El Crimen de Cortegada: La Cita a Ciegas que Terminó en la Hoguera



Cortegada es un municipio de Ourense donde el tiempo parece transcurrir a otro ritmo, entre el verde intenso de Galicia y la calma de sus aldeas. En la pequeña parroquia de Rabiño, la vida transcurría sin sobresaltos hasta que, en agosto de 2021, los secretos de una casa solitaria rompieron la paz vecinal para siempre. Allí vivía Cristina R.V., una joven de 26 años con un historial de problemas de salud mental, descrita por su entorno como introvertida y solitaria. Nadie sospechaba que su búsqueda de compañía a través de la pantalla de un móvil desencadenaría una de las crónicas más macabras de la historia reciente gallega.

La historia comenzó en el mundo virtual, en una aplicación de citas (Badoo) donde las distancias se acortan y las promesas fluyen con facilidad. Allí, Cristina conoció a José María Roldán, un hombre de 53 años residente en Castelldefels (Barcelona). Él buscaba una relación, un cambio de aires, quizás una nueva oportunidad vital. Tras semanas de conversaciones y videollamadas que generaron una falsa sensación de intimidad, José María decidió cruzar la península para conocerla en persona. No sabía que ese viaje hacia el noroeste sería un trayecto sin retorno.

El 20 de agosto de 2021, José María llegó a Cortegada. Los primeros días de convivencia parecieron normales, o al menos eso creía él. Sin embargo, en la mente de Cristina, la realidad se distorsionaba. Lo que para él era el inicio de un romance, para ella se convirtió rápidamente en una situación agobiante que decidió resolver de la forma más drástica y definitiva posible. No hubo una ruptura hablada ni una despedida en la estación; hubo una planificación fría ejecutada bajo el techo que compartían.


Entre el 23 y el 24 de agosto, la dinámica de la casa cambió fatalmente. Cristina, aprovechando la confianza que José María había depositado en ella, comenzó a suministrarle una mezcla de fármacos hipnóticos y antidepresivos. No buscaba curarlo de nada, sino anular su voluntad, sumirlo en un sueño profundo del que no pudiera defenderse. Cuando los medicamentos hicieron efecto y el hombre quedó inconsciente en la cama, la joven ejecutó el paso final: lo asfixió con una almohada, observando cómo la vida se apagaba sin que él pudiera ofrecer resistencia alguna.


Con el cuerpo sin vida de José María en la habitación, el horror no hizo más que empezar. Lejos de entregarse o huir, Cristina convivió con el cadáver, decidiendo que la mejor forma de borrar su crimen era hacer desaparecer a la víctima físicamente. En la finca trasera de la vivienda, encendió una hoguera. Durante horas, alimentó el fuego con los restos del hombre que había viajado mil kilómetros para verla, intentando reducirlo a cenizas para que nadie pudiera encontrarlo jamás. Lo que el fuego no consumió, lo enterró en la tierra húmeda del jardín, sembrando su propio patio de muerte.

El silencio de José María alertó a su familia en Cataluña. Las llamadas sin respuesta y la desconexión total no eran propias de él. Su hija y su madre denunciaron la desaparición, y la pista digital llevó a la Guardia Civil directamente hasta la aldea de Rabiño. Cuando los agentes llamaron a la puerta de Cristina, ella mantuvo la compostura inicialmente, negando saber dónde estaba su invitado. Pero la mentira tiene las patas cortas cuando hay un cuerpo enterrado a pocos metros.

La presión de la investigación y las contradicciones en su relato terminaron por derrumbarla. En diciembre de 2021, meses después del crimen, Cristina confesó. Llevó a los investigadores a la finca y señaló el lugar donde yacían los restos de José María. El hallazgo de un pie y otros fragmentos óseos confirmó la atrocidad y cerró la esperanza de la familia Roldán de encontrarlo con vida. La "viuda negra" de Cortegada, como algunos la apodaron, fue detenida e ingresada en prisión provisional.


El proceso judicial destapó la compleja psique de la autora. Los peritos forenses diagnosticaron a Cristina con un trastorno de ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo y rasgos esquizotípicos, concluyendo que su capacidad volitiva estaba mermada, aunque no anulada, en el momento de los hechos. Ella misma relató al tribunal que se sentía "como el Joker", incomprendida y marginada, y que mató a José María porque "se sentía agobiada" por su presencia.


En octubre de 2024, la Audiencia Provincial de Ourense dictó sentencia tras un acuerdo de conformidad. Cristina R.V. reconoció los hechos: "Le di pastillas y lo asfixié". Fue condenada a 8 años de prisión por asesinato con alevosía, pero debido a su estado mental, se determinó que cumpliría la pena en un centro psiquiátrico penitenciario adecuado para su tratamiento. La justicia aplicó la eximente incompleta de anomalía psíquica, además de las atenuantes de confesión y reparación del daño.

Para la familia de José María, la sentencia trajo un cierre legal pero no emocional. Saber que su padre e hijo murió a manos de quien decía quererlo, drogado y asfixiado en una tierra extraña, es un dolor que ninguna condena puede mitigar. La indemnización fijada (70.000 euros para la hija y 65.000 para la madre) es solo un número frente al vacío de su ausencia.

El Crimen de Cortegada queda como una advertencia sombría sobre los peligros de la soledad y las relaciones nacidas en la virtualidad sin filtros. Nos recuerda que detrás de un perfil en una red social puede esconderse alguien que libra batallas invisibles contra sus propios demonios, y que a veces, esos demonios ganan, llevándose por delante a inocentes que solo buscaban compañía.


Hoy, la casa de Rabiño permanece marcada por el estigma. Los vecinos intentan olvidar el humo que salía de aquella finca en agosto, pero la historia de José María Roldán y su viaje final a Galicia ya forma parte de la memoria negra de la región. Un recordatorio de que el peligro no siempre tiene cara de monstruo, a veces tiene el rostro de una joven solitaria esperando en la puerta.

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