La Trampa del Deseo: 20 Años de Cárcel por los 118 Navajazos de Sant Adrià


La Audiencia de Barcelona ha sido testigo esta semana de enero de 2026 de la resolución de uno de los crímenes más salvajes y perturbadores de la crónica negra reciente en Cataluña. En una vista marcada por la tensión y el dolor contenido, una mujer vecina de Sant Adrià de Besòs ha aceptado una condena de 20 años de prisión tras reconocer haber asesinado a su pareja sentimental. La cifra que ha resonado en la sala judicial es de una brutalidad difícil de digerir: la víctima recibió 118 navajazos en un ataque de furia que comenzó bajo la falsa promesa de un juego íntimo.

Los hechos que ahora encuentran sentencia se remontan a la madrugada de una noche de 2023, en el domicilio que la pareja compartía en el barrio de Sant Adrià. La relación, que de cara a la galería mantenía una apariencia de normalidad, escondía dinámicas que culminaron en una tragedia absoluta. Aquella noche, la acusada orquestó un plan macabro aprovechándose de la confianza ciega de su compañero, transformando el lecho conyugal en un escenario de muerte.

La mecánica del asesinato se basó en una trampa de indefensión total. Según el escrito de la Fiscalía que la mujer ha admitido como cierto ante el tribunal, ella propuso a su pareja realizar un juego sexual para avivar la pasión. La dinámica implicaba que él debía dejarse inmovilizar o tapar los ojos, posiblemente con un antifaz o una venda. El hombre, creyendo que participaba en un acto de complicidad erótica, accedió voluntariamente a colocarse en una situación de vulnerabilidad extrema, anulando cualquier capacidad de reacción.

En el momento en que la víctima quedó indefensa, privada de la visión y confiada en la intimidad del momento, la situación viró del placer al terror en cuestión de segundos. La mujer, lejos de continuar con el juego, se armó con una navaja y desató una tormenta de violencia. No hubo dudas ni titubeos; comenzó un ataque frenético contra el hombre que yacía a su merced, sin posibilidad alguna de defenderse o huir.


El informe forense fue devastador y pieza clave para la acusación. Los peritos contabilizaron hasta 118 heridas incisas y penetrantes distribuidas por el torso, el cuello y las extremidades de la víctima. Esta cifra evidencia lo que jurídicamente se califica como ensañamiento: la acusada no solo buscaba matar, sino que continuó agrediendo el cuerpo mucho más allá de lo necesario, guiada por una ira incontrolable que convirtió la habitación en un escenario dantesco.

La víctima sufrió una agonía que la acusación particular describió como inhumana. Atrapado en la oscuridad de su venda y en la confusión del ataque sorpresa, el hombre falleció desangrado, víctima de la traición de la persona con la que compartía su vida. La navaja se convirtió en la extensión de un odio que estalló de la forma más letal posible aquella madrugada de 2023.

Tras consumar el crimen, la reacción de la mujer no fue la de entregarse inmediatamente. La investigación llevada a cabo por la División de Investigación Criminal (DIC) de los Mossos d'Esquadra reveló intentos de alterar la escena y un comportamiento errático antes de que los servicios de emergencia fueran alertados. Sin embargo, la magnitud de la violencia empleada dejó un rastro de evidencias imposible de ocultar o justificar.

La detención se produjo poco después del hallazgo del cadáver. Las pruebas biológicas recabadas en el domicilio, junto con el arma homicida y las inconsistencias en el relato inicial de la mujer, desmontaron cualquier coartada. Ingresó en prisión provisional por orden judicial, donde ha permanecido hasta la celebración de la vista definitiva en este inicio de 2026.


Durante la fase de instrucción, los peritos evaluaron el estado mental de la acusada para determinar si actuó bajo algún brote psicótico que pudiera atenuar su responsabilidad penal. Los informes concluyeron que, pese a la atrocidad de sus actos, la mujer era consciente de lo que hacía. Sabía que estaba engañando a su pareja con el pretexto del juego y tuvo la voluntad consciente de acabar con su vida de manera cruel.

La Fiscalía solicitaba inicialmente una pena mucho mayor, que podría haber alcanzado la prisión permanente revisable o los 25 años por asesinato con las agravantes de alevosía y ensañamiento. La alevosía quedaba probada por la indefensión generada mediante el engaño del juego sexual, y el ensañamiento por el número desproporcionado de puñaladas asestadas.

Sin embargo, ante la contundencia de las pruebas en su contra y el riesgo real de pasar el resto de su vida entre rejas, la defensa de la acusada optó por negociar un acuerdo de conformidad. En la audiencia celebrada este enero, la mujer ha reconocido íntegramente los hechos. Ha admitido el engaño, la inmovilización y la autoría de las 118 puñaladas, evitando así el escarnio público de un juicio con jurado popular.

El pacto judicial ha fijado la condena en 20 años de prisión firme. Además de la pena privativa de libertad, se le impone un periodo de libertad vigilada posterior a su salida de la cárcel y el pago de una indemnización económica significativa a los familiares de la víctima. La familia del fallecido, aunque devastada, ha aceptado el acuerdo para cerrar el doloroso capítulo legal sin tener que revivir los detalles escabrosos en el estrado.


El caso ha conmocionado profundamente a los vecinos de Sant Adrià de Besòs, un municipio del área metropolitana de Barcelona donde el suceso ha dejado una huella imborrable. La brutalidad de los "118 navajazos" ha roto los esquemas de la violencia doméstica habitual, mostrando una cara del crimen pasional cargada de una frialdad y saña excepcionales.

La sentencia ya es firme y no cabe recurso alguno, dado que ha sido ratificada por conformidad de todas las partes implicadas. La mujer ha sido trasladada de nuevo al centro penitenciario para continuar cumpliendo su condena, de la cual se descontará el tiempo que ya ha pasado en prisión preventiva desde el año 2023.

Este crimen pone sobre la mesa el peligro extremo de las dinámicas de vulnerabilidad cuando se rompe la confianza en la pareja. La víctima entregó su seguridad física creyendo en un momento de intimidad y recibió a cambio una muerte atroz. La traición, más allá de la violencia física, es el elemento moral que más pesa en la condena social de este caso.

Los 118 navajazos quedarán registrados en los archivos de la Audiencia de Barcelona como la medida del horror de aquella noche en Sant Adrià. La justicia ha dictado su última palabra: 20 años de encierro para quien fingió amor y entregó muerte. La mujer que manipuló un juego para ejecutar a su pareja ya no tiene más cartas que jugar; su realidad ahora son los muros de hormigón de su celda.

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