El 12 de febrero de 1993, el centro comercial New Strand en Bootle, Liverpool, era un hervidero de actividad cotidiana. Denise Fergus soltó la mano de su hijo, James Bulger, de apenas dos años, por un instante fugaz para pagar en una carnicería. Ese segundo de distracción fue suficiente para que la vida tal como la conocía se desintegrara. Las cámaras de seguridad captaron una imagen granulada que se grabaría en la retina del mundo: dos niños de diez años llevándose al pequeño James de la mano, alejándolo de la seguridad de su madre para siempre.
Los secuestradores no eran adultos con antecedentes, sino Robert Thompson y Jon Venables, dos escolares que ese día habían faltado a clase. Lo que siguió fue un peregrinaje de horror a lo largo de cuatro kilómetros a través de Liverpool. Durante el trayecto, fueron vistos por hasta 38 testigos. Muchos asumieron que eran hermanos, otros notaron que el pequeño lloraba o tenía un golpe, pero la trágica dinámica de la "no intervención" permitió que siguieran avanzando hacia su destino final sin que nadie los detuviera.
Llegaron a una línea ferroviaria en Walton, un lugar desolado donde la crueldad infantil alcanzó cotas inimaginables. James fue sometido a torturas y vejaciones que los forenses y la policía tuvieron dificultades para procesar emocionalmente. Finalmente, lo dejaron sobre las vías, cubriéndolo con ladrillos y escombros, esperando que un tren ocultara la evidencia de sus actos. El cuerpo del pequeño fue hallado dos días después, mutilado, desatando una ola de dolor y furia que sacudió los cimientos del Reino Unido.
La detención de Thompson y Venables conmocionó a la opinión pública. Eran niños, pero habían cometido un acto de una maldad adulta y calculada. En el juicio, celebrado en noviembre de ese mismo año, fueron tratados como adultos en un proceso que generó un debate ético global. Se convirtieron en los asesinos convictos más jóvenes de la historia moderna británica, siendo sentenciados a detención indefinida "a disposición de Su Majestad".
El caso abrió una herida profunda sobre la "edad de la responsabilidad criminal". ¿Nace un niño malo o se hace? Los informes psiquiátricos revelaron entornos familiares disfuncionales, pero nada que pudiera explicar la magnitud del sadismo mostrado aquella tarde. La sociedad británica, liderada por la prensa sensacionalista, exigía que "se pudrieran en la cárcel" y que nunca vieran la luz del sol.
Sin embargo, el sistema judicial apostó por la rehabilitación. En 2001, tras cumplir ocho años de internamiento y alcanzar la mayoría de edad, la Junta de Libertad Condicional tomó una decisión polémica: liberar a ambos bajo licencia de por vida. Se les otorgaron nuevas identidades, pasaportes nuevos y una protección de anonimato férrea, amparada por una orden judicial mundial (la "injunction") que prohíbe revelar sus nuevos nombres o paraderos bajo pena de cárcel.
A partir de aquí, las historias de los dos verdugos se bifurcaron radicalmente. Robert Thompson, considerado el "líder" o el más dominante durante el ataque inicial, desapareció en el anonimato. Según los informes de seguimiento, aprovechó la oportunidad de reinserción. Ha vivido durante más de dos décadas sin cometer nuevos delitos, trabajando y manteniendo un perfil bajo, demostrando, en teoría, el éxito del sistema rehabilitador.
La historia de Jon Venables, en cambio, ha sido un descenso continuo a los infiernos. Lejos de aprovechar su segunda oportunidad, Venables se sumió en una espiral de abuso de sustancias y comportamiento errático. Llegó a revelar su verdadera identidad a amigos en momentos de embriaguez, poniendo en riesgo su propia seguridad y costando millones de libras al Estado en nuevos programas de protección y reubicación.
Pero el problema de Venables no fue solo su indiscreción, sino su reincidencia criminal. En 2010, fue devuelto a prisión tras ser descubierto en posesión de material de abuso infantil. Este hecho destapó una faceta depredadora que no se había extinguido con la madurez. Fue liberado nuevamente en 2013, solo para volver a ser encarcelado en 2017 por el mismo delito: tenencia de archivos de abuso extremo.
Esta reincidencia constante ha mantenido el dolor de la familia Bulger en un presente continuo. Denise Fergus, la madre de James, ha liderado incansablemente campañas para que se endurezcan las leyes de libertad condicional y para que Venables no vuelva a pisar la calle. Su lucha logró que en 2023 se debatiera intensamente sobre la transparencia de las decisiones de la Junta de Libertad Condicional.
A finales de 2023, se celebró una audiencia crucial para la posible liberación de Venables. Esta vez, la audiencia fue privada, a pesar de las peticiones de hacerlo público. En diciembre de ese año, la Junta de Libertad Condicional rechazó su liberación, dictaminando que Jon Venables seguía representando un peligro significativo para la sociedad, especialmente para los menores.
Llegado enero de 2026, la situación es clara pero tensa. Jon Venables permanece en prisión, habiendo agotado sus últimas vías rápidas de recurso. Se espera que su próxima revisión no ocurra hasta finales de este año o principios del siguiente, manteniendo a la sociedad británica en vilo. A sus cuarenta y tantos años, sigue siendo un preso de alto riesgo y alto coste.
El coste económico de mantener el anonimato y la seguridad de ambos (especialmente los continuos procesos de Venables) se estima en millones de libras anuales. Esto genera un debate recurrente en el Reino Unido sobre si el Estado debe seguir protegiendo indefinidamente a quien ha demostrado despreciar las leyes una y otra vez.
Mientras tanto, la memoria de James Bulger sigue viva a través de la fundación que lleva su nombre, "James Bulger Memorial Trust", creada por su madre para apoyar a jóvenes desfavorecidos. Es la forma que encontró Denise de combatir la oscuridad de aquel día con algo de luz, transformando el legado de su hijo en ayuda para otros niños.
El caso ha cambiado para siempre la forma en que los padres vigilan a sus hijos en espacios públicos. Esa imagen de seguridad granulada de 1993 se ha convertido en un símbolo de la fragilidad de la inocencia. Nos recuerda que el peligro no siempre es un extraño con gabardina; a veces tiene la misma estatura que la víctima.
Treinta y tres años después, el asesinato de James Bulger no es solo un archivo histórico; es una batalla legal y moral en curso. Robert Thompson vive como un fantasma entre nosotros, quizás como nuestro vecino, rehabilitado. Jon Venables sigue encerrado, luchando contra sus propios demonios y contra un sistema que, finalmente, parece haber decidido que hay riesgos que ya no se pueden correr.
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