El domingo 3 de abril de 2022, la localidad valenciana de Sueca se despertó con una rutina aparente que escondía una bomba de relojería burocrática y emocional. Jordi, un niño que acababa de cumplir 11 años, se encontraba en el domicilio de su padre, José Antonio A.C., cumpliendo con el régimen de visitas establecido por un juzgado. Nadie protegió al menor ese día, a pesar de que sobre su padre pesaba una condena reciente por malos tratos hacia su madre. La puerta del piso se cerró y comenzó el infierno.
Lo que ocurrió en el interior de esa vivienda no fue un arrebato de locura, sino la culminación de un plan de venganza fría y calculada. José Antonio había advertido a su exmujer, Mari, que a partir de ese momento iba a "ser malo" de verdad. Su objetivo no era simplemente matar, sino destruir psicológicamente a la mujer que había decidido divorciarse de él. Y para ello, eligió el instrumento más cruel posible: la vida de su único hijo.
La autopsia reveló una brutalidad que estremeció a los forenses más veteranos. El cuerpo de Jordi presentaba un total de 68 heridas. De ellas, 27 fueron puñaladas profundas y letales dirigidas al cuello, el tórax y la cabeza. Las otras 41 eran cortes de defensa en sus brazos y manos, testimonio mudo de que el niño, lejos de morir al instante, luchó desesperadamente por su vida intentando frenar el cuchillo de cocina que empuñaba su propio padre.
Hubo un detalle de sadismo extremo que marcó el juicio posterior. Durante el ataque, o instantes previos al desenlace fatal, se produjo una comunicación telefónica. El padre se aseguró de que la madre fuera consciente de lo que estaba ocurriendo, convirtiéndola en testigo auditivo de la agonía de su hijo. Quería que ese sonido la persiguiera para siempre, cumpliendo así su promesa de causarle "el mayor dolor imaginable".
Cuando la Guardia Civil, alertada por la madre y los vecinos, logró acceder a la vivienda, ya era tarde. Encontraron al agresor esperando, con una calma perturbadora, y al niño fallecido. José Antonio fue detenido in situ, sin mostrar arrepentimiento, reconociendo los hechos con la frialdad de quien ha completado una misión. Desde ese mismo momento, el caso se catalogó como el paradigma de la violencia vicaria: dañar a la mujer a través de los hijos.
El crimen destapó una falla imperdonable en el sistema judicial español. Se supo que, meses antes, un juzgado de violencia sobre la mujer había condenado a José Antonio por maltrato y había dictado una orden de alejamiento respecto a la madre. Sin embargo, debido a una falta de coordinación informática y procesal, el juzgado de familia que tramitaba el divorcio no tuvo constancia de esta condena y ratificó un convenio de custodia compartida. Un error burocrático que dejó a Jordi a merced de su verdugo.
El juicio se celebró finalmente en enero de 2024 en la Audiencia Provincial de Valencia ante un jurado popular. Las sesiones fueron devastadoras para la familia materna. Los peritos confirmaron que no existía ninguna enajenación mental transitoria; José Antonio sabía perfectamente lo que hacía y quería hacerlo. Actuó con alevosía, aprovechando la indefensión del niño, y con ensañamiento, aumentando deliberadamente su sufrimiento.
El veredicto fue unánime: culpable. La sentencia impuso la máxima pena privativa de libertad contemplada en el Código Penal español: la prisión permanente revisable. El tribunal consideró probado que se trató de un asesinato hiperagravado por la edad de la víctima y el parentesco, sumado a un delito de lesiones psíquicas graves contra la madre.
La defensa del parricida intentó apelar, buscando resquicios legales para rebajar la condena a un homicidio o eliminar la permanente revisable. El caso recorrió las instancias superiores, pasando por el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJCV), que ratificó la sentencia inicial, rechazando todos los argumentos del condenado sobre una supuesta falta de imparcialidad del jurado.
Finalmente, en junio de 2025, el Tribunal Supremo dictó la sentencia definitiva que cerraba cualquier vía de escape. El Alto Tribunal confirmó íntegramente la prisión permanente revisable, sentando jurisprudencia sobre la aplicación de esta pena en casos de violencia vicaria con ensañamiento. Fue el punto final jurídico a tres años de batalla legal.
A día de hoy, en enero de 2026, José Antonio A.C. cumple su condena en una cárcel de máxima seguridad, clasificado en primer grado. Su horizonte penitenciario es negro: no podrá optar a ningún tipo de permiso hasta haber cumplido un mínimo de 22 años de prisión efectiva, y la revisión de su condena no se planteará hasta dentro de varias décadas, con pocas probabilidades de éxito dado su perfil.
Para Mari, la madre de Jordi, la sentencia ha traído la paz de la justicia, pero no el consuelo. Recibió una indemnización de 500.000 euros por daños morales, una cifra que, como ella misma ha expresado, "no vale ni un minuto de la vida de mi hijo". Su lucha ahora se centra en que el error judicial que permitió el crimen no se repita con ningún otro niño.
El caso de Jordi impulsó reformas en los protocolos de comunicación entre juzgados. Se implementaron alertas automáticas obligatorias en el sistema VIOGEN para que ningún juez de familia pueda desconocer antecedentes de violencia de género al decidir sobre custodias. Es el triste legado de un niño que pagó con su vida la desconexión de la administración.
En Sueca, el recuerdo de Jordi sigue vivo. Sus compañeros de colegio, que ahora tendrían 15 años, ya no son niños, pero no olvidan el pupitre vacío de aquel abril de 2022. El municipio realiza actos anuales en repulsa de la violencia vicaria, recordando que los niños no son propiedades ni herramientas de los adultos.
La figura de José Antonio ha quedado relegada a la de un monstruo de la crónica negra. Su intento de justificar el crimen como un acto de desesperación o locura se desmoronó ante la evidencia de los 68 cortes. No buscaba morir él; buscaba que su exmujer viviera muerta en vida.
Jordi descansa hoy lejos del dolor, pero su historia es una advertencia permanente. Nos recuerda que la violencia machista tiene muchas caras, y a veces, la más cruel es la que te sonríe al recoger a tu hijo un fin de semana cualquiera, escondiendo un cuchillo detrás de la espalda.
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