En Las Palmas de Gran Canaria, el barrio de Pedro Hidalgo amaneció el 22 de septiembre de 2021 con la normalidad de siempre: persianas a medio subir, un bar abriendo, voces en la calle. A pocas manzanas, en un piso del barrio de Zárate, alguien llevaba días contando el tiempo atado y en voz baja.
A la víctima la llamaban Nono. Tenía 58 años y una discapacidad psíquica que lo hacía más vulnerable a la presión y al miedo. Quienes lo rodeaban aquella semana no eran desconocidos que pasaron de largo: fueron una pareja que lo captó, lo retuvo y lo convirtió en moneda.
La historia no empezó con un golpe, sino con una idea sucia: quedarse con su pensión. Primero fue el engaño y el coche. Luego la puerta cerrada. Después, la habitación pequeña sin puerta, el somier, el colchón, y el cuerpo amarrado como si una vida pudiera guardarse en un rincón.
Dentro de esa casa no había agua corriente y el aire olía a abandono. Nono permanecía con tobillos y muñecas atados, y cuando los dueños salían, lo sujetaban también al somier para que no escapara. No era solo encierro: era un control que humillaba por dentro.
A veces lo soltaban para obligarlo a limpiar, para moverlo de un cuarto a otro, para recordarle quién mandaba. Los días fueron dejando una rutina enfermiza: llantos, quejidos, pasos por el pasillo, y el silencio de un edificio que siguió respirando como si nada.
El 22 de septiembre, quedó acreditado, la violencia se volvió fulminante. Nono estaba atado. En un momento, su cabeza fue empujada con una fuerza brutal contra la pared y después llegaron patadas, golpes, un cuerpo que ya no podía defenderse ni pedir tregua.
Lo arrastraron a otra habitación y lo dejaron allí, tirado, semidesnudo, agonizando. Esa decisión —la de no socorrer, la de dejar que el tiempo hiciera el resto— pesa en esta historia como una segunda agresión, larga y fría.
Cuando la muerte llegó, en las primeras horas del 23 de septiembre, lo que quedaba era un vacío incómodo: una vida desaparecida por un motivo mezquino. Y la certeza de que el miedo había sido usado como herramienta, día tras día, hasta quebrarlo todo.
En los meses siguientes, el caso empezó a ordenar el horror con nombres y pruebas: trayectos, tiempos, mensajes, y también rastros de tecnología que hoy delatan lo que antes se perdía en la niebla. La realidad deja marcas, incluso cuando alguien intenta borrarlas.
La justicia terminó dibujando un reparto de roles en esa pareja. No se trató de una escena aislada, sino de una convivencia con el cautiverio: acuerdos, presencias, ausencias, y un consentimiento que se volvió tan grave como el acto que no detuvo.
Años después, las decisiones judiciales fueron cerrando puertas. Se confirmó una condena de prisión permanente revisable para él, además de una pena por retenerlo; y para ella, una condena severa por no impedir lo que veía y por participar en el encierro. No es consuelo, pero sí un límite.
En el centro de todo queda Nono, que no puede ser reducido a una etiqueta ni a una cifra. Su nombre real aparece en papeles, pero su vida era otra cosa: un barrio, una rutina, una vulnerabilidad que alguien decidió explotar hasta el final.
Las frases que sobreviven son las que más duelen. "Ayúdame". "Dile que no me pegue". Cuando una súplica así no encuentra respuesta, el crimen deja de ser solo violencia: se convierte en abandono compartido.
Contar este caso no es perseguir el morbo, sino sostener la memoria de quien fue tratado como objeto. Porque en Pedro Hidalgo, en esa semana sin salida, lo que se robó no fue solo una pensión: fue la posibilidad de vivir sin miedo.
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