El enigma de Déborah Fernández: el crimen sin resolver que persigue a Vigo

Era el 30 de abril del año 2002, en Vigo, Galicia.
Déborah Fernández Obregón, una joven de 22 años, salió de su casa tras una discusión con su expareja. Vestía ropa deportiva, llevaba auriculares y recorría, como tantas veces, la zona de Samil para despejar su mente. Nunca volvió.

Su familia denunció la desaparición de inmediato.
Durante diez días, amigos, vecinos y policías se unieron en una búsqueda desesperada. Su rostro apareció en carteles, periódicos y televisiones locales. La esperanza se mantenía viva, hasta que el 10 de mayo de 2002 todo cambió.


Ese día, en una cuneta en O Rosal, apareció el cuerpo de Déborah.
Estaba cuidadosamente colocado, sin signos de violencia evidentes en la superficie. Lo más inquietante era que la escena parecía preparada: el cadáver había sido movido y manipulado antes de ser abandonado en aquel lugar.

Desde el principio, la investigación apuntó a su expareja, un hombre descrito como posesivo y celoso. Las sospechas se intensificaron al descubrir que Déborah había estado bajo un control constante, vigilada en sus rutinas y limitada en sus relaciones. Sin embargo, ninguna prueba fue concluyente.

El caso comenzó a desmoronarse entre errores e irregularidades.
Fallos en la custodia de pruebas, decisiones judiciales cuestionadas y una cadena de negligencias dejaron escapar detalles clave. La investigación pasó de unas manos a otras, perdiendo fuerza con el paso de los años.

La familia Fernández nunca se rindió.
Durante dos décadas han liderado una lucha incansable por la verdad: marchas en la calle, entrevistas en televisión, pancartas en la ciudad y un grito constante contra el olvido. El nombre de Déborah se convirtió en un símbolo de resistencia frente a la injusticia.

En 2022, tras 20 años de sombras, la causa fue reabierta gracias a nuevas periciales y a la presión social. Se revisaron pruebas antiguas con técnicas modernas y se señalaron las graves negligencias cometidas en la investigación inicial. Aunque su expareja continúa siendo el principal sospechoso, hasta hoy no hay una condena firme.


El caso de Déborah Fernández sigue siendo una herida abierta en la justicia española. Cada aniversario se convierte en un recordatorio doloroso de que la verdad aún está enterrada. Para su familia, el paso del tiempo no ha cerrado la herida, sino que la ha hecho más profunda.

Déborah tenía solo 22 años.
Soñaba con viajar, con independizarse, con construir su propio futuro. Pero alguien decidió borrar su camino y esconder la verdad bajo un silencio que se extiende ya por más de dos décadas.

Porque a veces, lo más aterrador no es solo perder a alguien…
sino descubrir que la justicia puede tardar tanto que el dolor se convierte en una condena eterna.

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