Mañana, 8 de enero de 2026, se cumplen exactamente seis años desde que el paraíso se tiñó de sangre para la familia Bello. En la isla filipina de Siargao, famosa mundialmente por sus olas, el coruñés Diego Bello Lafuente, de 32 años, fue abatido a tiros en la puerta de su casa. Lo que la policía local intentó vender al mundo como un "operativo antidroga" legítimo, tardó poco en revelarse como una ejecución extrajudicial a sangre fría perpetrada por quienes debían proteger la ley.
Diego no era un narcotraficante, ni un criminal. Era un joven emprendedor, exfutbolista de las categorías inferiores del Deportivo de La Coruña, que había encontrado en Filipinas su lugar en el mundo. Allí había montado varios negocios exitosos, incluyendo una tienda de surf llamada Mamon y el restaurante La Santa. Su carisma y éxito empresarial despertaron envidias locales y lo pusieron en el punto de mira de una red de corrupción policial que operaba con total impunidad bajo el mandato del entonces presidente Rodrigo Duterte.
La versión oficial inicial fue un insulto a la inteligencia. La policía de General Luna alegó que Diego era un "narkoham" (narcotraficante de alto valor) y que, durante una operación de compra simulada, había sacado una pistola calibre .45 y disparado contra los agentes, obligándoles a responder. Sin embargo, esta narrativa se desmoronó casi de inmediato gracias a la presión de la familia y a las pruebas científicas que cruzaron fronteras.
La autopsia independiente y los informes forenses realizados tanto por la Comisión de Derechos Humanos de Filipinas como por expertos españoles fueron demoledores. Diego no tenía residuos de pólvora en sus manos, lo que probaba que nunca disparó un arma. Además, la trayectoria de las balas indicaba que fue tiroteado desde una posición superior y, posiblemente, mientras estaba indefenso o huyendo. No hubo enfrentamiento; hubo una cacería.
Los responsables señalados desde el primer día fueron tres: el capitán Wise Vicente Panuelos, jefe de la comisaría, y los sargentos Ronel Pazzo y Nido Boy Cortes. Estos tres hombres, amparados por el clima de terror de la "guerra contra las drogas", creyeron que podrían matar a un extranjero, plantar una pistola y una bolsa de droga en la escena, y cerrar el caso como uno más de los miles que ocurrían en el país. Se equivocaron de víctima.
El móvil del crimen, descartada la droga, apuntó siempre a la extorsión y los celos empresariales. Se sospecha que Diego se negó a pagar las "cuotas de protección" que la mafia policial exigía a los negocios prósperos de la zona. Su asesinato fue un mensaje mafioso para el resto de la comunidad extranjera en la isla: o pagas, o te convertimos en narcotraficante póstumo.
La familia Bello, liderada por su padre Francisco y su tío, inició una cruzada titánica. Durante los primeros dos años, se enfrentaron al muro diplomático y judicial filipino. El Departamento de Justicia de Filipinas llegó a desestimar inicialmente la denuncia por "falta de pruebas", permitiendo que los tres policías siguieran libres y en servicio activo, una afrenta que movilizó al gobierno español y al Parlamento Europeo.
El punto de inflexión llegó en 2022, cuando un tribunal de Manila revirtió la decisión y emitió órdenes de arresto por asesinato y plantación de pruebas. Sin embargo, los policías se dieron a la fuga. Durante meses, Panuelos y sus secuaces estuvieron en paradero desconocido, burlándose de la justicia mientras la familia de Diego temía que nunca fueran capturados.
Finalmente, la presión internacional surtió efecto. A principios de 2023, los tres policías se entregaron a las autoridades. Desde entonces, permanecen en prisión preventiva en una cárcel de Manila, habiéndoseles denegado la libertad bajo fianza debido a la gravedad de los cargos y al riesgo de fuga. Fue la primera gran victoria: ver a los verdugos de Diego tras las rejas, despojados de sus uniformes y su poder.
Paralelamente, la Audiencia Nacional en España abrió su propia causa bajo el principio de justicia universal. Aunque el juicio principal se desarrolla en Filipinas, la justicia española mantiene abierta la investigación como garantía de que, si el sistema filipino falla o se corrompe, habrá una vía alternativa para perseguir a los culpables internacionalmente.
El juicio en Manila ha sido un proceso lento y tortuoso, marcado por dilaciones burocráticas típicas del sistema judicial asiático. A lo largo de 2024 y 2025, la fiscalía presentó testigos clave y pruebas periciales irrefutables. Se demostró la manipulación de la escena del crimen y se expuso el modus operandi de la unidad policial de Panuelos.
En este enero de 2026, el proceso se encuentra en su fase final. La familia Bello espera una sentencia condenatoria inminente que imponga la cadena perpetua (reclusión perpetua) a los tres acusados. No existe la pena de muerte en Filipinas para estos casos, pero la familia busca que se pudran en la cárcel, lejos de la isla que mancharon.
El caso de Diego Bello trascendió lo personal para convertirse en una cuestión de Estado. Fue uno de los pocos casos de la sangrienta era Duterte que llegó a juicio con tanta visibilidad, sirviendo como prueba para la investigación que la Corte Penal Internacional (CPI) mantiene abierta contra el expresidente filipino por crímenes de lesa humanidad.
La lucha ha tenido un coste emocional y económico incalculable para la familia, que ha tenido que viajar repetidamente a Manila y costear abogados en dos continentes. Sin embargo, su perseverancia ha logrado lo que parecía imposible: romper la impunidad de la policía filipina en su propio terreno.
Hoy, Siargao sigue siendo un destino turístico, pero en la comunidad local el nombre de Diego se pronuncia con respeto y dolor. Sus amigos no olvidan al "gallego" que amaba el mar y que fue traicionado por quienes debían protegerlo. Su tienda sigue en la memoria de todos como el símbolo de un sueño roto.
A seis años del crimen, la sentencia está cerca, pero la justicia completa nunca llegará, porque nada devolverá a Diego. Sin embargo, lograr que Panuelos, Pazzo y Cortes pasen el resto de sus días en una celda será el mensaje definitivo de que la vida de Diego Bello importaba y de que, a veces, David puede vencer a Goliat, incluso si Goliat lleva placa y pistola.
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