La mañana del 6 de enero de 2012, día de Reyes, la ciudad de Pergamino (Buenos Aires) se despertó con una noticia que parecía un suicidio trágico, pero que escondía una ejecución brutal. En la vereda de un edificio de la calle Goyita Salas 440, yacía el cuerpo sin vida de Iván Jesús Hortiguera, un adolescente de 16 años. Lo que en los primeros minutos se reportó como la decisión fatal de un joven, pronto se desmoronó gracias a las voces de los vecinos que, desde sus ventanas, habían escuchado la sentencia de muerte pronunciada minutos antes.
Iván era un chico normal, estudiante de secundaria, que mantenía una relación sentimental con Tamara, una joven de 14 años. Como muchos amores adolescentes, el suyo se vivía con intensidad y, en ocasiones, a escondidas de la severidad paterna. El padre de Tamara, Norberto Fabián Núñez, de 46 años, era un hombre que ya había mostrado su desaprobación hacia el noviazgo, ejerciendo un control estricto sobre la vida de su hija que rozaba la obsesión.
Aquella madrugada, aprovechando que Núñez no estaba en el domicilio, Iván se quedó a dormir con Tamara en el departamento B del séptimo piso. Los jóvenes creían estar seguros, pero alrededor de las 8:30 de la mañana, el padre regresó inesperadamente. Al entrar en la habitación de su hija y encontrarlos durmiendo juntos, la furia de Núñez se desató de manera incontrolable, convirtiendo el hogar en una trampa mortal.
Los gritos comenzaron de inmediato. Núñez, en un ataque de ira, sacó a Iván de la cama y comenzó a golpearlo salvajemente. La autopsia revelaría después que el joven recibió puñetazos que le fracturaron el tabique nasal y golpes en el mentón y el estómago lo suficientemente fuertes como para dejarlo aturdido o semiinconsciente. Iván no tuvo oportunidad de defenderse; la superioridad física del adulto y la sorpresa del ataque lo anularon por completo.
Fue en medio de esa paliza cuando los vecinos del edificio escucharon la frase que daría nombre al caso y que serviría para condenar al asesino. Una voz masculina, potente y autoritaria, gritó: "¡Te tirás o te tiro!". No fue una sugerencia, fue una amenaza de ejecución inminente. Los testigos relataron con horror cómo la violencia verbal escalaba segundos antes del silencio definitivo.
Tamara, testigo presencial y víctima colateral del horror, intentó frenar a su padre, pero fue apartada. Según la reconstrucción forense, Núñez arrastró o empujó a un Iván ya indefenso hacia el balcón del departamento. El joven, aturdido por los golpes previos y el terror, no estaba en condiciones de saltar por voluntad propia, ni tenía motivos para hacerlo.
A las 9:30 de la mañana, el cuerpo de Iván cayó al vacío desde una altura de siete pisos. Impactó contra el césped del jardín interno del edificio, muriendo prácticamente en el acto debido a la magnitud de los politraumatismos. Arriba, en la ventana, quedaba la figura de Norberto Núñez, quien en ese momento comenzó a tejer su coartada: la del suicidio por miedo.
Cuando la policía llegó, Núñez intentó sostener que Iván, asustado por haber sido descubierto, había decidido saltar. "Se me fue de las manos", llegaría a decir, intentando minimizar su responsabilidad penal. Sin embargo, la física y la medicina legal no mienten. Los peritos determinaron que el cuerpo cayó "a plomo", sin el impulso que tendría alguien que salta para huir o quitarse la vida, sugiriendo que fue dejado caer o empujado cuando ya no tenía control motor fino.
La investigación, liderada por el fiscal Nelson Mastorchio, fue implacable. Se realizó una reconstrucción en 3D y se utilizaron maniquíes para simular la caída, demostrando que la versión del suicidio era biomecánicamente imposible dadas las lesiones previas y la posición final del cuerpo. Además, las marcas en el cuello de Iván indicaban que había sido agarrado con fuerza antes de la precipitación.
El juicio oral se llevó a cabo en 2014 en el Tribunal Oral en lo Criminal 1 de Pergamino. Durante las audiencias, la defensa de Núñez intentó argumentar emoción violenta, buscando una reducción de pena. Pero los jueces no compraron la historia del padre protector cegado por la moral. Vieron a un hombre que actuó con alevosía, aprovechándose de la indefensión de un menor de edad.
El veredicto fue unánime y contundente: prisión perpetua. Norberto Fabián Núñez fue hallado culpable de homicidio agravado por alevosía. La justicia consideró probado que la frase "te tirás o te tiro" no fue un dicho al pasar, sino la manifestación de una intención homicida clara. Núñez decidió que Iván no saldría vivo de ese departamento por la puerta, sino por la ventana.
La sentencia trajo un alivio amargo a los padres de Iván, Juan Domingo y Nancy, quienes habían luchado incansablemente para que la memoria de su hijo no fuera manchada con la etiqueta de suicida. Para ellos, la condena a perpetua era la única respuesta posible ante la barbarie de un adulto que asesinó a un niño por celos paternales o moralina retorcida.
A lo largo de los años siguientes, la defensa de Núñez intentó apelar la sentencia en instancias superiores, incluyendo la Corte Suprema bonaerense, pero todas las apelaciones fueron rechazadas sistemáticamente. La solidez de la prueba testimonial y científica blindó el fallo, asegurando que el asesino permaneciera tras las rejas.
Hoy, en enero de 2026, Norberto Fabián Núñez continúa cumpliendo su condena en una cárcel del Servicio Penitenciario Bonaerense. A pesar del paso del tiempo, no ha gozado de beneficios excarcelatorios significativos dada la gravedad del delito y la pena impuesta. El "crimen del balcón" sigue siendo recordado en Pergamino como una de las páginas más oscuras de su historia reciente.
El caso de Iván Hortiguera se estudia hoy como un ejemplo de violencia adulta contra la adolescencia y de cómo los prejuicios y el sentido de propiedad sobre los hijos pueden derivar en tragedias irreparables. La figura de Núñez representa el autoritarismo llevado al extremo letal, donde la desobediencia a sus reglas se castigó con la pena capital.
Iván tendría hoy 30 años. Su vida quedó congelada a los 16 en aquel jardín de edificio. La justicia actuó, pero la frase "te tirás o te tiro" sigue resonando como un eco macabro, recordándonos que el peligro a veces no está en la calle, sino en la intolerancia de quienes deberían ser los adultos responsables.
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