El Silencio del Valle: Misael Centeno y la Verdad Sumergida en Karrantza


El valle de Karrantza, en la comarca vizcaína de Enkarterri, es un lugar donde la geografía impone sus propias reglas de aislamiento y belleza. Entre prados verdes y niebla densa, la vida transcurre con un ritmo pausado, ideal para quien busca pasar desapercibido o para quien, como Misael Centeno, solo quería trabajar. Este joven nicaragüense de 31 años había llegado desde su tierra natal cargando con la esperanza de enviar remesas a su hijo y construir un porvenir lejos de la precariedad.

Misael encontró su lugar en una explotación ganadera, integrándose en la dura rutina del campo vasco, un trabajo que pocos locales quieren ya realizar. Su vida era sencilla: largas jornadas de esfuerzo físico y la compañía esporádica de otros compatriotas que formaban una pequeña familia en el exilio. Sin embargo, a finales de noviembre de 2021, esa tranquilidad se quebró de forma violenta, revelando que incluso los paisajes más bucólicos pueden esconder secretos mortales.

La noche del 27 de noviembre tenía un motivo de celebración agridulce. Misael salió con unos amigos para despedir a uno de ellos que regresaba definitivamente a Nicaragua, un viaje de vuelta que para muchos migrantes es el éxito final. El grupo recaló en un bar del barrio de Amasaguas, un punto de encuentro habitual donde el alcohol y la música suelen diluir la soledad del trabajador extranjero.


Lo que comenzó como un brindis se transformó, según la primera versión oficial, en una disputa trivial. Se dijo que Misael, quizás confundido o envalentonado por la bebida, tomó un vaso que no era suyo, encendiendo la mecha de una agresión desproporcionada. Pero la brutalidad que siguió no encaja con una simple riña de taberna; fue un castigo colectivo, una cacería humana en la oscuridad de la noche.

Misael fue golpeado con saña por varias personas. No tuvo oportunidad de defensa ni de huida. La violencia no se detuvo cuando cayó al suelo; continuó hasta anular su voluntad y su consciencia. Pero el horror no terminó en el asfalto del bar; sus agresores decidieron que el cuerpo, vivo o muerto, debía desaparecer del escenario público.

En un acto de crueldad final, Misael fue arrojado al río Mayor, un cauce que atraviesa el valle y cuyas aguas en esa época del año son una sentencia de hipotermia. Allí, en la soledad helada de la corriente, se apagó la vida del joven que soñaba con volver a Nicaragua, no en un ataúd, sino con los bolsillos llenos de futuro.


La desaparición de Misael activó una búsqueda angustiosa. Durante días, el valle guardó silencio mientras los equipos de rescate peinaban las orillas. Cuando finalmente apareció el cuerpo, la autopsia y las evidencias hablaron de una muerte que no fue accidental. La Ertzaintza, consciente de la gravedad, inició una investigación bajo secreto de sumario que sacudiría la aparente calma de Karrantza.

Un mes después, en diciembre de 2021, la policía vasca detuvo a nueve personas presuntamente vinculadas con el homicidio. Las detenciones confirmaron que no se trataba de un hecho aislado de un solo agresor, sino de una dinámica de grupo, de un pacto de violencia compartido por varios vecinos del entorno. Dos de ellos ingresaron en prisión provisional, señalados como los autores materiales más directos.

Sin embargo, para la familia de Misael, la teoría de la pelea de bar era una cortina de humo insuficiente. Sara, su hermana y voz incansable en la búsqueda de justicia, planteó una hipótesis mucho más oscura y perturbadora. Según su testimonio, Misael no murió por un vaso, sino por lo que había visto: una plantación de marihuana oculta en las cercanías de su lugar de trabajo.


Esta versión sugiere que Misael se convirtió en un testigo incómodo para una red local dedicada al cultivo ilegal. En zonas rurales y apartadas, donde la vigilancia es escasa, el "oro verde" puede generar economías sumergidas defendidas con códigos de sangre. La familia sostiene que a Misael lo silenciaron para proteger el negocio, y que la pelea fue solo la excusa o el escenario montado para ejecutar la sentencia.

El concepto de la "ley del silencio" cobra entonces un peso aterrador. Sara denunció que en Karrantza se impuso el miedo, que la gente sabe más de lo que dice, pero que el temor a represalias sella las bocas. El migrante, en este contexto, es la víctima perfecta: alguien con pocas raíces, cuya desaparición puede ser racionalizada o minimizada por la comunidad local.

Años después, en enero de 2025, el caso sigue resonando en la memoria negra del País Vasco. Programas de crónica y podcasts analizan lo ocurrido no solo como un suceso policial, sino como un síntoma de una violencia latente en el mundo rural. La herida de la familia Centeno sigue abierta, alimentada por la sensación de que la justicia completa aún no ha llegado.


La muerte de Misael expuso la vulnerabilidad extrema de los trabajadores migrantes. Lejos de casa, a menudo en situaciones de dependencia laboral y social, están expuestos a peligros que van más allá de la explotación económica. Misael pagó con su vida el precio de estar en el lugar equivocado, o quizás, de ver lo que nadie debía ver.

El río Mayor sigue fluyendo, lavando las piedras pero no la conciencia del valle. La historia de Misael nos obliga a mirar más allá de la postal turística y a preguntarnos qué secretos se guardan bajo la niebla. Su nombre no debe ser olvidado; es el recordatorio de que la verdad, como los cuerpos en el agua, termina saliendo a flote.


Hoy, la lucha de Sara y de la comunidad nicaragüense mantiene viva la llama de la reivindicación. No piden venganza, piden claridad. Quieren saber por qué un padre de familia terminó sus días flotando en un río ajeno, y exigen que la condena social y judicial caiga sobre todos aquellos que, por acción u omisión, permitieron que la barbarie se instalara en Amasaguas.

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