Octubre de 1983. El pueblo de Cúllar, en el corazón del altiplano granadino, celebraba sus fiestas patronales con el bullicio habitual de la época. Entre la música y la multitud, una niña de 10 años, Dolores García Rodríguez, se movía con la inocencia propia de su edad y la vulnerabilidad de quien confía en su entorno. Sin embargo, aquella tarde del día 30, la alegría festiva se transformó en una pesadilla congelada en el tiempo: Dolores desapareció sin dejar rastro, como si la niebla de la sierra se la hubiera llevado.
Su ausencia encendió de inmediato todas las alarmas. La familia, humilde y numerosa, inició una búsqueda desesperada que pronto involucró a vecinos y autoridades. Se batieron campos, se revisaron pozos y se interrogó a desconocidos, pero Cúllar devolvía un silencio atronador. No había testigos fiables, ni pistas materiales, solo el vacío inmenso que deja una niña que no regresa a cenar.
Durante años, el caso de Dolores se convirtió en una herida abierta para la comarca. Se tejieron hipótesis que iban desde el secuestro por parte de una red de trata hasta la huida accidental, teorías que la familia escuchaba con el corazón encogido. Los padres de Dolores fallecieron sin saber qué había sido de su hija, y sus hermanos, muchos de ellos emigrados a Cataluña, mantuvieron viva la llama de la búsqueda a pesar de que la justicia la declaró legalmente fallecida en 2010.
El destino, caprichoso y lento, tardó cuarenta años en arrojar luz. En diciembre de 2023, un pastor que transitaba por el paraje del Carrascal, en el término municipal de Huéscar, se topó con una abertura en la tierra que llamó su atención. Se trataba de una sima, una cueva vertical de difícil acceso conocida por los locales pero inexplorada en su profundidad.
El hallazgo fortuito desencadenó la intervención de la Asociación Espeleológica Velezana. Al descender a la cavidad, los espeleólogos no encontraron tesoros geológicos, sino el horror oculto: restos óseos humanos dispersos en la oscuridad. La Guardia Civil y el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña (GREIM) asumieron el control de la escena, recuperando los huesos para su análisis forense.
El Instituto de Medicina Legal de Granada se enfrentó al reto de poner nombre a esos restos olvidados. Los análisis antropológicos preliminares indicaron que pertenecían a una persona de entre 9 y 11 años, un dato que hizo vibrar los archivos policiales. Todas las miradas se dirigieron al expediente de 1983, a la niña de Cúllar que nunca volvió.
En marzo de 2025, la confirmación llegó con la fuerza de una sentencia inapelable. Las pruebas de ADN, cotejadas con las muestras biológicas de los hermanos de Dolores, ratificaron la identidad. Aquellos huesos pertenecían a Dolores García Rodríguez. La niña no había huido; había estado todo este tiempo a menos de treinta kilómetros de su casa, oculta en las entrañas de la tierra.
Pero la sima del Carrascal guardaba un segundo secreto, aún más perturbador. Junto a los restos de la pequeña, los investigadores hallaron huesos correspondientes a una mujer adulta. El cotejo de datos señaló hacia otro misterio sin resolver de la zona: la desaparición de Francisca Reche, una vecina de Huéscar cuyo rastro se perdió en 1994, once años después que Dolores.
La conexión entre ambos casos ha abierto una línea de investigación escalofriante. ¿Cómo terminaron dos mujeres, desaparecidas con una década de diferencia, en el mismo punto inaccesible? La geografía del lugar descarta el accidente fortuito simultáneo. La sima no es un lugar de paso habitual; es un escondite perfecto para quien conoce el terreno y busca ocultar pruebas.
La Guardia Civil investiga ahora la posibilidad de un depredador local, alguien que conocía la zona al milímetro y que utilizó la cueva como su cementerio particular. Se revisan perfiles de delincuentes de la época, agresores sexuales o personas con antecedentes violentos que residieran en la comarca entre los años 80 y 90. La sombra de un asesino en serie rural planea sobre el caso.
Para la familia de Dolores, la noticia ha sido una mezcla devastadora de alivio y dolor renovado. Alivio por tener un lugar donde llevar flores, por saber que no la abandonaron; y dolor por confirmar que su final fue solitario y probablemente violento. Saber que estuvo tan cerca todo este tiempo añade una capa de amargura a la tragedia.
El pueblo de Cúllar, que nunca olvidó a su "niña perdida", ha reaccionado con conmoción. Los vecinos más mayores recuerdan la angustia de aquellos días de 1983, mientras que las nuevas generaciones descubren que las leyendas locales a veces tienen una base real y macabra.
La investigación judicial, bajo secreto de sumario, avanza con la esperanza de que la ciencia forense moderna pueda determinar la causa exacta de la muerte. Si hubo violencia, si hubo agresión sexual, son preguntas que los huesos, a pesar del tiempo, podrían responder gracias a las nuevas tecnologías.
Este caso pone de manifiesto la importancia de no cerrar nunca los expedientes de desaparecidos. La persistencia de la Guardia Civil y la casualidad de la naturaleza han permitido devolver la identidad a quien le fue arrebatada. Dolores ya no es un interrogante en un archivo; vuelve a ser Dolores.
La sima del Carrascal ha dejado de ser un simple accidente geográfico para convertirse en un monumento a la memoria negra de Granada. Nos recuerda que el mal puede habitar en los paisajes más bellos y que la verdad, aunque tarde cuarenta años, tiene la obstinada costumbre de salir a la superficie.
Hoy, Dolores García Rodríguez descansa de la incertidumbre. Su familia prepara el adiós que le fue negado hace cuatro décadas, mientras la justicia intenta cazar al fantasma que, amparado en el tiempo, creyó que sus crímenes permanecerían eternamente sepultados bajo la roca.
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