Albuquerque, Nuevo México. 24 de agosto de 2016. Lo que debía ser una mañana de celebración post-cumpleaños se transformó en la escena del crimen más traumática en la historia reciente del estado. Victoria Martens acababa de cumplir diez años el día anterior. Era una niña descrita por sus profesores como luminosa y alegre, fanática de los personajes de Disney y con toda la inocencia propia de su edad. Sin embargo, en el complejo de apartamentos donde vivía con su madre, su vida fue apagada con una crueldad que desafía la comprensión humana.
La policía acudió al apartamento alertada por una llamada de disturbios y humo alrededor de las 4:30 de la madrugada. Al llegar, se encontraron con Fabian Gonzales y Jessica Kelley, dos adultos con antecedentes penales, intentando huir o justificar lo injustificable. La madre de la niña, Michelle Martens, también estaba presente, mostrando una desconexión emocional que heló la sangre de los oficiales. Pero el verdadero horror aguardaba en el interior de la vivienda.
Los agentes encontraron el cuerpo de Victoria mutilado y parcialmente quemado. Había sido desmembrada, y sus restos habían sido colocados en la bañera y envueltos en bolsas de basura, mientras algunas partes habían sido incendiadas en un intento macabro de borrar evidencias. La brutalidad de la escena fue tal que muchos de los primeros en responder requirieron terapia intensiva posterior para procesar lo que habían visto.
La investigación inicial reveló que la niña había sido drogada con metanfetamina antes de ser atacada. Fue estrangulada, apuñalada y agredida sexualmente. En un principio, la madre, Michelle Martens, confesó haber participado activamente en los hechos e incluso haber disfrutado viéndolos, una declaración que conmocionó al mundo y la convirtió en el rostro del mal maternal absoluto.
Sin embargo, el caso dio un giro forense inesperado durante la instrucción. Las pruebas de ADN y la evidencia física demostraron que la confesión de Michelle era falsa, producto de una fabulación o de un estado mental alterado por la dominación psicológica de los otros implicados. Ella no había empuñado el cuchillo ni abusado de su hija, pero su crimen fue igualmente imperdonable: se quedó parada, permitiendo que sucediera, abriendo la puerta a los verdugos.
Los verdaderos ejecutores materiales de la violencia física fueron Fabian Gonzales, novio de la madre en ese momento, y Jessica Kelley, prima de este, que acababa de salir de prisión y se alojaba en el apartamento. Ambos, bajo los efectos de las drogas y movidos por una maldad pura, convirtieron el décimo cumpleaños de Victoria en una tortura.
El proceso judicial fue largo y complejo debido a las discrepancias entre las confesiones y las pruebas científicas. Un hallazgo desconcertante fue que el ADN encontrado en la agresión sexual no coincidía con Fabian Gonzales, sino con un cuarto hombre desconocido que nunca ha sido identificado oficialmente, lo que añadió una capa de misterio e impunidad parcial al caso que persiste hasta hoy.
En 2018, Michelle Martens llegó a un acuerdo de culpabilidad. A cambio de testificar contra los otros dos, fue condenada a 12 años de prisión por abuso infantil con resultado de muerte (por negligencia criminal). Esta sentencia fue recibida con furia por la comunidad, que consideraba que 12 años era un insulto para la memoria de la niña que ella debía proteger.
Fabian Gonzales fue juzgado y condenado en 2022 a 37 años y medio de prisión. Fue hallado culpable de abuso infantil intencional con resultado de muerte y de manipulación de pruebas, aunque fue absuelto de los cargos de violación debido a la falta de coincidencia de ADN. Su defensa intentó culpar a los otros, pero el jurado no compró su inocencia en la muerte de la menor.
Jessica Kelley, quien tuvo un rol activo en el desmembramiento y el intento de ocultación, aceptó un acuerdo de culpabilidad para evitar la cadena perpetua. Fue sentenciada a 44 años de prisión por abuso infantil, secuestro y manipulación de evidencia. Su frialdad y su historial delictivo la señalaron como una pieza clave en la ejecución del crimen.
Llegado enero de 2026, la situación penitenciaria de los condenados vuelve a ser noticia. Michelle Martens, debido a la normativa de "buen comportamiento" y al tiempo cumplido desde su detención en 2016, se encuentra en la fase final de su condena o ya en libertad supervisada, una realidad que reabre las heridas de Albuquerque. La idea de que la madre pueda caminar libre tan pronto sigue siendo indigesta para la sociedad.
El sistema de protección infantil de Nuevo México (CYFD) también fue puesto en el banquillo de la opinión pública. Hubo señales previas, reportes y antecedentes en el entorno que fueron ignorados o no gestionados con la urgencia debida. El caso Victoria Martens forzó cambios legislativos y revisiones de protocolos, aunque para ella llegaron demasiado tarde.
La comunidad de Albuquerque no ha olvidado. Cada agosto se realizan vigilias en su honor. Victoria se ha convertido en el símbolo de la vulnerabilidad infantil ante la epidemia de metanfetamina que asola ciertas regiones de Estados Unidos. Su rostro sonriente en las fotos escolares contrasta dolorosamente con los detalles de su autopsia.
El "cuarto hombre", aquel cuyo ADN apareció en la escena pero que nunca fue capturado, sigue siendo un fantasma en la investigación. A pesar de que los principales responsables están encarcelados, esa pieza suelta recuerda que la justicia no fue perfecta ni completa.
La vivienda donde ocurrieron los hechos fue demolida simbólicamente en la mente de los vecinos, aunque el estigma permanece en el barrio. Nadie quiere vivir donde murió Victoria. El aire de ese lugar sigue cargado con la pregunta de cómo tres adultos pudieron conjurarse para destruir a una niña indefensa.
Hoy, la historia de Victoria Martens nos sirve de recordatorio brutal sobre los monstruos domésticos. No siempre están bajo la cama; a veces están en la sala de estar, invitados por quienes deberían ser los guardianes. Diez años después, Nuevo México sigue pidiendo perdón a una niña a la que fallaron todos los adultos de su vida.
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