Era sábado 6 de diciembre de 2025, poco después de las nueve de la mañana, cuando el ruido seco de algo imposible cortó la rutina de la calle Ricardo Ortiz, en el distrito madrileño de Ciudad Lineal. En segundos, los vecinos entendieron que lo que acababan de oír no era un golpe cualquiera: una madre de 48 años y sus dos hijos gemelos de tres años acababan de precipitarse al vacío desde un décimo piso. Ella perdió la vida en el acto; los pequeños, gravemente heridos, fueron trasladados de urgencia a dos hospitales infantiles de la capital.
De la mujer apenas han trascendido datos: 48 años, nacionalidad española, vivía sola con sus hijos en ese edificio desde hacía poco tiempo. Era, cuentan quienes la veían pasar, una vecina reservada, de esas que cruzan el portal con prisas, cargando mochilas diminutas y bolsas de la compra, siempre con los niños cerca, siempre con el gesto algo tenso. No tenía pareja en casa, ni familia cercana visible en la rutina del barrio. Era una más en Madrid, una madre anónima en una ciudad que no deja de correr.
El detalle que ha helado aún más el corazón de los vecinos es otro: según contó un comerciante de la zona, los gemelos habían estado el día anterior en su tienda comprando cosas para celebrar su cumpleaños. Tenían tres años recién cumplidos, esa edad en la que todo se vive a lo grande: las velas, los globos, el pastel. Un día estaban pidiendo chucherías con emoción infantil; al siguiente, su nombre aparecía en los partes de emergencias del Samur como dos menores en estado muy grave, ingresados en el Niño Jesús y en el 12 de Octubre.
Los minutos previos al suceso también se han ido recomponiendo a base de testimonios sueltos. Varias personas relatan que, poco antes de precipitarse, la mujer gritaba desde la vivienda frases que sonaban a despedida y desesperación, anunciando lo que pensaba hacer. Otros vecinos han explicado a las cámaras que desde hacía tiempo la oían hablar de que la “espiaban”, que la “seguían” y que la grababan con cámaras, como si viviera atrapada en una sensación constante de amenaza. Nadie puede saber exactamente qué estaba pasando dentro de su cabeza, pero todos coinciden en algo: llevaba tiempo sufriendo.
Lo que vino después fue un despliegue frenético de sirenas, luces azules y maniobras a contrarreloj. Los primeros equipos de Samur-Protección Civil solo pudieron confirmar el fallecimiento de la madre, mientras atendían a los dos pequeños en el mismo lugar del impacto antes de trasladarlos a los hospitales en estado crítico. En el operativo participaron también Policía Municipal, Bomberos del Ayuntamiento de Madrid y, enseguida, la Policía Nacional, que se hizo cargo de la investigación. La imagen de dos ambulancias infantiles alejándose de la calle, escoltadas por coches patrulla, es de esas que se quedan tatuadas en la memoria de quienes la vieron.
En las primeras horas, la pregunta se repetía: ¿qué ha pasado exactamente? La Policía Nacional ha descartado que se trate de un caso de violencia de género y maneja como principal hipótesis un acto desesperado por parte de la mujer, que arrastró consigo a los niños. No hay constancia de denuncias previas, ni de amenazas externas, ni de una tercera persona en el domicilio. Los investigadores tratan ahora de reconstruir las últimas semanas de su vida: citas médicas, posibles tratamientos, conversaciones con conocidos… cualquier hilo que ayude a entender cómo se llega a una mañana así.
Entre tanto, los vecinos intentan ordenar lo que han visto y oído durante meses. Algunos hablan de “salud mental muy tocada”, otros recuerdan escenas en el portal en las que la mujer parecía nerviosa, vigilante, convencida de que alguien la observaba. Varios han contado ante las cámaras que ella misma aseguraba estar siendo grabada con cámaras ocultas, que comentaba persecuciones imaginadas. No son diagnósticos, son fragmentos de una vida en la que la realidad y el miedo parecían haberse enredado de forma peligrosa, sin que nadie lograra activar a tiempo una red de apoyo eficaz.
Lo más duro de este caso, más allá del propio suceso, es la sensación de soledad extrema que deja tras de sí. Una madre sola con dos niños pequeños, una mudanza reciente, una percepción constante de amenaza que los demás veían desde fuera como rareza, exageración o “cosas suyas”. No había un agresor en la sombra, ni un enemigo externo: la tormenta parecía estar dentro, en forma de angustia sostenida, de pensamientos que se volvían cada vez más oscuros. Ahí es donde este caso se convierte en pesadilla: cuando entendemos que el peligro puede ser un dolor silencioso que nadie terminó de entender ni de atender.
En la crónica negra solemos buscar monstruos claros, culpables con rostro nítido. Aquí no los hay en el sentido habitual. Lo que hay es una historia de sufrimiento psicológico que, según todos los indicios, se fue agravando hasta romper los límites de lo soportable. Eso no convierte a nadie en villano de película; sí nos obliga a mirar de frente una realidad incómoda: en 2025, en una capital europea, una mujer puede vivir convencida de que la persiguen, gritarlo a pleno pulmón… y aun así caer al vacío con sus hijos al día siguiente sin que el sistema haya conseguido detener esa caída a tiempo.
La investigación seguirá adelante durante semanas: informes forenses, análisis de dispositivos electrónicos, entrevistas a familiares y amigos, revisión de historiales médicos. Pero, incluso cuando se cierre el atestado, quedará una parte del relato que nunca podremos completar: qué sintió ella en esos minutos finales, qué pensó cuando abrazó a sus hijos, qué hilo exacto se rompió en su cabeza para que la idea de protegerlos y la de llevárselos con ella se mezclaran en un mismo gesto. Hay preguntas que ningún sumario puede contestar.
Mientras tanto, el barrio de Ciudad Lineal intenta volver a su rutina, aunque ya nada sea exactamente igual. Los comerciantes hablan bajito del tema, los vecinos miran hacia arriba cuando pasan por delante del edificio, las familias aprietan un poco más fuerte la mano de sus hijos al cruzar la calle. La calle Ricardo Ortiz se ha convertido en un recordatorio silencioso de lo frágil que puede ser la línea entre un sábado cualquiera y un día que lo cambia todo. No hace falta recrearse en detalles: basta saber que tres vidas quedaron suspendidas en el aire en cuestión de segundos.
Este caso ha reabierto también el debate sobre cómo miramos la maternidad y la salud mental. Nos gusta imaginar a las madres como figuras inagotables, siempre fuertes, siempre disponibles, como si la presión, el cansancio, la soledad y los miedos no pudieran hacer mella. Pero la realidad es otra: hay mujeres desbordadas, aisladas, sin red, a las que la cabeza les juega una mala pasada mientras el mundo les exige seguir funcionando como si nada. Cuando el sufrimiento psicológico se mezcla con la responsabilidad de cuidar a criaturas tan pequeñas, el riesgo de que la historia termine mal crece si nadie está ahí para sostener.
Por eso, detrás de la pesadilla de esta madre y sus gemelos en Madrid hay un mensaje que va más allá de un titular: tomarnos en serio las señales. Las frases que suenan extrañas, las sospechas infundadas de persecución, el miedo constante… no son excentricidades, son alarmas. A veces, hacer algo tan simple como preguntar de verdad “¿cómo estás?”, insistir en acompañar a un centro de salud mental o llamar a un recurso de ayuda puede marcar la diferencia entre una vida que se recompone y una que se rompe del todo.
Si tú, o alguien que conoces, está atrapado en pensamientos muy oscuros, creyendo que no hay salida, es importante pedir ayuda cuanto antes. En España existe el teléfono 024 de atención a la conducta suicida, gratuito y confidencial, y en cualquier emergencia se puede llamar al 112 para activar recursos sanitarios y policiales. No es señal de debilidad levantar la mano; es, justamente, lo contrario: un acto de cuidado hacia uno mismo y hacia quienes dependen de nosotros. Porque la historia de esta madre y sus gemelos no debería convertirse en material de morbo, sino en una llamada urgente a cuidar mejor de quienes están al límite, antes de que otra mañana tranquila se rompa para siempre.
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