La Mirada Violeta: Crónica Definitiva del Caso Laura Luelmo



El Campillo, Huelva. Diciembre de 2018. Laura Luelmo, una joven profesora zamorana de 26 años, había llegado al sur con la ilusión de una sustitución en un instituto de Nerva. Alquiló una pequeña casa en la calle Córdoba de El Campillo, buscando tranquilidad y cercanía a su trabajo. No podía saber que esa elección de vivienda sellaría su destino: la casa de enfrente estaba habitada ocasionalmente por Bernardo Montoya, un criminal reincidente que acababa de salir de prisión tras cumplir condena por asesinar a una anciana en 1995.

El miércoles 12 de diciembre, Laura habló con su novio por teléfono y luego salió de casa, presumiblemente para hacer compras o deporte, una rutina habitual en ella. Fue la última vez que se tuvo contacto. Cuando no acudió a trabajar al día siguiente ni respondió a las llamadas, la alarma saltó de inmediato. Sus padres, desde Zamora, sabían que Laura no era una persona que desapareciera voluntariamente.

La Guardia Civil y los vecinos organizaron batidas masivas por la comarca de la Cuenca Minera. Mientras tanto, los agentes centraron su atención discretamente en el vecino de enfrente. Bernardo Montoya, de 50 años, les observaba desde su puerta e incluso llegó a preguntar a los investigadores si había novedades, con una frialdad que despertó sospechas inmediatas dado su historial delictivo.


El 17 de diciembre, cinco días después de su desaparición, un voluntario encontró ropa de mujer en una zona de matorrales conocida como "Las Mimbreras", a las afueras del pueblo. A pocos metros, oculto bajo ramas y semidesnudo, apareció el cuerpo sin vida de Laura Luelmo. La esperanza se rompió y la investigación pasó de búsqueda a caza del asesino.

La autopsia reveló una crueldad extrema. Laura había muerto a causa de un fuerte traumatismo craneoencefálico, un golpe brutal en la frente propinado con un objeto contundente (posiblemente una piedra o palo). Sin embargo, el dato más desgarrador fue la data de la muerte: Laura no murió el día de su secuestro, sino que falleció entre dos y tres días después. Esto implicaba una agonía solitaria en el lugar donde fue abandonada o un cautiverio previo.

Las pruebas forenses también confirmaron que había sufrido una agresión sexual completa, desmintiendo las versiones posteriores del acusado. El ADN de Bernardo Montoya fue hallado en el cuerpo de la víctima y en la vivienda del sospechoso, donde la Guardia Civil encontró restos de sangre fregados con lejía pero revelados por las luces forenses.


Bernardo Montoya fue detenido el 18 de diciembre cuando intentaba huir campo a través, sabiéndose acorralado. En su primer interrogatorio confesó el crimen, admitiendo que la abordó, la metió a la fuerza en su casa, la golpeó y la llevó en el maletero hasta el campo. Dijo que "se le fue la cabeza" al verla. Sin embargo, meses después, cambió su estrategia y acusó falsamente a una expareja suya de haber matado a Laura por celos, una versión que no se sostenía con ninguna prueba.

El juicio se celebró finalmente en noviembre de 2021 en la Audiencia Provincial de Huelva. Fue un proceso blindado, celebrado a puerta cerrada para proteger la intimidad de la víctima y evitar el morbo mediático sobre los detalles de la autopsia. Bernardo Montoya se sentó en el banquillo mostrando una actitud desafiante y sin arrepentimiento real, insistiendo en su inocencia sobre la violación a pesar de la evidencia científica.

El jurado popular fue unánime: culpable de detención ilegal, agresión sexual y asesinato. La sentencia fue histórica para la provincia de Huelva. Se le condenó a la pena de Prisión Permanente Revisable (PPR) por el asesinato, sumada a otros 17 años y medio de cárcel por los delitos previos. La justicia determinó que era un depredador sin posibilidad de reinserción que debía ser apartado de la sociedad indefinidamente.


La defensa de Montoya recurrió al Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) y posteriormente al Tribunal Supremo, alegando indefensión por la celebración del juicio a puerta cerrada. Sin embargo, todas las instancias ratificaron la condena. A fecha de enero de 2026, la sentencia es firme y no admite más recorridos ordinarios.

Actualmente, en 2026, Bernardo Montoya cumple su condena en una prisión de máxima seguridad, previsiblemente en Sevilla II (Morón de la Frontera) o en un módulo de aislamiento similar, clasificado como preso de peligrosidad extrema (FIES). Su vida carcelaria es solitaria; es repudiado por el resto de la población reclusa debido a la naturaleza de su crimen (asesinato sexual de una joven), lo que obliga a Instituciones Penitenciarias a mantenerlo bajo medidas especiales de protección.

El horizonte de libertad para Montoya es prácticamente inexistente. Al estar condenado a Prisión Permanente Revisable, no podrá optar a ninguna revisión de su grado o permisos hasta haber cumplido un mínimo de 20 a 25 años de condena efectiva. Teniendo en cuenta su edad y antecedentes, es muy probable que pase el resto de sus días entre rejas.

El caso tuvo una ramificación judicial paralela relacionada con la libertad de prensa. Una periodista fue condenada inicialmente por revelar secretos del sumario, pero en 2024 el TSJA la absolvió, sentando un precedente sobre el derecho a la información en casos criminales, siempre que no se comprometa la investigación.

La familia de Laura recibió una indemnización económica, aunque el dolor es irreparable. Su lucha se centró en que el Estado reconociera su responsabilidad subsidiaria, dado que Montoya era un preso en libertad vigilada que había fallado en su reinserción. Este caso impulsó revisiones en los protocolos de seguimiento de excarcelados peligrosos.

El legado de Laura Luelmo va más allá de la crónica negra. Era una artista talentosa. Días antes de morir, había tuiteado una imagen creada por ella con motivo del 8-M: un ojo violeta llorando. Ese dibujo se convirtió en un icono viral del feminismo en España, usado en pancartas y manifestaciones cada año.


En El Campillo, la casa de la calle Córdoba sigue siendo un recordatorio mudo. Los vecinos no olvidan a la chica que solo quería enseñar plástica y que se cruzó con la peor cara del sistema penitenciario. Laura no tuvo oportunidad de correr, pero su memoria ha conseguido que la puerta de la celda de su asesino no se vuelva a abrir.

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