En 1997, Martin Verfondern y Margo Pool, una pareja de nacionalidad holandesa y alemana, llegaron a la remota aldea de Santoalla, en el municipio ourensano de Petín. Buscaban un contacto puro con la naturaleza, un lugar donde vivir de la tierra y criar ganado lejos del ruido de la civilización moderna. Compraron una casa en ruinas y la restauraron con sus propias manos, soñando con un proyecto de vida ecológico que llamaron "Centro Amel". Sin embargo, no estaban solos en aquel rincón olvidado de Galicia; la única otra casa habitada pertenecía a la familia Rodríguez.
Al principio, la convivencia fue cordial, pero la dinámica se torció irremediablemente cuando entraron en juego los intereses económicos. La aldea poseía montes comunales, y los beneficios de la venta de madera y, sobre todo, la posible instalación de un parque eólico, desataron la codicia. La familia Rodríguez, encabezada por el patriarca Manuel, conocido como "O Gafas", y su esposa Jovita, consideraba que Santoalla era suya por derecho ancestral y veía a los extranjeros como intrusos que venían a arrebatarles lo que les pertenecía.
El conflicto escaló de las malas caras a la guerra abierta. Martin, un hombre de carácter fuerte y directo, reclamó sus derechos como vecino legal para participar en el reparto de los beneficios comunales. Esto enfureció a los Rodríguez, especialmente a los hijos, Juan Carlos y Julio. Juan Carlos, un hombre con una discapacidad intelectual reconocida pero experto cazador, y Julio, el hermano que actuaba como cerebro en la sombra, comenzaron una campaña de hostigamiento sistemático.
La tensión se volvió insoportable. Martin comenzó a grabar los encuentros con sus vecinos, documentando amenazas veladas y agresiones verbales. En una ocasión, Juan Carlos llegó a decirle: "Ya estás gordo para matarte", una frase que resonaría después como una sentencia de muerte anticipada. Martin acudió a la Guardia Civil y a los medios de comunicación, denunciando que temía por su vida y señalando directamente a "O Gafas" y sus hijos como los responsables si algo le sucedía. Nadie pudo o supo protegerlo a tiempo.
El 19 de enero de 2010, el silencio de Santoalla se tragó a Martin. Salió en su Chevrolet Blazer para hacer unas compras en el pueblo cercano y nunca regresó. Margo, acostumbrada a la dureza del entorno pero no a la ausencia de su marido, denunció la desaparición. La Guardia Civil inició las batidas, pero la orografía complicada y la falta de pistas sólidas hicieron que el caso se enfriara rápidamente. En la aldea, los Rodríguez continuaron con su rutina, impasibles, mientras Margo esperaba sola en la casa de al lado.
Durante cuatro años, el misterio de la desaparición del "holandés de Petín" alimentó rumores y leyendas. Se habló de una fuga voluntaria, de un accidente en un barranco o de un ajuste de cuentas. Pero Margo siempre sostuvo que Martin no se había ido; afirmaba que estaba en la aldea, o muy cerca, y que sus vecinos sabían exactamente dónde. La viuda mantuvo una convivencia gélida y aterradora con los sospechosos, cruzándose con ellos cada día sabiendo que ocultaban la verdad.
El giro dramático llegó en junio de 2014, gracias a un incendio forestal en una zona remota y de difícil acceso a unos 12 kilómetros de la aldea. Un helicóptero de la Guardia Civil que revisaba el terreno quemado avistó algo metálico que brillaba entre las cenizas. Al descender, confirmaron que se trataba del Chevrolet Blazer de Martin, parcialmente calcinado. Junto al vehículo, aparecieron restos óseos dispersos por la fauna y un ordenador portátil.
El análisis de ADN confirmó que los restos pertenecían a Martin Verfondern. La autopsia de los huesos reveló la causa de la muerte: un disparo de escopeta. La teoría del accidente se desmoronó y la de la fuga también. Había sido una ejecución. La Guardia Civil centró entonces toda su presión sobre los hermanos Rodríguez, encontrando contradicciones y, finalmente, logrando romper el pacto de silencio familiar.
En diciembre de 2014, Juan Carlos Rodríguez, presionado por las evidencias y quizás por la carga de conciencia, confesó el crimen. Relató que se encontró con Martin en el camino, que discutieron porque el holandés bajó la ventanilla del coche y que, en un arrebato, le disparó con su escopeta de caza. Martin murió en el acto dentro de su vehículo. Pero Juan Carlos no actuó solo en lo que vino después.
Su hermano Julio llegó al lugar poco después. Lejos de denunciar el hecho, decidió proteger a su hermano y a la familia. Julio tomó el control de la situación: condujo el coche con el cadáver de Martin hasta el pinar apartado donde fue hallado años después, y allí intentó prenderle fuego para borrar huellas. Durante cuatro años, los hermanos guardaron el secreto, comiendo y durmiendo a pocos metros de la mujer del hombre que habían asesinado.
El juicio se celebró en 2018 en la Audiencia Provincial de Ourense. El jurado popular declaró culpable de asesinato a Juan Carlos, pero apreció la atenuante de su discapacidad intelectual, lo que rebajó considerablemente la pena. Fue condenado a 10 años de prisión. La situación de Julio fue aún más polémica jurídicamente: aunque se probó su participación en el encubrimiento, el Código Penal español exime de responsabilidad criminal a los encubridores que sean parientes cercanos (hermanos, padres, hijos) del autor del delito. Julio quedó, en la práctica, impune penalmente por encubrir el asesinato.
La sentencia generó un profundo debate social sobre la justicia en el ámbito rural y la protección de los encubridores familiares. Juan Carlos ingresó en prisión, pero debido a la duración de la condena y al tiempo pasado en preventiva, comenzó a disfrutar de permisos penitenciarios relativamente pronto. Se le denegó el indulto en 2019, pero el sistema siguió su curso ordinario de cumplimiento.
Llegado enero de 2026, la situación judicial del caso está liquidada. Juan Carlos Rodríguez ha cumplido íntegramente su condena de 10 años y es, a todos los efectos legales, un hombre libre que ha saldado su deuda con la sociedad. La familia Rodríguez ha mantenido un perfil bajo, pero la mancha del crimen sigue indeleble en la historia de la comarca de Valdeorras.
Lo que hace este caso único no es solo el crimen, sino la resistencia de Margo Pool. A pesar de saber que sus vecinos mataron a su marido, ella decidió no marcharse. Se quedó en Santoalla, sola, cuidando de sus cabras y de la memoria de Martin. "Él murió por este sueño, no voy a abandonarlo yo ahora", declaró en múltiples ocasiones. Margo sigue allí en 2026, recibiendo a veces a voluntarios y curiosos atraídos por la fama del caso.
El impacto cultural del crimen ha sido inmenso. La película "As Bestas" (2022) de Rodrigo Sorogoyen y el documental "Santoalla" llevaron la historia a nivel mundial, convirtiendo el conflicto de Petín en un símbolo universal de la xenofobia, el choque cultural y la violencia rural. Sin embargo, para Margo, no es cine; es su vida diaria.
Hoy, Santoalla sigue siendo un lugar de belleza sobrecogedora y silencio denso. En el cementerio improvisado de la aldea descansan los restos de Martin, finalmente recuperados. Margo Pool continúa siendo la guardiana de esas ruinas, demostrando una fortaleza humana que supera la ficción. La justicia legal ha cerrado el expediente, pero la justicia moral sigue flotando en el aire de esos montes, donde un hombre fue cazado como una bestia por querer ser un vecino más.
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