El Naufragio del KM Putri Sakinah: Un Paraíso convertido en Tumba



Para Fernando Martín, el viaje a Indonesia no era una simple escapada vacacional, sino la culminación de un sueño familiar largamente postergado. A sus 44 años, este exfutbolista y entrenador del Valencia CF Femenino B había encontrado un equilibrio vital entre su pasión por el deporte y su vida personal junto a Andrea Ortuño. Las navidades de 2025 se presentaban como la oportunidad perfecta para unir a su familia ensamblada en un escenario idílico: el Parque Nacional de Komodo, un archipiélago de dragones y aguas turquesas que prometía ser el telón de fondo de recuerdos imborrables para sus hijos.

El grupo estaba formado por Fernando, su pareja Andrea, y cuatro menores que representaban el nexo de sus vidas pasadas y presentes. Entre ellos estaba Mateo, el hijo que Fernando había tenido con una pareja anterior, y a quien quería mostrarle las maravillas del mundo asiático. La alegría del viaje se palpaba en cada foto, en la ilusión de los niños por navegar y descubrir una naturaleza salvaje que, desgraciadamente, esconde una fuerza indomable capaz de cambiar el destino en cuestión de segundos.

El viernes 26 de diciembre, la familia embarcó en el KM Putri Sakinah, una embarcación de recreo típica de la zona, diseñada para surcar las aguas entre las islas de Labuan Bajo y Padar. La travesía comenzó con la calma propia de los trópicos, pero al caer la noche, el mar de Flores, conocido por sus corrientes traicioneras, comenzó a mostrar su rostro más hostil. Lo que debía ser una navegación tranquila bajo las estrellas se transformó en una lucha desigual contra los elementos.


Alrededor de las 20:30 horas, la oscuridad se cerró sobre el barco. Según los informes preliminares, una avería en el motor dejó a la nave a merced de un oleaje que creció repentinamente, alimentado por una anomalía meteorológica impredecible. Las olas, muros de agua de más de dos metros, golpearon la estructura de madera del Putri Sakinah con una violencia que superó su capacidad de resistencia, provocando que la embarcación no solo volcara, sino que se partiera, condenando a quienes se encontraban en su interior.

El caos se desató en un instante. Andrea y una de sus hijas, que se encontraban en la cubierta superior o en una zona más expuesta, fueron despedidas por la fuerza del impacto hacia el mar abierto. Esa caída, que en otro contexto habría sido mortal, se convirtió paradójicamente en su salvación. Flotando en la negrura, aferradas a la vida y rodeadas por el rugido del océano, madre e hija lograron mantenerse a flote hasta ser rescatadas por pescadores locales y tripulantes de otras embarcaciones cercanas.

Sin embargo, la suerte fue distinta para el resto de la familia. Fernando y tres de los niños, incluido Mateo, quedaron atrapados en la parte inferior del barco o en los camarotes cuando la estructura colapsó. El hundimiento fue rápido, brutal y silencioso. En cuestión de minutos, el Putri Sakinah desapareció bajo la superficie, llevándose consigo a un padre y a tres menores que no tuvieron tiempo de reaccionar ante la trampa mortal en la que se había convertido su refugio flotante.


La noticia del naufragio llegó a España como un mazazo en plena celebración navideña. En Valencia, la consternación se apoderó del entorno del club y de la familia Ortuño, propietaria de un conocido restaurante en la playa de la Malvarrosa. Enrique, padre de Andrea y abuelo de los niños, se convirtió en la voz del dolor, reconociendo ante los medios que las esperanzas de hallarlos con vida eran mínimas, dadas las circunstancias del hundimiento y el tiempo transcurrido.

Las operaciones de búsqueda y rescate (SAR) se activaron con la primera luz del día, desplegando buzos, lanchas y helicópteros en un área de corrientes complejas. La geografía del lugar, llena de arrecifes y profundidades variables, complicó las tareas desde el inicio. Cada hora que pasaba sin noticias confirmaba los peores presagios: el mar no estaba dispuesto a devolver lo que había tomado. Las autoridades indonesias, acostumbradas a este tipo de tragedias, hablaban de "pocas opciones", una frase burocrática que encierra un dolor infinito.

Para Silvia, la madre de Mateo en España, la distancia añadió un componente de tortura psicológica insoportable. Saber que su único hijo estaba desaparecido a miles de kilómetros, en un océano desconocido, sin poder hacer nada más que esperar una llamada, es una pesadilla que ninguna madre debería vivir. La tragedia de Indonesia rompió no una, sino varias familias en Valencia y Alcoy, ciudad natal de Fernando.


El perfil de Fernando Martín, un hombre dedicado al fútbol y a la formación de jóvenes talentos, se llenó de homenajes. Sus compañeros y jugadoras del Valencia Femenino B lo recordaron no solo como un técnico, sino como una persona cercana y vital. La ironía de que alguien que dedicaba su vida a cuidar de un equipo no pudiera salvar a su propio "equipo" familiar en aquel momento crítico, añade una capa de amargura a la pérdida.

El caso del KM Putri Sakinah reabrió el debate sobre la seguridad de las embarcaciones turísticas en el sudeste asiático. A menudo, la belleza de estos destinos oculta la precariedad de los transportes y la falta de protocolos de emergencia rigurosos. Fernando y su familia confiaron en un servicio que, ante la primera adversidad seria, falló estrepitosamente, cobrándose el precio más alto posible.

Los supervivientes, Andrea y su hija, enfrentan ahora el desafío de sobrevivir al trauma. Haber visto cómo el mar se tragaba a sus seres queridos mientras ellas luchaban por no ahogarse dejará cicatrices que no se curan con el rescate físico. El regreso a casa será un viaje de retorno incompleto, marcado por las sillas vacías que dejarán Fernando, Mateo y los otros dos niños.


Mientras los equipos de buceo intentan localizar el casco del barco para recuperar los cuerpos, la comunidad internacional mira hacia Komodo con tristeza. Lo que para unos es un destino de ensueño, para la familia Martín-Ortuño será siempre el lugar donde se detuvo el tiempo. La naturaleza, indiferente al dolor humano, sigue su curso, pero la memoria de esa noche de diciembre permanecerá como una advertencia sobre la fragilidad de nuestra existencia.

El naufragio de Fernando Martín no es solo una crónica de sucesos; es el relato de un amor familiar que buscaba la aventura y encontró la fatalidad. Nos recuerda que, a veces, el paraíso tiene dientes y que la seguridad es una ilusión que damos por sentada hasta que el agua nos llega al cuello.

Hoy, Valencia llora a su entrenador y a tres niños que tenían toda la vida por delante. Sus nombres se suman a la lista de quienes partieron buscando la belleza del mundo y no regresaron. Que su recuerdo sirva para no olvidar que detrás de cada titular de "turistas desaparecidos", hay historias de padres, hijos y sueños rotos que merecen ser contados con respeto y dolor compartido.


La búsqueda continúa, pero en el corazón de quienes los amaban, el naufragio ya ha dejado su sentencia definitiva. El mar de Indonesia guarda ahora el secreto de sus últimos momentos, un silencio azul que envuelve para siempre a Fernando y a los pequeños.

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