La madrugada del sábado 10 de enero de 2026 cubría Logroño con el manto helado propio del invierno riojano. En el barrio de Cascajos, una zona residencial en plena expansión, el silencio habitual se vio interrumpido no por el bullicio de la fiesta, sino por un estruendo metálico seco y violento. Una furgoneta acababa de embestir las vallas de seguridad de una obra en la calle Marqués de Larios, pero aquel choque no era el resultado de una mala maniobra ni del alcohol; era el primer movimiento de una decisión irreversible.
Dentro del vehículo viajaban dos personas cuyas vidas, en teoría, debían transcurrir en carriles temporales muy distintos. Al volante, o quizás ya bajando del asiento del conductor, estaba un joven de 20 años, un adulto ante la ley y la sociedad. A su lado, una niña de apenas 13 años, una adolescente que debería haber estado en el entorno protegido de su hogar o su escuela, y no protagonizando una fuga desesperada en la noche.
La relación entre ambos era un secreto a voces que había encendido todas las alarmas en el entorno de la menor. La familia de ella, consciente de la brecha de edad y madurez —siete años que en esas etapas son un abismo—, se oponía frontalmente al vínculo. Horas antes del desenlace, la angustia materna se había traducido en una denuncia por desaparición en la comisaría, temiendo que la inexperiencia de su hija la llevara a un lugar del que no supiera regresar.
Sin embargo, aquella noche, la lógica del cuidado chocó contra la determinación ciega de la pareja. Tras impactar contra el perímetro de la construcción, el vehículo quedó como un testigo mudo de su intrusión. Las cámaras de seguridad del recinto captaron lo que sucedió después, imágenes que ahora son la pieza clave de un puzle doloroso: ambos jóvenes descendieron de la furgoneta, pero no para huir del accidente, sino para adentrarse en la estructura de hormigón y sombras.
No hubo titubeos visibles en su ascenso. Subieron a las plantas superiores del edificio en construcción, una mole vacía que se alzaba sobre la ciudad dormida. Allí, en la altura, lejos del juicio de sus familias y de las leyes que buscaban separarles, tomaron la decisión final. No fue un resbalón, ni un empujón; la investigación apunta a que se lanzaron juntos al vacío, sellando con la muerte lo que no supieron gestionar en vida.
El impacto contra el suelo fue el punto final de su huida. Cuando los servicios de emergencia y la Policía Nacional llegaron al lugar, alertados por el choque inicial o por vecinos, se encontraron con una escena devastadora. Los cuerpos yacían en la acera, inmóviles, sin más signos de violencia externa que los provocados por la brutal caída. La muerte había sido instantánea, no dejando margen para el arrepentimiento ni para el milagro médico.
La identificación de las víctimas confirmó los peores presagios de la denuncia previa. El chico de 20 años y la niña de 13 habían cumplido su promesa tácita de no separarse, pero el precio había sido la existencia misma. La noticia corrió como la pólvora por Logroño, transformando el despertar del sábado en una jornada de luto y estupor colectivo.
La Delegación del Gobierno y la Jefatura Superior de Policía de La Rioja manejaron el caso con extrema cautela desde el primer minuto. Aunque la hipótesis principal se centró rápidamente en el suicidio pactado o la precipitación voluntaria, la disparidad de edad obligó a mirar el caso con una lupa distinta. ¿Puede una niña de 13 años consentir libremente un pacto de muerte con un adulto de 20? Esa es la pregunta que flota, pesada y oscura, sobre el asfalto de Marqués de Larios.
No se hallaron cartas de despedida en el lugar, ni mensajes públicos que explicaran el "porqué" inmediato, aunque el contexto de la oposición familiar y la denuncia por desaparición dibujan un escenario de "Romeo y Julieta" distorsionado por la realidad moderna. La romantización de estos actos es un peligro latente, pero la realidad forense es fría: dos vidas truncadas, una de ellas apenas comenzando a florecer.
El edificio, que debía ser un hogar para futuras familias, quedó marcado para siempre como el escenario de este drama. Las vallas rotas fueron reparadas, pero la sensación de vulnerabilidad en el barrio tardará mucho más en sanar. Los vecinos de Cascajos, que escucharon el golpe de la furgoneta, ahora saben que ese ruido fue el portazo final de dos jóvenes contra el mundo.
La sociedad riojana se debate ahora entre la pena y la rabia. La pena por la pérdida de dos jóvenes vecinos, y la rabia por la impotencia de no haber podido interceptar esa furgoneta antes de que llegara a la obra. Los protocolos de búsqueda estaban activados, la denuncia estaba puesta, pero la velocidad de la tragedia superó a la burocracia policial.
Este caso pone sobre la mesa, de la manera más cruda posible, el debate sobre las relaciones asimétricas y la influencia que un adulto puede ejercer sobre un menor. Aunque la voluntad parezca compartida en el salto, la responsabilidad legal y moral siempre recae con mayor peso sobre quien tiene la madurez y los años para haber frenado el coche.
Los cuerpos fueron trasladados al Instituto de Medicina Legal de La Rioja para las autopsias pertinentes, que confirmaron la ausencia de lesiones previas defensivas o de lucha. Murieron como vivieron sus últimas horas: juntos y por su propia mano, en una dinámica de aislamiento que excluyó cualquier otra salida posible.
Para la familia de la niña, el dolor es doble: el de la muerte y el de la incomprensión. Perdieron a su hija no por una enfermedad o un accidente fortuito, sino arrastrada por una vorágine emocional que la superó. La denuncia que interpusieron buscaba protegerla, traerla de vuelta a casa, pero el destino —y la decisión de un adulto— escribieron otro final.
La investigación sigue abierta para esclarecer todos los detalles, revisando teléfonos y mensajes para entender la cronología exacta de la fatalidad. Se busca descartar definitivamente la intervención de terceros o el uso de sustancias que anularan la voluntad, aunque las cámaras parecen contar una historia de determinación trágica.
Logroño intenta volver a la normalidad, pero en la calle Marqués de Larios, el aire pesa distinto. La historia del joven de 20 y la niña de 13 nos recuerda que la adolescencia es un territorio frágil y que, a veces, cuando se rompen las barreras de seguridad —físicas y emocionales—, el vacío es lo único que espera al otro lado.
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