El 14 de agosto de 2002, la tranquilidad de los bosques de Monfero, en A Coruña, escondía uno de los planes más retorcidos de la crónica negra española. Vanessa Lorente, una joven de 22 años, acababa de ser madre de un niño llamado Daniel. Estaba en un momento vulnerable y feliz, confiando plenamente en su amiga, Isabel Marcos Maceiras, una mujer que vivía una realidad paralela construida sobre mentiras. Isabel no solo envidiaba la maternidad de Vanessa; había decidido apropiarse de ella literalmente.
Isabel Marcos llevaba meses fingiendo un embarazo ante su marido, su familia y sus vecinos. Usaba cojines bajo la ropa, compraba ropa premamá y hablaba de síntomas que nunca existieron. Pero el tiempo de la gestación ficticia se agotaba y necesitaba un bebé real para sostener su farsa ante el mundo. Su objetivo no era adoptar ni concebir; su objetivo era el hijo de Vanessa, y para conseguirlo, la madre biológica se había convertido en un obstáculo que debía eliminar.
Aquel día de agosto, Isabel atrajo a Vanessa a la casa de sus padres en el lugar de O Queixeiro, en Monfero, bajo el pretexto de una visita amistosa. Vanessa acudió con su bebé de cuatro meses en brazos, sin sospechar que estaba entrando en una trampa mortal diseñada con frialdad. Una vez allí, la dinámica de la "amistad" se transformó en una ejecución planificada para arrebatarle lo que más quería.
Según la reconstrucción forense, Isabel, contando con la colaboración imprescindible de su propia madre, María Josefa Maceiras, drogó o aturdió a Vanessa. Aprovechando su indefensión, acabaron con su vida de forma violenta, utilizando un objeto contundente. El crimen no fue un arrebato pasional, sino un paso necesario en el guion que Isabel había escrito en su mente: Vanessa debía desaparecer para que Isabel pudiera "dar a luz".
Lo que hicieron con el cuerpo demostró una crueldad y una capacidad de cálculo estremecedoras. Cavaron una fosa en un cobertizo anexo a la vivienda, un "alpendre" utilizado para guardar leña y herramientas. Allí depositaron el cadáver de la joven madre. Pero para asegurarse de que nadie la encontrara, idearon una treta macabra: colocaron el cadáver de un perro encima del cuerpo de Vanessa y lo cubrieron todo con tierra y cal, esperando que el olor del animal despistara a cualquier posible rastreo.
Con Vanessa bajo tierra, Isabel ejecutó la segunda parte de su plan. Regresó a su casa en Fene con el pequeño Daniel en brazos, anunciando a su marido y a su entorno que, por fin, había dado a luz. Sorprendentemente, o quizás por la fuerza de su manipulación, su círculo cercano creyó la historia, a pesar de que nadie la había visto en un hospital. El bebé de Vanessa pasó a ser, a ojos del mundo, el hijo de su asesina.
La desaparición de Vanessa Lorente no tardó en ser denunciada por su compañero sentimental. La Guardia Civil inició las pesquisas, y pronto todas las líneas de investigación convergieron en la última persona que la había visto: Isabel Marcos. Los agentes se encontraron con una mujer que defendía su maternidad reciente con vehemencia, pero cuyas contradicciones comenzaron a aflorar rápidamente.
La prueba definitiva llegó cuando el juez ordenó un examen ginecológico a Isabel. Los médicos certificaron lo evidente: esa mujer no había dado a luz hacía unos días, ni siquiera había estado embarazada recientemente. La mentira biológica se desmoronó, y con ella, la coartada de la desaparición voluntaria de Vanessa. Isabel fue detenida, pero se negó a confesar dónde estaba la joven.
La Guardia Civil centró la búsqueda en la casa familiar de Monfero. Durante días, rastrearon la finca sin éxito, hasta que la intuición y la tecnología marcaron el suelo del cobertizo. Al excavar, se toparon primero con los restos del perro, una trampa olfativa que casi funciona. Pero al seguir cavando, apareció el cuerpo de Vanessa, confirmando el peor de los desenlaces.
El rescate del bebé fue el único rayo de luz en esta historia oscura. El pequeño Daniel fue recuperado sano y salvo y devuelto a su padre biológico. Había vivido unas semanas bajo el cuidado de la mujer que había matado a su madre, una situación que estremece por la cercanía entre la víctima y el verdugo.
En el juicio, celebrado años después, quedó patente la participación de la madre de Isabel, María Josefa, como cooperadora necesaria o encubridora activa. Madre e hija compartieron el banquillo, mostrando una frialdad que impactó al jurado. Isabel fue condenada en 2006 a una pena de 30 años de prisión por asesinato, detención ilegal y sustracción de menores.
Durante su estancia en la prisión de Teixeiro, Isabel Marcos fue una reclusa que generó fascinación y repulsa a partes iguales. Su perfil psicológico, marcado por la mitomanía y la obsesión, fue objeto de estudio. Sin embargo, el sistema penitenciario español está orientado a la reinserción, y el paso de las décadas fue abriendo las puertas de su celda.
Llegado enero de 2026, la situación de Isabel Marcos ha cambiado radicalmente. Tras haber cumplido más de 23 años de condena efectiva, se encuentra en la fase final de su sentencia. Desde hace un par de años, disfruta de un régimen de semilibertad o tercer grado avanzado, y su licenciamiento definitivo está próximo, si no se ha producido ya de facto.
Isabel camina hoy por las calles, posiblemente con otra imagen, intentando pasar desapercibida en una sociedad que no olvida fácilmente el "crimen de Monfero". Su reinserción legal es un hecho, pero la reinserción social es mucho más compleja en un caso donde la traición a la amistad llegó al extremo del asesinato.
El caso ha vuelto a cobrar vida mediática recientemente. Documentales y programas de "true crime" emitidos entre 2024 y 2025 han rescatado la historia para una nueva generación que desconocía los detalles del perro y el falso embarazo. Esto ha puesto de nuevo el foco sobre Isabel, complicando su anonimato.
El niño, Daniel, es hoy un hombre de 24 años. Su vida ha estado marcada por la ausencia de una madre a la que apenas pudo conocer, arrebatada por la codicia de otra mujer que quería jugar a ser mamá. Él es la víctima viva de esta tragedia.
El crimen de Monfero sigue siendo una herida abierta en la memoria de Galicia. Nos recuerda que la envidia y la obsesión pueden tejer redes mortales en el entorno más cercano. Vanessa Lorente confió en su amiga, y esa confianza fue el arma que Isabel usó para intentar robarle su vida y su legado.
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