecía haber nada que temer: quedas, charlas, vuelves a casa. Esa era la idea.


Según reconstruyeron luego Guardia Civil y Ertzaintza, la cita se desarrolló al principio como cualquier encuentro: hotel, salidas, mensajes a amigos diciendo que todo iba bien. En algún momento de esos días, José Antonio subió al coche con Candy y un hombre al que ella le presentó como conocido, Mohamed Achraf. A partir de ahí, el relato se oscurece: lo llevaron hacia Pedrola, una zona de polígonos industriales a unos 35 kilómetros de Zaragoza, y lo introdujeron en una nave que se convertiría en escenario de horas de miedo y violencia.

La familia empezó a preocuparse enseguida. El lunes no se presentó en el trabajo, algo totalmente fuera de lo normal. El teléfono dejó de sonar, el Mercedes no apareció en los lugares habituales y el rastro digital se cortó en la provincia de Zaragoza. El 9 de septiembre se formalizó la denuncia por desaparición y, a partir de ahí, la investigación pasó a manos de la Policía Judicial de la Guardia Civil de Zaragoza, con apoyo de la UCO y la colaboración estrecha de la Ertzaintza.

Mientras su entorno pegaba carteles en Getxo y difundía su foto en redes, en la ribera del Ebro se seguía escribiendo la parte más oscura de su historia. Las pesquisas posteriores demostraron que, en la nave de Pedrola, José Antonio fue retenido contra su voluntad, golpeado y sometido a una violencia extrema mientras sus captores trataban de vaciar sus cuentas: le quitaron tarjetas, le exigieron claves y, con ellas, hicieron retiradas de efectivo y pagos en distintos cajeros y comercios de la zona. La “cita” se había transformado en un secuestro con un objetivo muy concreto: sacarle todo el dinero posible.


El final llegó en un descampado entre Luceni y Boquiñeni, en la Ribera Alta del Ebro. Allí, en un campo de cultivo, abrieron una fosa de unos dos metros de profundidad. Según la sentencia, llevaron a José Antonio hasta ese agujero cuando todavía presentaba signos de vida, muy debilitado por los golpes, y lo cubrieron de tierra hasta dejarlo completamente oculto. Los forenses concluyeron que murió por una combinación de lesiones y falta de oxígeno bajo la tierra: no solo le arrebataron la vida, sino que lo hicieron de una forma que los tribunales calificaron de especialmente cruel.

El 29 de septiembre de 2019, un agricultor que trabajaba su parcela percibió algo extraño en la tierra removida y avisó. Bajo ese suelo reciente, la Guardia Civil halló el cuerpo de José Antonio Delgado Fresnedo, oculto junto a restos de cal y plásticos. A partir de ahí, el puzle empezó a encajar deprisa: el rastro del Mercedes, los movimientos de las tarjetas bancarias, las cámaras de seguridad en gasolineras y cajeros, la actividad del perfil de Badoo de Candy y las pruebas biológicas encontradas en la nave de Pedrola apuntaban siempre en la misma dirección.

En cuestión de horas, la Guardia Civil detuvo a Hedangeline Candy Arrieta y a su exnovio, Mohamed Achraf, en Pedrola. La prensa los bautizó como “la pareja de Badoo” o “banda de Badoo”: no era la primera vez que, según las investigaciones, usaban el mismo sistema para atraer a hombres hasta esa nave y agredirlos para robarles. Al menos otros dos varones, uno de Tudela y otro de la zona, habían sufrido golpes, amenazas y extorsiones en el verano de 2019, aunque sobrevivieron para contarlo.


El juicio por el caso José Antonio Delgado Fresnedo se celebró ante un jurado popular en la Audiencia Provincial de Zaragoza en 2022. La acusación describió un plan muy claro: Candy captaba a las víctimas a través de Badoo, generaba confianza, concertaba la cita en Zaragoza y, desde allí, junto a Achraf, las llevaba a la nave de Pedrola, donde las retenían, golpeaban y les obligaban a entregar dinero y pertenencias. En el caso de José Antonio, además, no solo le robaron: terminaron quitándole la vida y ocultando su cuerpo en una fosa.

El veredicto fue contundente: culpables de asesinato, detención ilegal, robo con violencia y estafa por haber vendido el Mercedes de la víctima. La Audiencia impuso a cada uno 34 años de prisión: 25 años por el asesinato, 6 por el secuestro y el robo violento, y 3 más por la estafa del vehículo. Además, se les condenó a indemnizar a la familia de José Antonio con 265.000 euros por los daños morales y materiales causados.

La defensa recurrió primero ante el Tribunal Superior de Justicia de Aragón y después ante el Tribunal Supremo, intentando rebajar las penas y cuestionando la calificación de los hechos. Ninguno de los dos tribunales les dio la razón. En mayo de 2023, el Supremo confirmó íntegramente la condena de 34 años para cada uno, dando por acreditado que se trató de un plan deliberado para secuestrar, maltratar y dar muerte a un hombre al que habían atraído mediante una red social, con la única motivación de quedarse con su dinero y sus bienes.


Mientras se resolvía el recurso principal, fueron cayendo otras piezas judiciales. La Audiencia de Zaragoza y el Supremo confirmaron también penas de casi 13 años de prisión por otro ataque en Pedrola a un vecino de Tudela, al que la misma pareja llevó a la nave tras una cita, golpeó y extorsionó hasta dejarle secuelas psicológicas profundas. El patrón se repetía: Candy como cebo, citas en Badoo, un recorrido hacia el polígono y un triángulo de violencia, miedo y dinero fácil.

Con los años, el caso de José Antonio Delgado Fresnedo se ha convertido en advertencia recurrente cada vez que se habla de seguridad en apps de citas. Programas como Código 10 y documentales de true crime han reconstruido el denominado “crimen de Badoo” paso a paso, mientras periódicos de todo el país recuerdan de vez en cuando la historia de este informático de Getxo que creyó estar iniciando una aventura romántica y acabó convirtiéndose en símbolo de lo que puede esconderse detrás de un perfil aparentemente seductor.

Porque el caso de José Antonio no va solo de una pareja sin escrúpulos ni de una aplicación de contactos: habla de la vulnerabilidad humana, de cómo el deseo de compañía puede ser utilizado como arma, de hasta qué punto alguien puede planear paso a paso la caída de otro. ¿Cuántas personas están hoy escribiéndose mensajes ilusionados sin imaginar que, al otro lado de la pantalla, quizá no hay una futura pareja, sino alguien que ve en ellas un número de tarjeta, un coche, un saldo? Y, sobre todo, ¿cómo honramos a víctimas como José Antonio, más allá del titular morboso del “crimen de Badoo”, recordando que antes de la fosa, de la nave y de la palabra “caso”, hubo un hombre que solo quería pasar un fin de semana distinto y volver a casa?

Cuando el miedo te roba la voz, esto grita por ti

En situaciones de pánico, la garganta se cierra y pedir ayuda se vuelve imposible. Esta alarma personal está diseñada para romper el silencio ensordecedor de una agresión: un sonido de 140dB y una luz estroboscópica para disuadir y alertar cuando tú no puedes hacerlo.

Ver cómo funciona

Leer más

Publicar un comentario

0 Comentarios