La madrugada del 13 de agosto de 2018, Shanann Watts llegó agotada pero contenta a su casa de Frederick, Colorado. Eran casi las dos de la mañana cuando su amiga la dejó en la puerta después de un viaje de trabajo a Arizona. En las horas siguientes, esa madre de 34 años, embarazada de quince semanas de un niño al que pensaban llamar Nico, y sus dos hijas, Bella (4) y Celeste (3), desaparecerían del mapa. Lo que comenzó como una alerta de “familia desaparecida” se transformó, en cuestión de días, en uno de los casos más escalofriantes de violencia dentro del hogar: el caso Shanann Watts.
Antes de convertirse en titular, Shanann era la chica que llenaba Facebook de vídeos, frases motivadoras y fotos con sus niñas. Nacida en Carolina del Norte, se había casado con Chris Watts en 2012 y juntos se habían mudado a Colorado, donde compraron una casa en un barrio nuevo de Frederick. Él trabajaba en una compañía petrolera; ella vendía suplementos de salud de una empresa multinivel y hacía buena parte de su trabajo desde casa, siempre con Bella y CeCe cerca. En redes, el retrato era luminoso: familia unida, matrimonio cariñoso, un tercer bebé en camino. Detrás de esa imagen, sin embargo, había deudas, una bancarrota previa y un matrimonio que se estaba agrietando.
El verano de 2018 fue el punto de inflexión. Shanann pasó varias semanas en Carolina del Norte con las niñas, visitando a su familia, mientras Chris se quedaba en Colorado. Durante ese tiempo, él inició una relación con una compañera de trabajo, Nichol Kessinger, que luego sería clave para entender el contexto del crimen. Mensajes posteriores mostraron cómo él hablaba de empezar una nueva vida, de sentirse “libre” y de no querer seguir casado; mientras tanto, a ella se le veía en vídeos rogándole que hablara, que le dijera qué estaba pasando. Cuando regresó del viaje familiar y del último evento de trabajo en Arizona, Shanann no sospechaba hasta qué punto su realidad ya había cambiado.
La cadena de alarmas empezó pocas horas después de su regreso. El 13 de agosto, Shanann no respondió a los mensajes de su amiga Nickole ni acudió a una cita con su obstetra. Tampoco contestó la llamada de trabajo ni se presentó a una reunión importante. Preocupada, Nickole fue a la casa, llamó al timbre, miró por las ventanas y, al ver el coche de Shanann en el garaje, decidió avisar a la policía. Cuando los agentes entraron, encontraron su bolso con la documentación, su teléfono escondido en el sofá, su medicación en casa y las sillitas de las niñas aún en el vehículo. No había rastro de la madre ni de las pequeñas. Algo estaba muy mal.
Chris apareció entonces como el marido preocupado. Dijo a la policía y a las cámaras que no sabía dónde podían estar, que había tenido una conversación “emocional” con Shanann esa madrugada, pero que al irse a trabajar a las cinco y pico de la mañana, ella y las niñas seguían en casa. Con gesto compungido, dio entrevistas a cadenas locales pidiendo que regresaran, mientras al fondo se escuchaban perros de búsqueda registrando la vivienda. Para muchos espectadores, la imagen de ese hombre supuestamente desesperado fue, al principio, la de un padre roto. Para otros, algo en su tono y su lenguaje corporal no encajaba. Uno de los vecinos llegó a decírselo directamente a los agentes: “No se comporta como siempre”.
La máscara cayó muy rápido. El 15 de agosto, con el FBI y el CBI (la policía estatal de Colorado) ya involucrados, Chris aceptó someterse a una prueba de polígrafo… y la falló de forma estrepitosa. En la sala de interrogatorios, los agentes le dieron una opción: seguir sosteniendo la mentira o contar por fin la verdad. Él pidió hablar a solas con su padre, y en esa conversación, grabada, reconoció que le había quitado la vida a Shanann, aunque intentó culparla de lo ocurrido con las niñas. Después, con los investigadores presentes, dibujó en una foto aérea de un campo petrolero las zonas donde había ocultado los cuerpos. Esa misma noche fue detenido.
Al día siguiente, los equipos de búsqueda se desplazaron al área de trabajo de Chris, un yacimiento de la compañía Anadarko. Allí, cerca de unos tanques de crudo, encontraron a Shanann y, en estructuras anexas, a las pequeñas. Las autopsias concluyeron que la madre había muerto por estrangulamiento y que las niñas habían sido privadas de oxígeno. Shanann estaba embarazada de quince semanas de un niño sano, legalmente reconocido como la cuarta víctima. El contraste entre la violencia de lo que se le había hecho a esa familia y la aparente frialdad con la que su marido había seguido actuando en los días previos —mandando mensajes cariñosos, planeando vender la casa, escribiendo a su pareja secreta— heló la sangre a todo un país.
El relato más completo de lo que sucedió dentro de la casa salió meses después, en febrero de 2019, cuando investigadores del CBI y del FBI viajaron a la prisión para volver a interrogar a Chris. Entonces, ya condenado, admitió que había atacado a Shanann en el dormitorio tras mantener una discusión en la que ella le dijo que sabía de su infidelidad y que no pensaba renunciar a los niños. Después, reconoció que las niñas seguían con vida cuando las metió en el coche y condujo hasta el campo petrolero, y que fue allí donde terminó con ellas. No dio una explicación clara, se limitó a hablar de una especie de “oscurecimiento” mental, pero los agentes subrayaron lo calculado de sus actos: tiempo para pensar, para conducir, para hacer llamadas y enviar mensajes mientras llevaba a sus hijas hacia su final.
En paralelo a esa confesión tardía, la justicia siguió su curso. El 21 de agosto de 2018, la fiscalía del condado de Weld presentó nueve cargos contra él: cinco por homicidio en primer grado, dos por acabar con la vida de menores bajo su custodia, uno por interrupción ilícita de embarazo y tres por manipulación de restos. El 6 de noviembre, Chris Watts se declaró culpable de todos los cargos como parte de un acuerdo para evitar una posible pena capital, algo que la propia familia de Shanann apoyó: no querían más muertes. El 19 de noviembre de 2018, el juez Marcelo Kopcow lo sentenció a cinco cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional —tres de ellas consecutivas—, más 84 años adicionales por los otros delitos. En sus palabras, era “uno de los crímenes más inhumanos y crueles” que había visto en toda su carrera.
Por motivos de seguridad, Watts fue trasladado poco después a una prisión de máxima seguridad en otro estado. Desde diciembre de 2018 cumple condena en el correccional de Dodge, en Waupun (Wisconsin), donde ha pasado por módulos de protección y ha recibido sanciones disciplinarias. Informes de 2025 señalan que pasa gran parte del tiempo solo, que mantiene correspondencia con varias mujeres que le escriben a la cárcel y que conserva fotos de Shanann y de las niñas en su celda, algo que ha generado indignación pero que las autoridades no han prohibido. Él ha dicho sentirse arrepentido y asegura que desearía haber “tomado otros caminos”, palabras que muchos consideran imposibles de reconciliar con la frialdad con la que actuó.
El caso Shanann Watts no tardó en llegar a la pantalla. En 2019, Oxygen le dedicó un especial; en 2020, Lifetime estrenó una TV movie sobre los hechos; pero el golpe definitivo llegó con el documental de Netflix American Murder: The Family Next Door. Usando solo vídeos caseros, mensajes, cámaras de seguridad y grabaciones policiales, la cinta muestra, sin narrador, cómo se desplomó esa fachada de familia perfecta. Ver a Shanann hablando a la cámara con ilusión, a las niñas jugando en el salón, y luego a Chris fingiendo ante las noticias mientras la policía registra la casa, resulta perturbador porque no deja espacio al “esto es solo una película”: son ellos, de verdad, en tiempo real.
La crueldad del caso no se detuvo con la sentencia. Años después, la familia Rzucek —los padres de Shanann— ha tenido que enfrentarse a otra forma de violencia: la digital. Un youtuber británico, conocido como “Armchair Detective”, dedicó más de 180 vídeos a lanzar teorías conspirativas, insinuar encubrimientos y culpar indirectamente a la propia Shanann y a sus parientes de lo ocurrido, sin pruebas. El acoso se volvió tan intenso que la madre de Shanann llevó el caso a los tribunales del Reino Unido. En 2024, una jueza londinense dio la razón a la familia, calificó de infundadas las acusaciones del creador de contenido y abrió la puerta a compensaciones económicas por daños y acoso. Es una de las primeras veces que los familiares de una víctima de un crimen tan mediático logran frenar legalmente a quien obtiene visitas y dinero alimentando mentiras sobre su duelo.
Hoy, el nombre de Shanann Watts sigue vivo en documentales, podcasts y artículos, pero, sobre todo, en la memoria de quienes vieron ese caso como algo más que un expediente criminal. Es la historia de una mujer que intentaba sostener una familia, de dos niñas que llenaban la casa de dibujos y canciones, y de un niño que nunca llegó a nacer. Es también la historia de cómo el peligro más extremo puede esconderse detrás de una sonrisa en redes sociales, de una fachada de “padre ejemplar” y de un “todo va bien” repetido hasta el último minuto. El caso Shanann Watts nos obliga a mirar de frente la cara más oscura de la violencia en el hogar: la que se gesta despacio, a base de mentiras, de control y de decisiones calculadas, hasta que una mañana cualquiera todo desaparece… y el mundo entero se pregunta cómo nadie vio venir al monstruo que dormía al otro lado de la cama.
0 Comentarios