Moraña, Pontevedra. 31 de julio de 2015. En la apacible localidad gallega se preparaban para las fiestas de verano, pero en una casa unifamiliar del lugar de O Casal, se estaba ejecutando el crimen más atroz que Galicia recordaría en décadas. David Oubel, un agente inmobiliario y traductor de 40 años, tenía a sus dos hijas, Candela (9 años) y Amaia (4 años), pasando las vacaciones con él tras su reciente divorcio. Lo que parecía un periodo de visitas normal era, en realidad, la cuenta atrás de una venganza meticulosamente planeada.
La relación de David con su exmujer, Rocío Viéitez, era tensa pero no hacía presagiar tal nivel de violencia física. Sin embargo, la mente de Oubel, descrita posteriormente por los psiquiatras como narcisista y psicopática, no toleraba la pérdida de control que suponía la separación. Decidió que si él no podía tener la familia perfecta, nadie la tendría, y que infligiría a Rocío el mayor dolor posible: la muerte de las niñas.
La premeditación fue absoluta y escalofriante. Días antes del crimen, David acudió a una ferretería local. Allí compró una sierra radial eléctrica. Testigos recordarían después cómo preguntó al dependiente específicamente por un disco de corte que fuera potente y eficaz, con la excusa de cortar madera o realizar obras domésticas. En realidad, estaba comprando el arma homicida para usarla contra la carne de sus propias hijas.
La mañana del crimen, David preparó el escenario. Cerró todas las puertas y ventanas de la casa con llave y bajó las persianas, convirtiendo el hogar en un búnker insonorizado. Para evitar que las niñas se resistieran o gritaran, les preparó un desayuno mezclado con una dosis masiva de fármacos sedantes y relajantes musculares. Esperó pacientemente a que los medicamentos hicieran efecto y las pequeñas quedaran sumidas en un sopor indefenso.
Lo que ocurrió a continuación es de una brutalidad difícil de escribir. Con las niñas aturdidas o inconscientes, Oubel utilizó la sierra radial y un cuchillo de cocina para degollarlas. La violencia empleada fue extrema, asegurándose de que la muerte fuera inevitable. No hubo un momento de arrepentimiento; completó la ejecución de ambas hermanas con la frialdad de quien realiza un trámite burocrático.
Tras consumar el doble parricidio, Oubel no intentó huir. Su objetivo era que el mensaje llegara alto y claro a su destinataria. Envió una carta o correo electrónico a Rocío (y contactó con familiares) con frases que destilaban odio puro, insinuando que había "cambiado los planes" y que ella iba a sufrir las consecuencias. Luego, se metió en la bañera con cortes superficiales en las muñecas, en un simulacro de suicidio que los forenses calificaron de teatral y cobarde, pues no ponía en riesgo su vida real.
La Guardia Civil, alertada por el entorno, tuvo que derribar la puerta para entrar. Se encontraron a Oubel ensangrentado pero vivo, y en las habitaciones contiguas, los cuerpos de Candela y Amaia. La noticia corrió como la pólvora, y cuando Oubel fue sacado de la casa detenido, los vecinos intentaron lincharlo, gritándole "asesino" mientras él mantenía una mirada desafiante y arrogante, sin bajar la cabeza.
Rocío Viéitez, la madre, recibió la noticia como un golpe mortal. Su vida se detuvo ese 31 de julio. Tuvo que enfrentarse no solo al duelo imposible de perder a sus dos hijas a la vez, sino al proceso judicial de ver la cara del hombre que las había matado para destruirla a ella. Se convirtió en un símbolo de la lucha contra la violencia vicaria en España.
El juicio se celebró en julio de 2017 en la Audiencia de Pontevedra. Fue un proceso histórico. La Fiscalía y la acusación particular solicitaron la pena de Prisión Permanente Revisable (PPR), una figura penal que había sido introducida en el Código Penal español en 2015 y que aún no se había aplicado. El caso de Oubel encajaba perfectamente en los supuestos: asesinato de menores de 16 años con alevosía y agravante de parentesco.
David Oubel confesó los hechos durante el juicio, aunque alegó, sin éxito, sufrir un trastorno mental transitorio. El jurado popular no tuvo piedad ni dudas. Fue declarado culpable por unanimidad. El tribunal dictó sentencia: prisión permanente revisable. David Oubel se convirtió oficialmente en el primer recluso de la democracia española en recibir esta condena, diseñada para los crímenes más horrendos.
Ingresó en el Centro Penitenciario de Villahierro, en Mansilla de las Mulas (León), una cárcel de máxima seguridad donde se suele destinar a presos de alto perfil o conflictivos. Su vida en prisión ha estado marcada por el aislamiento social. En el código carcelario, los asesinos de niños ocupan el escalafón más bajo y son objetivo constante de agresiones, por lo que Oubel ha pasado gran parte de su tiempo en módulos de respeto o aislamiento, protegido de otros internos.
A fecha de enero de 2026, David Oubel lleva cumplidos 10 años y medio de condena. A pesar de haber pasado una década, su situación penitenciaria es inamovible. La naturaleza de la Prisión Permanente Revisable establece que no podrá acceder al tercer grado hasta haber cumplido un mínimo de 15 o 20 años efectivos, y la suspensión de la pena (la "revisión") no se planteará hasta que haya cumplido al menos 25 o 30 años de encierro.
Esto significa que, en 2026, Oubel está lejos de ver la luz del sol. Sigue en su celda, dedicando el tiempo a la lectura y manteniendo, según reportes de funcionarios, esa actitud altiva y distante que lo caracterizó desde el primer día. No ha mostrado signos públicos de arrepentimiento genuino que hayan trascendido, manteniendo su perfil de psicópata narcisista.
Para Rocío Viéitez, estos diez años han sido una travesía por el desierto. Ha luchado por mantener viva la memoria de Amaia y Candela, participando en actos contra la violencia machista y vicaria. Su fortaleza ha servido de inspiración para endurecer las leyes de protección al menor en casos de divorcios conflictivos.
El caso de Moraña cambió la percepción social sobre los padres asesinos. Hasta entonces, costaba creer que un padre pudiera matar a sus hijos solo por hacer daño a la madre. Oubel demostró que el mal absoluto existe y que a veces duerme en la habitación de al lado.
Hoy, la casa de O Casal sigue siendo un lugar maldito en la memoria de Galicia. David Oubel pasará a la historia no como padre, sino como el verdugo de la radial. En 2026, la justicia sigue cumpliendo su promesa: el monstruo sigue encerrado, y la sociedad espera que la llave se haya perdido para siempre.
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