La Lección de Sangre: El Martirio de la Pequeña Naiara



Sabiñánigo, Huesca. Julio de 2017. En una casa aparentemente normal de este municipio del Prepirineo aragonés, una niña de ocho años llamada Naiara Briones vivía una pesadilla que nadie detectó a tiempo. Naiara no vivía con su madre biológica, Mariela, quien había perdido la custodia temporalmente, sino con su tío político, Iván Pardo Pena, y los padres de este, Nieves y Carlos (abuelastros de la niña). Lo que debía ser un hogar de acogida familiar se transformó en una cámara de los horrores donde la "educación" era sinónimo de tortura.

Iván Pardo, de 33 años en aquel momento, se había obsesionado con el rendimiento escolar y el comportamiento de la niña. Bajo la excusa de que Naiara era "vaga" o "rebelde", instauró un régimen de castigos físicos y psicológicos brutales. La niña vivía aterrorizada, sometida a una disciplina militar que incluía privación de sueño, golpes y humillaciones constantes por no saberse las lecciones del colegio.

El método de tortura predilecto de Iván era lo que él llamaba "la técnica". Consistía en obligar a Naiara a permanecer de rodillas sobre granos de sal gorda, ortigas o grava (piedras pequeñas de construcción) durante horas. La niña debía aguantar el dolor insoportable en sus rodillas mientras estudiaba, y si se movía o se quejaba, recibía golpes, patadas o descargas eléctricas.

El 6 de julio de 2017, la situación alcanzó el punto de no retorno. Naiara llevaba días siendo castigada. Según la investigación, había pasado la noche anterior sin dormir, obligada a estar de rodillas estudiando. Aquella mañana, Iván perdió el control total. Ante la supuesta pasividad de la niña para estudiar, desató una paliza salvaje. La golpeó en la cabeza, la zarandeó y la arrojó contra el suelo y los muebles.


En la casa también se encontraban los abuelastros, Nieves Pena y Carlos Pardo. Nieves estaba presente en la habitación o en las inmediaciones durante la agresión mortal, pero no intervino para frenar a su hijo. Lejos de proteger a la niña, consintió el castigo, participando de esa atmósfera de violencia doméstica normalizada. Carlos, el abuelastro, aunque estaba en la vivienda, mantuvo una actitud pasiva, ignorando los gritos de auxilio silenciosos de la menor.

Tras la paliza, Naiara quedó inconsciente. Iván, asustado no por la vida de la niña sino por las consecuencias legales, tardó en llamar a los servicios de emergencia. Cuando finalmente lo hizo, intentó coartar la realidad: dijo que la niña se había caído por las escaleras. Sin embargo, cuando los médicos llegaron, las lesiones de Naiara gritaban una verdad muy distinta a la de un accidente doméstico.

Naiara fue trasladada en helicóptero al Hospital Miguel Servet de Zaragoza en estado crítico. Los médicos no solo vieron el traumatismo craneoencefálico severo que le costaría la vida, sino un mapa de dolor en su cuerpo: las rodillas estaban en carne viva por la grava, tenía hematomas de diferentes fechas y signos de malnutrición y estrés crónico. Naiara falleció el 7 de julio de 2017.

La autopsia fue demoledora y sirvió para detener inmediatamente a Iván Pardo. El informe forense detalló un sufrimiento prolongado y agónico. No fue un arrebato de un día; fue una ejecución lenta. La Guardia Civil encontró en el domicilio la grava, las ortigas y los grilletes que usaban para inmovilizarla, pruebas irrefutables del sadismo del tío.


El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Huesca en 2018. Iván Pardo reconoció parcialmente los hechos pero intentó minimizar su intención de matar. Sin embargo, el jurado popular fue implacable. Se le condenó a Prisión Permanente Revisable (PPR) por asesinato con ensañamiento y alevosía sobre una persona especialmente vulnerable. Fue una de las primeras aplicaciones firmes de esta pena en Aragón.

La situación judicial de los abuelos fue más compleja y objeto de recursos hasta 2021. Nieves Pena, la abuelastra, fue considerada inicialmente autora por omisión, pero finalmente el Tribunal Supremo ratificó su condena como cómplice de asesinato, imponiéndole una pena de 12 años y medio de prisión. La justicia entendió que su presencia y falta de acción reforzaron la violencia de su hijo. Carlos Pardo, el abuelastro, fue condenado a 2 años de prisión por malos tratos habituales, pero absuelto del asesinato.

El padre biológico de Naiara, Manuel Briones, viajó desde Chile para personarse en la causa, convirtiéndose en la voz de la indignación. Lamentó profundamente que el sistema de protección de menores hubiera fallado al entregar a su hija a una familia de verdugos sin la supervisión adecuada.

Llegado enero de 2026, la situación de los condenados es muy distinta. Iván Pardo continúa en prisión, cumpliendo su condena de Prisión Permanente Revisable. Lleva casi 9 años encarcelado. Al ser una pena permanente, su primera revisión para acceder a un posible tercer grado no se contempla hasta que haya cumplido un mínimo de 15 a 18 años de condena efectiva, y la revisión de la libertad condicional queda aún muy lejos (25 años). Sigue siendo un preso de larga duración, aislado de la sociedad.

Por su parte, Nieves Pena, la abuelastra, se encuentra en una fase muy avanzada de su condena. Habiendo sido condenada a 12 años y medio e ingresado en prisión (con los periodos preventivos) hacia 2017/2018, en 2026 ha cumplido aproximadamente las dos terceras partes o tres cuartas partes de su pena. Esto implica que actualmente disfruta de un régimen de tercer grado o libertad condicional, viviendo fuera de la prisión o acudiendo solo a dormir, preparando su libertad definitiva.

Carlos Pardo, el abuelastro, saldó su cuenta con la justicia (2 años) hace tiempo y se encuentra en libertad, viviendo bajo el estigma social en la región, donde el apellido Pardo quedó marcado por la infamia.

El caso de Naiara supuso un terremoto en los protocolos de los servicios sociales de Aragón. Se cuestionó cómo nadie —ni el colegio, ni los vecinos, ni los trabajadores sociales— detectó el nivel de degradación que sufría la niña. Naiara iba a clase con las rodillas vendadas, y nadie hizo las preguntas correctas a tiempo.

Hoy, la tumba de Naiara en Sabiñánigo sigue recibiendo flores, muchas veces de desconocidos. El pueblo no olvida a la niña de los ojos grandes que soñaba con ser feliz y que encontró la muerte en su propio cuarto de estudio.

El legado de este crimen es una advertencia permanente sobre la violencia intrafamiliar oculta. Iván Pardo intentó enseñar una lección a Naiara, pero fue Naiara quien, con su muerte, enseñó a España la lección más dolorosa: que los monstruos no viven bajo la cama, sino que a veces son quienes te arropan por la noche.

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