Marta Del Castillo: 17 Años Sin Cuerpo, Sin Duelo Y Con Demasiadas Versiones


"Solo queremos saber dónde está." En casos así, esa frase no se repite: se aprende a vivir dentro de ella. Marta del Castillo tenía 17 años cuando Sevilla empezó a entender lo que significa perder a alguien sin tener siquiera un lugar donde despedirse.

Era el 24 de enero de 2009. Marta salió de casa y quedó con su entorno cercano para un encuentro que, en apariencia, no debía durar más que unas horas. Esa tarde se convirtió en madrugada y, cuando el teléfono dejó de ser puente, la ausencia empezó a hacerse cuerpo en cada minuto.

Las primeras horas tuvieron la forma de todas las desapariciones: llamadas que no contestan, puertas tocadas, amigos preguntados una y otra vez, y una familia que intenta encontrar una lógica donde ya solo hay miedo. En una ciudad grande, el rastro puede diluirse; en un caso así, el silencio pesa como si fuese una habitación cerrada.

La investigación fue avanzando con registros, declaraciones y detenciones. Con el tiempo, el nombre de Miguel Carcaño quedó asociado al centro del caso: fue el único adulto condenado por el asesinato, mientras el cuerpo de Marta seguía sin aparecer.

El juicio y las decisiones posteriores fijaron una realidad judicial que, aun así, no resolvió lo esencial. Carcaño fue condenado a 21 años y tres meses de prisión por el asesinato, una sentencia que para muchos suena contundente, pero que para la familia no significa descanso mientras la pregunta principal sigue intacta.

Porque este caso no es solo una muerte: es una desaparición dentro de una muerte. Sin cuerpo, la pérdida queda suspendida, como si el duelo no tuviera dónde apoyar el peso. Hay familias que cierran un ataúd; aquí, la despedida quedó secuestrada.

En el relato público se habló durante años de versiones que cambiaban: lugares distintos, explicaciones incompatibles, giros que prometían un ‘ahora sí’ y terminaban rompiéndose. Cada versión nueva no era información: era otro golpe para quien solo pide una verdad estable.



Y alrededor del núcleo del caso quedaron otros nombres que encendieron debates y heridas. Entre ellos, Javier García, conocido como ‘El Cuco’, condenado cuando era menor por encubrimiento, y cuya historia judicial siguió generando polémica con el paso del tiempo.

Con los años, el caso dejó de ser únicamente investigación: se convirtió en memoria colectiva. Cada aniversario volvió a colocar la misma escena en el mismo lugar: Sevilla, una familia, y una ausencia que no se deja archivar aunque el expediente avance.

Ese desgaste no es una palabra bonita. Es una forma de cansancio que no se cura durmiendo: el de levantarse cada día con la esperanza exacta y el miedo exacto, el de volver a escuchar el nombre de tu hija como si fuera noticia ajena, cuando en realidad es tu vida.

En los últimos tiempos, las novedades no han venido como un ‘giro’ espectacular, sino como trámites que, para una familia, significan volver a empezar. Medios han recogido citaciones y decisiones sobre informes periciales ligados al caso, reabriendo discusiones que para ellos nunca se cerraron.

También se ha hablado de cuestiones penitenciarias alrededor de Carcaño y de supuestos objetos prohibidos o traslados de centro. Para quien mira desde fuera puede parecer un detalle. Para una familia que espera una respuesta, cualquier movimiento se siente como señal, como sombra, como posibilidad.

Lo duro es que el paso del tiempo no suaviza la falta de contexto: la endurece. Una persona que llega por primera vez a esta historia necesita entenderlo desde el principio: que hubo un crimen, que hay una condena, y que aun así no hay cuerpo. Esa es la contradicción que mantiene la herida abierta.

En la vida cotidiana de Sevilla, el nombre de Marta quedó ligado a una idea incómoda: que la verdad puede estar cerca y aun así no llegar. Que puede haber condena y, sin embargo, faltar el dato que permitiría descansar.

Por eso este caso sigue resonando. No porque se repita en medios, sino porque representa algo que asusta: la posibilidad de que alguien desaparezca y el mundo siga, mientras una familia se queda detenida en la misma pregunta.



Han pasado 17 años y Marta sigue teniendo 17 en la memoria de quienes la buscan. Hasta que aparezca el ‘dónde’, hasta que exista un lugar real para el duelo, esta historia seguirá siendo lo mismo: una ciudad que recuerda, una familia que resiste y un silencio que todavía debe una verdad.

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