Tenía 17 años, un bebé de cuatro meses y una urgencia doméstica que parecía pequeña: recuperar un carrito que había quedado en casa de su expareja. Rocío Caíz Pozo subió a un taxi desde Martín de la Jara rumbo a Estepa, convencida de que sería un viaje corto, de esos que se hacen y se olvidan. Pero aquella tarde de 2 de junio de 2021, el reloj se partió: Rocío entró en la vivienda… y su vida quedó atrapada detrás de una puerta cerrada.
Rocío no era un titular: era una chica que había crecido demasiado deprisa, empujada por responsabilidades que a veces no dan tregua. En su pueblo la conocían por lo cotidiano, por su familia, por la realidad concreta de criar a un bebé siendo casi una niña todavía. Y por eso, cuando empezó a correr la noticia de que no volvía, el miedo no se instaló como un rumor: se instaló como una certeza física, de esas que se sienten en el estómago antes de poder explicarlas.
La última escena confirmada se repitió durante días en conversaciones y en declaraciones: Rocío llegó a Estepa en taxi, entró en el domicilio de su expareja y, a partir de ahí, su rastro se volvió silencio. La Guardia Civil, desde el inicio, mantuvo abiertas todas las hipótesis, y el juzgado decretó el secreto de las actuaciones mientras tomaba declaración a familiares, al taxista y al propio exnovio. Cada paso era urgente, pero también frágil: en una desaparición, cualquier minuto perdido se convierte en una sombra más difícil de despejar.
En medio de esa angustia apareció un elemento que confundió y lastimó todavía más: la familia recibió un mensaje de WhatsApp atribuido a Rocío en el que decía que se había marchado mientras él dormía, que había cogido dinero y que iba camino de Badajoz para encontrarse con un joven con el que supuestamente quería casarse. La frase estaba escrita, sí, pero no sonaba a ella; y cuando una familia conoce a su hija, hay mentiras que se notan aunque vengan envueltas en palabras “normales”.
El exnovio, por su parte, sostuvo en una primera declaración que Rocío había pasado la noche en su casa y que después se había marchado. Ese tipo de versión, tan conveniente, suele convertirse en una pared: si el relato se mantiene firme, la búsqueda se dispersa. Pero en este caso la pared no aguantó, y lo que parecía una desaparición incierta empezó a inclinarse hacia una hipótesis mucho más oscura, de esas que ninguna madre quiere pronunciar ni siquiera en voz baja.
Pasó una semana de llamadas, de carteles, de noches en vela, de un pueblo entero respirando con dificultad. Y entonces llegó el giro que no trajo alivio, sino un golpe seco: el exnovio se presentó ante la Guardia Civil y confesó que Rocío había tenido un final irreversible. Después, se ofreció a guiar a los agentes hacia los lugares donde había intentado deshacerse de los restos, como si conducirlos a ese mapa fragmentado pudiera borrar lo que ya estaba hecho.
La búsqueda cambió de naturaleza: ya no se trataba de encontrar a Rocío con vida, sino de recuperar lo que el agresor había intentado dispersar. Estepa se convirtió en un escenario de rastreos y reconstrucciones, y la imagen del detenido acompañado por agentes quedó fijada en la memoria pública como una fotografía imposible: la de una ciudad entera mirando al suelo, sabiendo que el suelo podía estar guardando la respuesta más dolorosa.
La reacción social fue inmediata y dura, porque el caso tocaba un nervio especialmente sensible: Rocío era menor, era madre, y había ido allí por un asunto relacionado con su bebé. En Estepa se difundió un manifiesto institucional de condena y duelo que nombraba a Rocío y señalaba la violencia como lo que era, sin rodeos: una tragedia que no debía normalizarse ni un solo segundo. El pueblo no solo lloraba a una joven; también intentaba protegerse del miedo de pensar que algo así puede ocurrir en una tarde cualquiera.
Mientras el país pasaba página en otras noticias, la familia de Rocío quedó viviendo dentro de una herida que no se cierra con rapidez. Porque hay duelos que no solo duelen por la ausencia: duelen por la forma en que esa ausencia fue construida, por la sensación de engaño, por el uso de un mensaje para empujar a la familia a una dirección falsa. Ese tipo de maniobra no “confunde” solamente una investigación: también rompe la calma de quienes se quedan, obligándolos a releer cada palabra mil veces.
El procedimiento avanzó con los tiempos largos de la justicia. El acusado quedó identificado en las resoluciones como Adrian N., de nacionalidad rumana, y el caso se encuadró dentro de una relación previa y un hijo en común, un contexto que hizo todavía más insoportable la idea central: la violencia no vino de un desconocido, sino de alguien que había estado dentro del círculo íntimo de Rocío. En esa cercanía es donde muchas veces el peligro se disfraza mejor.
El juicio con jurado popular se celebró en octubre de 2023 en la Audiencia de Sevilla. Allí desfilaron informes periciales y declaraciones que intentaban poner orden a lo ocurrido, con una dificultad inevitable: cuando el daño es tan grande, ninguna palabra alcanza a explicarlo del todo. Pero el objetivo era uno: fijar hechos, responsabilidades y una verdad judicial que no dependiera de rumores ni de versiones interesadas.
El jurado declaró al acusado culpable, y en noviembre de 2023 llegó la sentencia que marcó el horizonte penal del caso: prisión permanente revisable, con agravantes vinculadas a la relación y a la violencia de género, y con consecuencias directas sobre la patria potestad respecto al hijo en común. También se fijaron prohibiciones de aproximación y comunicación para proteger a la familia de Rocío y al menor, porque a veces la justicia no solo castiga: también tiene que blindar el futuro de quienes sobreviven.
La sentencia no fue el final del camino judicial. Hubo recursos: la defensa y también la Fiscalía sostuvieron debates sobre la calificación de los hechos. En abril de 2024, el TSJA confirmó la prisión permanente revisable, respaldando el veredicto del jurado y la decisión de la Audiencia. Para la familia, esa confirmación fue una forma de sostén, aunque nada —nada— pueda convertir el pasado en otra cosa.
El último peldaño llegó en 2025. El Tribunal Supremo desestimó el recurso de casación, dejando firme la condena y cerrando la vía ordinaria de impugnación. El propio seguimiento judicial explicó que el recurso se centraba especialmente en la condena por agresión sexual, y aun así el Supremo mantuvo el fallo en su conjunto, consolidando la prisión permanente revisable como respuesta penal definitiva.
Pero cuando se apagan los focos del tribunal, queda la parte más dura: un niño que crecerá con la ausencia de su madre, unos abuelos y familiares sosteniendo una crianza atravesada por el duelo, y un pueblo que aprendió que lo peligroso puede esconderse detrás de una excusa doméstica. Rocío no debía ser recordada por su final, sino por lo que era: una joven con una vida completa por delante, incluso con todas las dificultades, incluso con esa fuerza silenciosa de quien intenta salir adelante por su hijo.
Historias como esta dejan señales que conviene mirar de frente: la etapa de ruptura o separación como momento de riesgo, la presión, los mensajes que buscan controlar o confundir, el aislamiento, el miedo a “provocar” una reacción, y también el uso de la tecnología para manipular la percepción de los demás. Si algo de eso está cerca de ti, no se espera a “ver si se calma”: se busca apoyo, se cuenta, se pide acompañamiento, se prioriza la seguridad.
En España, si hay peligro inmediato, se llama al 112. Y para orientación y apoyo especializado ante violencia contra las mujeres existe el 016 (24/7, también WhatsApp 600 000 016). A veces la diferencia entre volver a casa o no volver empieza con una decisión sencilla: no quedarse sola con el miedo, y pedir ayuda antes de que sea tarde.
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