El 13 de marzo de 2019, Janet Jumillas, una mujer de 39 años y madre de dos hijos, salió de su casa en Viladecans con la intención de realizar unas gestiones rutinarias en la oficina de Hacienda de Cornellà de Llobregat. Tras aparcar su vehículo y enviar un mensaje de voz a su sobrino confirmando que ya había terminado y regresaba a casa, su rastro digital y vital se apagó para siempre. Aquel audio de WhatsApp, lleno de normalidad, fue la última señal de vida que su familia recibiría.
La desaparición de Janet no encajaba en el perfil de una fuga voluntaria. Era una madre devota que jamás dejaría a sus hijos atrás, y su entorno insistió desde el primer minuto en que algo terrible le había sucedido. Los Mossos d'Esquadra iniciaron una investigación de alto riesgo, centrando sus pesquisas en el círculo de conocidos de la mujer en Cornellà. Pronto, las antenas de telefonía y los testimonios situaron a Janet en una ubicación muy concreta aquella mañana: la casa de Aitor García Puga.
Aitor, un conocido de Janet con quien mantenía cierta relación de amistad o negocios informales, se convirtió en el principal sospechoso. La policía descubrió que Janet había acudido a su domicilio en la calle Pamplona tras salir de Hacienda. Las cámaras de seguridad de la zona y los repetidores móviles la ubicaban entrando en el edificio, pero ninguna cámara la grabó saliendo. Janet había entrado en una trampa mortal de la que nunca escaparía por su propio pie.
Durante días, Aitor mantuvo una fachada de normalidad y frialdad que desconcertó a los investigadores. Sin embargo, cometió errores propios de un criminal chapucero que se cree más listo que la policía. Los agentes, que ya le sometían a vigilancia discreta, lo observaron realizando movimientos extraños en los días posteriores a la desaparición, deshaciéndose de bolsas de basura en contenedores alejados de su domicilio, una conducta que activó todas las alarmas.
Al recuperar y analizar esas bolsas, los Mossos hallaron las pruebas que sellarían su destino: unas gafas graduadas rotas, que la familia identificó sin dudar como las de Janet, y varios mochos de fregona empapados en sangre humana. El análisis de ADN confirmó lo peor: la sangre pertenecía a la desaparecida. Aitor no estaba limpiando su casa por higiene; estaba intentando borrar desesperadamente la escena de un crimen atroz.
Con estas evidencias, la policía irrumpió en el piso de Aitor. La vivienda había sido fregada a conciencia con lejía y amoníaco, e incluso se había pintado parte de una pared para ocultar salpicaduras. Sin embargo, el reactivo de luminol reveló un mapa del horror invisible al ojo humano: restos biológicos en las paredes y el suelo que contaban la historia de un ataque brutal y sorpresivo. Janet había sido asesinada allí mismo, indefensa y traicionada por alguien en quien confiaba.
A pesar de las pruebas científicas abrumadoras, faltaba la pieza clave para cerrar el duelo de la familia: el cuerpo. Aitor se negó a confesar el paradero de Janet, prolongando la agonía de sus seres queridos durante dos meses interminables. No fue hasta finales de mayo de 2019 cuando unos operarios de limpieza que desbrozaban un descampado en El Prat de Llobregat, una localidad vecina, encontraron algo sospechoso en un agujero oculto entre la maleza.
Allí, en una fosa de unos cuatro metros de profundidad y tapado con plásticos, mantas y vegetación, apareció el cadáver de Janet Jumillas. El estado de descomposición era avanzado, pero la autopsia confirmó que había sufrido heridas de arma blanca, destacando un corte profundo en el cuello. El asesino había trasladado el cuerpo hasta allí, creyendo que el lugar, un antiguo solar industrial abandonado, guardaría su secreto para siempre.
La detención de Aitor García Puga y la aparición del cuerpo dieron paso a una larga instrucción judicial. El acusado intentó tejer una defensa inverosímil, llegando a culpar a supuestos terceros desconocidos o "mafias" que habrían entrado en su casa para matar a Janet, una versión que carecía de cualquier sustento probatorio y que fue desmontada punto por punto por la fiscalía y la acusación particular.
El juicio se celebró finalmente a finales de 2022 en la Audiencia de Barcelona, con un jurado popular. Durante las sesiones, se expuso la crueldad del acusado, no solo por el asesinato, sino por la frialdad mostrada después, acudiendo incluso a comisaría a preguntar por el caso para despistar. Los forenses y peritos demostraron que no hubo lucha; Janet fue atacada de forma sorpresiva, sin posibilidad de defensa, lo que cualificaba el hecho como un asesinato con alevosía.
El motivo del crimen nunca quedó del todo esclarecido, aunque se barajó la hipótesis de una deuda económica menor que Janet había ido a reclamar. Sin embargo, para la justicia, el "porqué" importaba menos que el "cómo". La brutalidad de la respuesta de Aitor ante una mujer desarmada y confiada dejó patente su peligrosidad y falta de empatía.
En diciembre de 2022, el jurado popular emitió un veredicto de culpabilidad por unanimidad. No creyeron ni una palabra de la defensa de Aitor. Consideraron probado que él la citó con la intención de matarla o que, una vez allí, decidió acabar con su vida y ocultar el cuerpo para eludir la justicia. La unanimidad del jurado fue un bálsamo moral para la familia Jumillas, que había soportado años de mentiras y esperas.
Ya en enero de 2023, la Audiencia de Barcelona dictó sentencia firme: Aitor García Puga fue condenado a 17 años de prisión por un delito de asesinato. Aunque la fiscalía pedía 19 años, el tribunal ajustó la pena, imponiendo también una libertad vigilada posterior y una indemnización millonaria para los hijos y padres de la víctima, dinero que difícilmente podrá reparar el daño de crecer sin madre.
La sentencia confirmó que Aitor actuó con "intención directa de matar", usando armas blancas (cuchillos de cocina) y aprovechando la intimidad de su domicilio para asegurar el resultado. La condena también destacó el intento de ocultación del cadáver como un agravante del dolor infligido a la familia, que vivió 70 días de incertidumbre tortuosa.
Hoy, en 2026, Aitor García sigue cumpliendo su condena en un centro penitenciario catalán. El caso de Janet Jumillas se estudia como un éxito de la investigación policial forense: cómo unos mochos de fregona y unas gafas rotas en un contenedor permitieron resolver un crimen que el asesino creyó perfecto.
Para Cornellà y Viladecans, el recuerdo de Janet sigue vivo. Su asesinato fue un golpe a la conciencia colectiva sobre los peligros que a veces acechan en el entorno cercano. Janet solo quería cobrar un dinero y volver con sus hijos, pero se cruzó con la maldad en su estado más puro. Su memoria perdura, y la justicia, aunque no devuelva la vida, al menos ha puesto nombre y rejas a su verdugo.
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