El Tablero Sangriento: La Verdad del Crimen de Javier Rosado y Félix Martínez


Madrid, madrugada del 30 de abril de 1994. En una parada de autobús del barrio de Manoteras, la mala suerte se cruzó en el camino de Carlos Moreno, un obrero de la limpieza de 52 años, padre de familia y hombre tranquilo. No sabía que a pocos metros, dos jóvenes lo observaban no como a un ser humano, sino como a una "presa" o un NPC (personaje no jugador) en un macabro guion que solo existía en sus cabezas. Eran Javier Rosado, de 20 años, estudiante de Químicas, y Félix Martínez, de 17 años, estudiante de bachillerato.

El crimen no fue espontáneo. Fue la culminación de un "juego" inventado por Rosado llamado "Razas". A diferencia de los juegos de rol comerciales como *Dungeons & Dragons*, que se basan en la fantasía y la cooperación, "Razas" era una construcción psicopática diseñada por Rosado para validar su ego. El objetivo era simple y atroz: encontrar a alguien débil, matarlo sin piedad y así ascender de estatus, demostrando que ellos, los perpetradores, pertenecían a una raza superior libre de empatía y moral.

Aquella noche, armados con cuchillos, abordaron a Carlos Moreno. La agresión fue de una brutalidad extrema. Le asestaron numerosas puñaladas en el abdomen y el cuello. La víctima, un hombre corpulento, intentó defenderse, pero la sorpresa y la ferocidad del ataque de los dos jóvenes acabaron con su vida en cuestión de minutos. No hubo robo. No hubo discusión previa. Solo la ejecución de una regla absurda escrita en un cuaderno.

Lo que hizo este caso tristemente célebre no fue solo el asesinato, sino lo que la policía encontró después. Javier Rosado había escrito un diario detallado, casi novelesco, de los hechos. En él, narraba con una frialdad científica los sonidos que hacía la víctima al morir, describiéndolos como "interesantes", y se jactaba de la planificación. Este documento se convirtió en la prueba de cargo definitiva y en la ventana a una mente profundamente perturbada.


La detención se produjo poco después, gracias a la labor policial y a que la arrogancia de Rosado dejó cabos sueltos. Cuando la policía registró la habitación de Javier, encontró el diario, literatura sobre ocultismo y manuales de juegos de rol. La prensa de 1994, ávida de explicaciones sensacionalistas, fusionó estos elementos y bautizó el suceso como "El Crimen del Rol".

Se desató entonces una de las mayores alarmas sociales injustificadas de la historia de España. Los telediarios y tertulias criminalizaron los juegos de rol, presentándolos como fábricas de asesinos y sectas destructivas. Se ignoró deliberadamente que Rosado era un psicópata narcisista que habría usado cualquier excusa —el ajedrez, el cine o la literatura— para justificar sus impulsos. Los jugadores de rol de todo el país tuvieron que esconder sus manuales por miedo al rechazo social.

El juicio fue un espectáculo. Javier Rosado se mostró altivo, desafiante y carente de cualquier remordimiento. Analizaba su propio crimen como si fuera un observador externo, corrigiendo a los abogados y mostrando una superioridad intelectual impostada. Félix Martínez, el menor, se mostró más sumiso, encajando en el perfil de la personalidad dependiente que había sido manipulada por la mente maestra de Rosado.


Las sentencias llegaron en 1997. Javier Rosado fue condenado a 42 años y dos meses de prisión por asesinato con alevosía. Félix Martínez, juzgado bajo la ley del menor de la época pero con severidad, recibió una condena de 12 años de internamiento. La justicia determinó que, aunque Félix fue el brazo ejecutor en gran medida, la autoría intelectual y el dominio del hecho pertenecían a Rosado.

El paso de Javier Rosado por prisión fue, paradójicamente, una historia de "éxito" penitenciario. Aislado del resto de presos comunes que lo despreciaban, se refugió en los libros. Durante su condena, completó tres licenciaturas: Químicas, Matemáticas e Ingeniería Informática, obteniendo calificaciones sobresalientes. Se convirtió en el preso con mayor nivel académico de España, utilizando el estudio como una forma de mantener su estatus de "superioridad".

Félix Martínez tuvo un recorrido diferente. Cumplió su condena y salió en libertad a principios de la década de 2000. Se reintegró en la sociedad de forma discreta, estudió Física y ha llevado una vida totalmente anónima, alejada de los focos, logrando esa "segunda oportunidad" que el sistema promete a los menores infractores.


Javier Rosado comenzó a disfrutar de permisos penitenciarios en 2008, tras cumplir 14 años de condena efectiva. Finalmente, obtuvo la libertad definitiva en 2010. Al salir, se encontró con un mundo que había cambiado. Intentó publicar un libro titulado "A la sombra de la espada", una especie de tratado filosófico y autobiográfico, pero el rechazo editorial y social fue unánime.

A fecha de enero de 2026, Javier Rosado tiene 52 años, la misma edad que tenía su víctima, Carlos Moreno, cuando lo mataron. Vive en Madrid y trabaja en el sector privado, posiblemente vinculado a la informática o la química, bajo un perfil bajo. Quienes han coincidido con él lo describen como un hombre educado, eficiente, pero distante y frío.

El estigma sobre los juegos de rol tardó décadas en borrarse. Hoy, en 2026, con la cultura "geek" normalizada y el rol siendo una actividad de ocio masiva y educativa, el caso se analiza con la perspectiva correcta: el problema nunca fueron los dados ni los manuales, sino la mente de quien los empuñaba.

Carlos Moreno, el hombre olvidado entre tanto debate sociológico, dejó una viuda y tres hijos cuya vida se rompió esa noche. Para ellos, la reinserción de los asesinos es una realidad legal difícil de digerir. La familia siempre mantuvo la dignidad, pidiendo que no se olvidara el nombre de su padre frente al protagonismo del asesino "genio".

El crimen de Manoteras sigue siendo un caso de estudio en criminología sobre la psicopatía integrada. Rosado no estaba loco en el sentido legal; sabía distinguir el bien del mal, pero eligió el mal porque le resultaba más estimulante intelectualmente. Su supuesta inteligencia superior solo sirvió para cometer un acto de estupidez suprema.


Treinta y dos años después, el "juego" ha terminado. Los asesinos están libres, integrados y con títulos universitarios. Pero en la hemeroteca y en la memoria de Madrid, siempre serán los arquitectos de una partida tramposa donde mataron a un hombre bueno solo para ver qué se sentía.

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