Yanina “Mili” Cuello Baladán: la adolescente que fue hasta la plaza de Pando y jamás volvió


La noche del 3 de diciembre de 2016 en Pando, Canelones, parecía una más. Calor de casi verano, gurises en la plaza, celulares vibrando sin parar y padres que ya se saben de memoria la frase: “voy hasta la plaza y ya vengo”. Esa fue exactamente la frase que dijo Yanina Milagros Cuello Baladán, “Mili”, de 16 años, antes de salir de su casa pasadas las 23:30. Caminó nueve cuadras hasta la plaza Constitución. Nunca regresó. Desde esa noche, el caso Yanina Cuello se convirtió en uno de los símbolos más brutales de desaparición y explotación sexual de menores en Uruguay. 

Antes de ser pancarta, volante y consigna feminista, Mili era una adolescente de barrio Estadio. Nació el 21 de junio de 2000, vivía con su familia a pocas cuadras de la plaza de Pando, iba al liceo, jugaba al fútbol en el club Rentistas y salía en la comparsa local Bantú Kndombe. Su ficha oficial de Personas Ausentes la describe con 1,65 de altura, contextura gruesa, piel trigueña, ojos color miel, pelo castaño oscuro, y varios tatuajes: estrellas de colores en el gemelo derecho, una mujer jugando al fútbol y la palabra “Milios” en el gemelo izquierdo, las iniciales “C.E.” en el antebrazo, además de otros en nuca y muñecas que su familia detalla cada vez que la prensa pregunta. 

La reconstrucción de esa noche empieza en casa. Según el relato de su padre, Alfonso Cuello, Yanina ya estaba acostada cuando recibió un mensaje o una llamada en el celular. Se levantó, fue hasta donde estaba su padre y le pidió permiso: “Voy hasta la plaza y ya vengo”. No era algo extraño: la plaza era el punto de encuentro clásico, todos la conocían, “acá en Pando nos conoce todo el mundo, nunca hubo ningún peligro”, diría Alfonso tiempo después. A las tres de la mañana aún pudieron hablar: Mili le dijo por teléfono que estaba en la plaza y que estaba bien. Cuando él se despertó a las ocho y ella no había vuelto, la frase se le clavó como un puñal: el celular ya estaba apagado. Nunca más atendió. 


Los primeros días de la desaparición de Yanina Cuello Baladán fueron, como en tantos otros casos, una mezcla de búsqueda desesperada y burocracia lenta. La familia hizo la denuncia, pegó carteles, recorrió Pando y zonas cercanas. La policía de Canelones confirmó a la prensa que la joven había sido vista por última vez en la plaza el 3 de diciembre, vestida con jean, remera y crocs, y se emitió alerta oficial. Pero mientras los padres la buscaban a pie, la investigación formal avanzaba a paso de tortuga: pasarían meses hasta que la Justicia empezara a mover piezas más pesadas y a mirar donde realmente había que mirar.

A medida que la familia insistía, empezaron a aparecer datos que cambiaron el color del caso. No era solo una adolescente que se había ido a la plaza; la fiscalía y organizaciones feministas detectaron que, en los meses previos a desaparecer, Yanina frecuentaba una cantina–whiskería en Barros Blancos, presentada hacia afuera como bar de barrio pero con habitaciones al fondo para encuentros sexuales pagos. Allí, según la investigación, Mili y otras adolescentes eran explotadas sexualmente por adultos que les pagaban dinero o las “compensaban” con ropa y championes a cambio de sexo.

El detalle es devastador: la investigación judicial establece que a Yanina le ofrecían entre 300 y 500 pesos por encuentro, y que a veces la explotación se disfrazaba de regalos caros que no encajaban con la situación económica de su familia. Sus propios amigos declararon que les llamaba la atención verla con ropa de marca y championes nuevos justo antes de desaparecer. La fiscal de Pando, Alicia Ghione, describió la cantina como un lugar donde se vendían bebidas, iban hombres y mujeres mayores y menores, trabajadoras sexuales y personas trans, y donde se captaba a adolescentes vulnerables como Yanina. 



Fue recién en 2019, casi tres años después de la desaparición, cuando el caso Yanina Cuello se conectó formalmente con una trama de explotación sexual infantil. La investigación derivó en la indagatoria de al menos 15 personas y en el procesamiento con prisión de tres hombres: el dueño de la cantina, acusado de ofrecer a la menor a los clientes, y dos hombres —uno de ellos peruano— que admitieron haber pagado por sexo con Yanina, llegando incluso a enviarle dinero a través de giros utilizando la cédula de su hermana. Ninguno de ellos reconoció ser quien envió el mensaje que la hizo salir aquella noche.

Mientras en los juzgados se hablaba de proxenetismo y pagos a una menor a cambio de sexo, en la calle la pregunta era otra: ¿dónde está Mili? Colectivos como ¿Dónde están nuestras gurisas?, EFD y organizaciones feministas de Pando empezaron a tomar su caso como emblema de una lucha más amplia contra la trata y la explotación sexual de adolescentes pobres. Marchas con carteles de “¿Dónde está Mili?” y “No faltan, las desaparecen” se hicieron cada vez más frecuentes, sobre todo en cada aniversario del 3 de diciembre. La imagen de Yanina en blanco y negro, sonriendo, se clavó en paredes, columnas, redes sociales y en la memoria colectiva.

Su madre, Nancy Baladán, se transformó en una figura central. De kiosquera de barrio pasó a ser investigadora, activista y casi abogada de facto: recorrió todos los departamentos de Uruguay, viajó a Argentina y Brasil siguiendo pistas, se metió en prostíbulos y asentamientos, persiguió rumores y testigos, y hasta recibió amenazas directas. “Si seguís revolviendo mierda, te mato”, le dijeron una vez encañonándola cerca de su casa. Lejos de frenarse, esa violencia la empujó a fundar, junto a otras madres, el movimiento ¿Dónde están nuestras gurisas? (DENG), que denuncia la desidia del Estado frente a las desapariciones de mujeres pobres, muchas de ellas posibles víctimas de trata. 



A nivel judicial, sin embargo, el caso sigue marcado por la impunidad. En 2019, notas de medios como la diaria, Sudestada y El Observador hablaron de que “empiezan a aparecer respuestas”: procesamientos, pruebas de explotación sexual, indicios de una posible red de trata que operaba entre Pando, Barros Blancos y otros puntos del área metropolitana. Pero ninguna de esas respuestas toca el núcleo de la pesadilla: el paradero de Yanina. No hay cuerpo, no hay confirmación de vida, no hay escena final. La causa por desaparición y posible trata sigue abierta, saltando de despacho en despacho, cambiando de juez, volviendo a citar testigos, acumulando papeles mientras el tiempo se espesa. 

En octubre de 2024, a casi ocho años de la desaparición, un informe de Telenoche recogía la frustración de Nancy: “Estamos igual que al principio. Cambian jueces, citan gente de nuevo, mueven el caso y después todo queda quieto”. Para esa fecha, tres hombres ya habían sido condenados por explotarla sexualmente, pero ninguno por haberla desaparecido. La investigación se mueve en un terreno donde las palabras “trata de personas” aparecen como hipótesis fuerte, pero sin que el Estado termine de asumirla a fondo en las líneas de trabajo.

El caso de Yanina Milagros Cuello Baladán se volvió también una referencia en investigaciones internacionales sobre desapariciones de mujeres en Uruguay. Un reportaje de openDemocracy en 2023 analizó nueve casos de jóvenes desaparecidas —entre ellas Mili— y concluyó que hay un patrón de fallas: demoras en revisar cámaras, escasez de pericias forenses, poca coordinación entre fiscalía y policía, y una clara desventaja cuando las víctimas son chicas pobres, vinculadas a contextos de consumo o explotación. La violencia no aparece de golpe: se cocina en esos márgenes donde la vida vale poco y el cuerpo se convierte en mercancía.


Hoy, Mili tendría 24–25 años. En la ficha de Personas Ausentes sigue congelada en los 16. En Pando, cada 3 de diciembre se hacen actividades, jornadas feministas, charlas y volanteadas que llevan su nombre y su cara. El caso de Yanina Cuello es ya mucho más que un expediente: es símbolo de una generación de gurisas desaparecidas, absorbidas por redes de explotación, por la indiferencia estatal o por ambas cosas a la vez.

Si estás en Uruguay y alguna vez viste algo aquella noche —un auto fuera de lugar en las inmediaciones de la plaza, un gesto raro, un comentario que hoy te hace ruido—, el Ministerio del Interior sigue pidiendo información para el Registro y Búsqueda de Personas Ausentes (tel. 2030 4638, mail infoausentes@minterior.gub.uy). Hasta que alguien rompa el silencio, la pregunta seguirá escrita en cartones, redes y paredes: ¿dónde está Mili? Porque Yanina Milagros Cuello Baladán no “se fue” a la plaza aquella noche: alguien la sacó de su vida, y esa es la pesadilla que Uruguay todavía no ha sabido —ni querido— enfrentar del todo.

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1 Comentarios

  1. Ése caso fué terrible. La madre una leona. Me inclino ante su dolor. Ojalá sepa que pasó con su hija. Lo merece ella, Yanina Milagros y la sociedad uruguaya.

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