Tor es un pueblo que parece colgado del tiempo, una aldea de apenas trece casas de piedra y pizarra incrustada en lo más profundo del Pallars Sobirà, en la frontera indómita entre Cataluña y Andorra. Durante décadas, este rincón del Pirineo fue el escenario de una guerra sorda, un conflicto feudal que se libraba no con espadas, sino con litigios, amenazas y miradas cargadas de odio ancestral. La disputa por la propiedad de la montaña, un terreno inmenso rico en pastos y madera, enfrentaba a dos clanes principales: los Sansa y los Palanca, cuyas diferencias irreconciliables terminarían tiñendo de sangre la nieve y la hierba del valle.
Josep Montané Baró, conocido por todos como "Sansa", era uno de los últimos habitantes fijos de aquel lugar olvidado. Descrito como un hombre peculiar, soñador y obstinado, vivía en la casa solariega de su familia, rodeado de una soledad que intentaba mitigar acogiendo a personajes errantes que llegaban al pueblo. Su vida giraba en torno a la defensa de lo que consideraba suyo por derecho divino y legal: la montaña de Tor, un tesoro natural que ambicionaba convertir en una estación de esquí que traería riqueza y carreteras asfaltadas a un pueblo que se moría de aislamiento.
El conflicto se recrudeció en febrero de 1995, cuando una sentencia judicial pareció dar la razón definitiva a las aspiraciones de Josep. El juez de Tremp lo declaró único dueño de la montaña, argumentando que era el único que cumplía con el requisito centenario de mantener el "fuego encendido" todo el año, es decir, de vivir allí permanentemente. Aquella decisión legal, lejos de traer la paz, firmó su sentencia de muerte, convirtiéndolo en el enemigo público número uno de sus vecinos, especialmente de Jordi Riba, alias "Palanca", su eterno rival.
Cinco meses después de aquella victoria pírrica, el silencio de Tor se hizo más denso que de costumbre. El domingo 30 de julio de 1995, dos jóvenes que merodeaban por la zona encontraron el cuerpo sin vida de Sansa en el interior de su propia casa. No había muerto de frío ni de soledad; había sido brutalmente asesinado. La escena del crimen hablaba de una violencia desmedida, de un odio que iba más allá de la simple eliminación física del adversario.
Josep Montané yacía en el suelo con signos evidentes de tortura. Había sido golpeado con saña y estrangulado con un cable eléctrico o un alambre, un método que requiere fuerza y determinación. Los forenses determinaron que la muerte había ocurrido aproximadamente cinco días antes del hallazgo, lo que significaba que el cadáver había estado pudriéndose en la casa mientras la vida en el valle continuaba con su aparente normalidad.
La Guardia Civil se enfrentó a un rompecabezas humano donde casi todos tenían un motivo para desear la muerte del cacique. Por un lado, estaban los vecinos desheredados, furiosos por la sentencia que les arrebataba la propiedad comunal; por otro, los contrabandistas que usaban la pista forestal para pasar tabaco desde Andorra y a quienes Sansa podía estorbar. Y finalmente, estaba el círculo más íntimo y extraño que rodeaba a la víctima en sus últimos días: un grupo de "hippies" y buscavidas a los que había dado techo.
Las sospechas policiales se centraron inicialmente en una pareja de estos inquilinos: Josep Mont y Marli Pinto. Él, un hombre con antecedentes y fama de conflictivo; ella, una joven brasileña. Ambos convivían con Sansa y, según algunos testimonios, la relación se había deteriorado por cuestiones de dinero y convivencia. Fueron detenidos y acusados formalmente del crimen, pasando una larga temporada en prisión preventiva mientras se instruía el caso.
Sin embargo, el proceso judicial se topó con la falta de pruebas concluyentes. No había huellas dactilares claras en el arma homicida, ni testigos presenciales que pudieran situar a la pareja matando a Sansa sin lugar a dudas. Un testigo clave, Antonio Gil José, otro de los residentes temporales de Tor, ofreció declaraciones contradictorias que terminaron por debilitar la acusación. Finalmente, ante la duda razonable, Josep Mont y Marli Pinto fueron absueltos, dejando el crimen oficialmente sin autor.
La absolución de los únicos acusados dejó una herida abierta en la comarca y alimentó la leyenda negra de la montaña. Si no fueron ellos, ¿quién mató a Sansa? Las miradas volvieron a dirigirse hacia el clan de Palanca, hombres rudos de montaña que conocían cada sendero y que habían amenazado de muerte a la víctima en numerosas ocasiones. Pero el código de silencio de los Pirineos funcionó a la perfección; nadie vio nada, nadie oyó nada.
El caso de Tor trascendió la crónica de sucesos para convertirse en un fenómeno mediático gracias al periodista Carles Porta. Su investigación exhaustiva, plasmada en libros y documentales, sacó a la luz la atmósfera opresiva del pueblo, donde el miedo se masticaba en el aire. Porta describió un microcosmos de pasiones humanas llevadas al límite: codicia, envidia y la lucha primitiva por el territorio.
La muerte de Sansa no fue el primer episodio violento en la historia de Tor. En 1980, dos matones contratados por Palanca ya habían muerto en un tiroteo con la seguridad de un promotor inmobiliario aliado de Sansa. Aquella montaña parecía exigir sacrificios de sangre cada cierto tiempo, como si la tierra misma rechazara ser domesticada o vendida al mejor postor.
Con el paso de los años, los protagonistas de esta tragedia fueron desapareciendo. Jordi Riba, "El Palanca", murió en 2019 llevándose sus secretos a la tumba, manteniendo hasta el final su postura desafiante y su reivindicación sobre la propiedad de los pastos. Josep Mont, el acusado absuelto, también falleció, cerrando así las posibles vías de confesión tardía.
Hoy, la sentencia que daba la propiedad a Sansa es papel mojado, y la montaña ha vuelto a una situación de propiedad comunal incierta o de "sociedad de condueños" obsoleta. El sueño de la estación de esquí se desvaneció, y Tor sigue siendo un lugar de acceso difícil, donde las ruinas de las casas hablan de un pasado que devoró a sus hijos.
El crimen de Josep Montané "Sansa" permanece como uno de los grandes misterios sin resolver de la historia criminal española. No por falta de sospechosos, sino por exceso de ellos y por la incapacidad del sistema judicial para penetrar en la lealtad de clan y el miedo que imperaba en la zona. La justicia humana no pudo escalar hasta los 1.600 metros de altitud de Tor.
Para los visitantes que hoy suben a la montaña, atraídos por la leyenda del "true crime", el paisaje es de una belleza sobrecogedora, pero para los locales, cada piedra recuerda que allí se mató por ambición. La casa de Sansa, ahora vacía y deteriorada, se mantiene como un monumento involuntario a la soledad y al peligro de querer poseer lo que es de todos y de nadie.
Sansa descansa en el cementerio, pero su historia sigue viva, susurrada por el viento que baja de las cumbres. Nos recuerda que, a veces, el infierno no es un lugar de fuego y azufre, sino un pueblo pequeño, aislado por la nieve, donde el vecino de toda la vida puede convertirse en tu verdugo si cruzas la línea invisible de su propiedad.
1 Comentarios
Saludos desde "La Maledicció de la Muntanya de Tor", de momento el único blog dedicado a la historia de este pueblo de 13 casas, y que no solamente a su leyenda negra.
ResponderEliminarMe alegro que se siga escribiendo sobre el asunto, aunque también quisiera aportar algo cuando menos, curioso, del caso: Si nos fijamos, nunca nadie se atrevió a señalar a vecinos y/o família del 'Ros' de Sansa, o quizá les pasó por alto, pero resulta que la versión oficial del crimen de J. Montaner dictada por el 'Patter' de Tor (Porta), es la que prima sin lugar a más objeciones, por lo menos mediáticamente oficiales. Al respecto de esto, en la MMT, nos aventuramos a partir de otras vías de investigación, y seguir hilos que Porta, por lo que sea, no siguió o se guarda inteligentemente para continuar el culebrón empezado por él mismo, hasta la saciedad.
Os invitamos a ampliar la información en blocmmt.cat (Escrito en catalán pero con traductor insertado).
Salud y hasta pronto.