Caso Asunta Basterra: La Noche En Que Santiago Se Quedó Sin Respuestas


Santiago de Compostela aún guarda, entre sus piedras húmedas y sus plazas silenciosas, el nombre de Asunta Basterra: una niña cuya desaparición y muerte sacudieron a Galicia en septiembre de 2013.

Aquel día, según relataron los medios y se recogería después en sede judicial, la rutina parecía seguir su curso: recados, mensajes, trayectos cortos, la normalidad de una tarde que no debería terminar en tragedia.

Asunta, de doce años, no volvió a casa como estaba previsto, y esa ausencia empezó a llenar de ruido un hogar que, de puertas afuera, proyectaba prestigio y control.

La búsqueda inicial tuvo el pulso típico de los primeros minutos: llamadas, prisas, miradas a la calle, la esperanza tonta de que todo se explique con un retraso.

Pero lo que se encontró después —en un camino del entorno de Santiago— convirtió la inquietud en un golpe seco, de esos que dejan a una ciudad entera hablando en voz baja.


A partir de ahí, el caso creció como crecen los que no permiten consuelo: cada detalle parecía importante, cada versión necesitaba un contraste, cada hora añadía una sombra nueva.

La investigación se apoyó en indicios, registros y reconstrucciones, y pronto el foco se posó sobre el círculo más íntimo, algo que en delitos así siempre duele más porque rompe la idea de refugio.

Con el tiempo, y según informaron RTVE y otros medios, la justicia consideró probado un relato: Asunta habría sido sedada y, más tarde, se le habría quitado la vida; un hilo de hechos que el jurado y los tribunales darían por acreditado.

La parte más inquietante no era solo el “qué”, sino el “cómo”: la aparente frialdad de una planificación, la elección de lugares, las explicaciones que se movían de sitio como si buscaran una salida.

En el juicio se habló de movimientos, de horarios, de llamadas y de contradicciones; y de esa sensación, tan difícil de describir, de que la verdad estaba en los márgenes, no en las frases preparadas.


En noviembre de 2015, la Audiencia Provincial condenó a Rosario Porto y Alfonso Basterra a 18 años de prisión por el asesinato de su hija, tal y como recogió El País al informar de la sentencia.

El caso siguió teniendo vida después del veredicto: apelaciones, análisis, preguntas que la calle repetía aunque el expediente ya estuviera cerrado.

Para muchos, la historia quedó marcada por el contraste brutal entre la imagen pública de una familia y el desenlace, como si el decorado hubiera sido parte del engaño.

Y sin embargo, en el centro sigue estando ella: una niña con nombre propio, con días que no volverán, con un futuro que se apagó antes de aprender a defenderse del mundo adulto.

Cuando se revisan las crónicas, conviene recordar que los detalles proceden de lo expuesto en sala y de lo publicado por la prensa: piezas que ayudan a entender, pero que nunca devuelven lo perdido.

Porque al final, más allá de los titulares y de las teorías, queda una certeza incómoda: hay preguntas que la justicia responde con una condena, pero que una ciudad entera seguirá sintiendo como una herida abierta.

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